Un saludo de manos fue lo que selló nuestra promesa. Él todavía estaba en la cama del hospital con la mascarilla puesta, no podía hablar pero su mirada expresaba su propio lenguaje. Sostuve su mano por un momento evitando llorar y le dije “No te vayas a ningún lado sin avisarme, ¡eh!”, se río con dificultad, su rostro sonriente fue mi fuente de energía para ir a buscar justicia. Estuve ahí, frente a frente con los hijos de puta que lo golpearon, busqué testigos, cámaras de seguridad, pagué a los mejores abogados, hice todo lo necesario para meterlos tras las rejas. El 20 de octubre del 2024 a las 2 de la mañana salimos del bar donde estábamos reunidos con unos amigos. A unas pocas cuadras nos habían emboscado, me noquearon de un palazo en la cabeza y él intentó defenderme. Cuando desperté, encontré a mi amigo desmayado cubierto de sangre. Me desesperé, lo cargué en mis brazos y supliqué a cualquier auto que pasaba para que nos llevaran al hospital. Estaba vivo, pero no reaccionaba. No podía dejar de pensar que debía haber sido yo, yo no tengo familia ni nadie esperándome en casa. Por supuesto, la familia de él me culpó por no haberlo cuidado, “¡Tanto boxeo que hacés al pedo!”, me gritó su madre. Nunca me había sentido tan impotente. Los siguientes meses me dediqué a perseguirlos y no parar hasta que les cayera el peso de la ley. Mi amigo había despertado unos días antes de la sentencia, no podía abrazarlo porque estaba tan frágil que tenía miedo de romperlo. Él se alegró de verme, pero yo no dejaba de sentirme culpable por su estado e inmediatamente me cacheteó suavemente como lo hacía cada vez que yo metía la pata en algo. Me quebré y él colocó su mano en mi cabeza para tranquilizarme.
El juez les dió seis años de prisión, no era suficiente para mí pero al menos no salieron impunes. Corrí de inmediato hacia el hospital para darle la noticias, pero los médicos me dijeron que su estado había empeorado y que no podía ver a nadie. Hablé con su familia, me dijeron que necesitaba un tratamiento especial con un equipo en particular que todavía no estaba disponible en Argentina y que costaba mucho dinero para traerlo. Vendí todo lo que tenía, pedí un préstamo y viajé a Canadá a buscar esa máquina. Antes de irme, hablé con su madre y le pedí casi de rodillas que me llamara si había alguna novedad de él, ella dijo que sí, dijo que no dudaría en llamarme.
Allá en Canadá quedé atrapado por un error de papeles y tuve que trabajar durante un mes para pagar el valor real de la máquina y el nuevo pasaje de vuelta. Intenté sobrevivir comiendo arroz para no gastar dinero de más. Llamé a sus padres para tratar de avisarles del inconveniente, pero no atendían. No quise perder las esperanzas así que les mandé una carta con algo de dinero para que supieran que seguía de pie.
Cuando volví al país, me esperaba la peor de las noticias. Fui derecho al hospital, los médicos me miraron extrañados como si estuviera loco y uno de ellos me dijo “¿No te avisaron? Tu amigo murió hace dos meses, la familia retiró el cuerpo y lo cremaron”. El mundo se estaba derrumbando, no me salían palabras, apenas pude balbucear a los gritos “¡La máquina! ¡Traje la máquina!”. El médico me llevó a una esquina para estar apartados de la vista de todo el mundo, se acercó y en voz baja me dijo “¿Qué máquina? Él no necesitaba ninguna máquina, ya estaba listo para morir, no había nada que se pudiera hacer para salvarlo. Lo siento muchacho.” El tiempo se detuvo, las piernas me temblaban, mi cabeza daba vueltas y olvidé cómo respirar.
Al otro día fui a casa de su madre, estaba sola, ni bien me reconoció al abrir la puerta supe que no era una visita grata. “Volviste” me dijo con mirada de disgusto. “¿Dónde está?” le pregunté y me llevó al living. Una urna. Una urna fue lo que me mostró. Mi amigo fue convertido en una decoración invisible sobre la chimenea. No me entraba en la cabeza qué estaba haciendo yo mirando una caja de madera sin fotos, ni cruces ni nada que indicara que eso le pertenecía a él. Voces siniestras se apoderaron de mi cabeza, no podía comprender nada de lo que estaba pasando, me puse frente a ella y con lágrimas de cólera en los ojos le pregunté “¿Por qué?” Ella resopló en señal de frustración, me miró con desdén y me escupió lo siguiente:
“Porque debía asegurarme de que estuvieras lejos para hacer los trámites sin que molestaras. Por supuesto que lamento la muerte de mi hijo, pero no podía dejar que eso fuera en vano. Yo necesitaba unos riñones nuevos, los demás sacaron lo que querían y el resto lo vendimos. ¡No me mires así como si te hubieran traicionado! Él no era tu amigo, solo te tenía lástima. ¡Jamás podrías ser amigo de alguien como Emiliano! La gente como vos anda en villas, comiendo porquerías en la calle, cortando calles y siempre sucios. Está bien que te sientas agradecido de que Emi te haya querido mostrar una mejor vida, pero vos lo querías arrastrar a tu mundo, eras una mala influencia. Perdón que te lo diga así, pero ¿Vos te viste? No sos la mejor imagen de la sociedad. Emiliano ya no pasaba tiempo con su familia, se la pasaba rodeado de gente como vos… no necesito decir más. Y si tanto lo apreciabas, ¿por qué no lo protegiste? Tanto que te hacés el rudo y a la hora de los papeles te cagaste.”
Sus palabras venenosas quisieron invadir mis recuerdos con Emiliano. Yo sé la verdad, él me quería, me consideraba su amigo. Compartimos momentos de felicidad, secretos y lágrimas. No solo me ayudó con el comedor y con los pibes que querían salir de las drogas, sino también a vencer mis propios monstruos. Su calidez le dio sentido a mi miserable existencia. Él me vio, yo era un ser humano, me llamó “hermano”. Las voces horribles volvieron a irrumpir en mi cabeza mientras esa mujer seguía vomitando veneno.
“(...) A menos que hayan sido tus amiguitos los que lo golpearon. ¡Claro! Ahora todo tiene sentido. ¡Vos lo mandaste a matar! ¡Vos y todos esos negros de mierda que le tenían envidia lo mataron! ¡Te hacías el amiguito solo para sacarnos a nuestro Emiliano! ¡Basura! ¡Asesino!”
No pude medir mi reacción en ese momento, estaba tan dolido que grité de rabia y la golpeé con tal fuerza que cayó desmayada. Tomé la urna y corrí a mi casa, o lo que quedó de ella.
Hoy hace un año apagaron mi esperanza. Hoy estoy sentado en una casa vacía frente a una urna con las cenizas de lo que alguna vez fue la bondad de los humanos.