Una lágrima rodó por su mejilla y el silencio de la noche se desvaneció con un susurro ansioso.
—No te vayas —dije con la garganta apretada y el corazón sangrante—. Por favor, no lo hagas.
Ella negó con la cabeza y ni siquiera me dio una sonrisa cansada. Sus ojos sin vida y sus labios agrietados me partieron el alma; también lo hicieron sus palabras:
—Sé que puedes —intentó sonreír—; el problema es que no lo haces. Durante doce años dijiste que lo harías y no lo harás porque no te importa —se encogió de hombros—. Lo siento. Ya es tarde.
—¿Qué haré si te vas? No puedo vivir sin ti. Por favor, amor.
—Y yo, si quiero vivir, debo estar sin ti —respondió entre murmullos
Esa fue la última vez que la vi.
La última vez que mi corazón latió.
Y la vez que aprendí que hasta el amor más puro tiene un límite. Yo, con mi ira desmedida y los celos infundados, había destruidos eso.