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Ella dijo - Cerati
Un Día Perfecto de Estelares, del álbum Sistema Nervioso Central (2008)
Muerte en el lugar más lejano a la selva
Las etapas de la marcha son cada vez más pequeñas, pues la costra de nieve aquí se deshace. Ya no pueden avanzar con los trineos, sino que tienen que empujarlos. El duro hielo corta los patines. Los pies se llenan de heridas al avanzar por la inconsistente arena de hielo. Pero no se doblegan. El 30 de diciembre han alcanzado los 87 grados de latitud, el máximo punto al que llegó Shackleton. Aquí la última sección ha de regresar. Solo cinco elegidos pueden seguir hasta el Polo. Scott escoge a su gente. No se atreven a protestar, aunque les pesa el corazón por tener que volverse estando tan cerca de la meta y dejar a los compañeros por la gloria de ser los primeros en ver el Polo. Pero la suerte está echada. Una vez más se dan la mano, esforzándose por ocultar su emoción con un empeño viril. Después el grupo se separa. Parten dos comitivas pequeñas, minúsculas. La una, en dirección hacia el sur, rumbo a lo desconocido. La otra hacia el norte, de regreso a la patria. Constantemente vuelven la vista, para percibir por última vez la presencia de un amigo, de un ser humano. Pronto desaparece la última figura. Solos, los cinco escogidos para esta hazaña —Scott, Bowers, Oates, Wilson y Evans—avanzan rumbo a lo desconocido.
EL POLO SUR
Las anotaciones de estos últimos días son cada vez más intranquilas. Como la aguja azul de la brújula, al acercarse al Polo empiezan a vibrar. “¡Qué interminable se nos hace, hasta que las sombras se arrastran lentamente a nuestro alrededor, avanzando desde nuestra derecha hacia adelante, para de allí deslizarse hacia la izquierda!”. Pero, entre tanto, la esperanza resplandece cada vez más claramente. Scott anota las distancias recorridas con una pasión que va en aumento. “Sólo quedan 150 kilómetros para llegar al Polo. Si esto sigue así, no lo resistiremos”. Ahí se manifiesta aún la fatiga. Dos días después: “Quedan 137 kilómetros hasta el Polo, que nos resultarán amargamente difíciles”. Y de pronto un tono nuevo, victorioso: “¡Solo 94 kilómetros! Si no lo alcanzamos, nos quedaremos endemoniadamente cerca!”. El 14 de enero la esperanza se convierte en certeza: “Solo 70 kilómetros. ¡La meta está ante nosotros!”. Y al día siguiente los apuntes arden ya con un intenso júbilo, casi con hilaridad: “Solo unos mezquinos 50 kilómetros. ¡Tenemos que llegar, cueste lo que cueste!”. En esas líneas, que parecen cobrar alas, el corazón percibe hasta qué punto sus tendones están tirantes por la esperanza, cómo sus nervios se estremecen con la expectación y la impaciencia. El botín está próximo. Y ya extienden la mano para apoderarse del último secreto de la Tierra. Un último esfuerzo, y habrán alcanzado el objetivo.
EL 16 DE ENERO
“Se elevan los ánimos, consigna el diario. Esa mañana reanudan la marcha más temprano que otras veces. La impaciencia por contemplar antes el secreto, terrible y hermoso, los arrastra fuera de los sacos de dormir. Hasta el mediodía esos cinco hombres, inmutables, recorren catorce kilómetros. Alegres, avanzan a través de ese desierto blanco, sin un alma. Ahora no pueden fracasar. La hazaña decisiva para la humanidad casi está realizada. De pronto, uno de ellos, Bowers, se inquieta. Su mirada arde al clavarse en un pequeño punto oscuro en medio del inmenso campo de nieve. No se atreve a expresar sus sospechas, pero a todos les tiembla el corazón con un único y espantoso pensamiento. La idea de que la mano de otro hombre haya podido levantar ahí una señal. Tratan de calmarse recurriendo a cualquier artificio. Se dicen —como Robinson cuando descubre en la isla una huella ajena y en vano pretende reconocer en ella la suya propia— que tal vez se trate de una grieta en el hielo o de un espejismo. Se aproximan con los nervios de punta y siguen intentando engañarse unos a otros. aun cuando todos saben ya la verdad: que el noruego, Amundsen, ha llegado antes.
Pronto se quiebra la última duda ante el hecho incontrovertible de una bandera negra que, en un trineo colocado como poste, se alza sobre las huellas de un campamento desconocido y abandonado. Son las huellas de los patines de los trineos y la impresión de muchas patas de perro. Amundsen ha acampado aquí. Lo grandioso, lo que era inconcebible para la humanidad, ha sucedido. El Polo, inanimado desde hace milenios, jamás contemplado por la mirada humana desde hace miles y miles de años, tal vez incluso desde el comienzo de los tiempos, ha sido descubierto dos veces en el transcurso de una molécula de tiempo, en quince días. Y ellos son los segundos, tan solo por un mes de diferencia en un periodo de millones de meses. Los segundos ante una humanidad para la que el primero lo es todo y el segundo nada. Vano resulta, por tanto, todo el esfuerzo. Ridículas, todas las privaciones. De locos, todas las esperanzas alentadas durante semanas, durante meses, durante años. “Todo el trabajo, todas las privaciones, toda la angustia, ¿para qué?”, escribe Scott en su diario. “Nada más que por un sueño que ahora se ha derrumbado”. Las lágrimas acuden a sus ojos. A pesar del excesivo cansancio, esa noche no pueden conciliar el sueño. Tristes, sin esperanza ninguna, como condenados, emprenden la última marcha hacia el Polo, que estaban convencidos de que iban a tomar por asalto. Ninguno trata de consolar a los demás. Sin decir una palabra, siguen arrastrándose. El 18 de enero, el capitán Scott, junto con sus cuatro compañeros, llega al Polo. Y como el hecho de ser el primero ya no le ciega, contempla la tristeza del paisaje con abúlica mirada. “Aquí no hay nada que ver. Nada que se diferencia de la atroz monotonía de los últimos días”. Es toda la descripción que Robert F. Scott hace del Polo Sur. La única particularidad que descubren allí no ha sido creada por la naturaleza, sino por la mano enemiga de un hombre: la tienda de Amundsen con la bandera noruega, que arrogante y victoriosa ondea sobre el expugnado baluarte de la humanidad. Una carta del conquistador espera al desconocido que sea el segundo en pisar ese lugar, rogándole que la haga llegar al rey Hakon de Noruega. Scott se encarga de cumplir fielmente ese penoso deber: ser testigo ante el mundo de una proeza ajena, a la que él mismo ha aspirado fervientemente.
Tristes, junto al trofeo de Amundsen, clavan la bandera inglesa, la “Union Jack”, que ha llegado demasiado tarde. Después, perseguidos por un viento glacial, abandonan el “traicionero paraje de sus ambiciones”. Y con un recelo profético, Scott escribe en su diario: “Me espanta el regreso”.
EL DESCALABRO
En el camino de vuelta los peligros se multiplican por diez. En la marcha hacia el Polo les guió la brújula. Ahora tienen que prestar atención y no perder sus propias huellas, durante semanas no perderlas ni una sola vez para no desviarse de los depósitos, en los que se encuentran sus ropas de repuesto y el calor concentrado en un par de galones de petróleo. Por eso se inquietan con cada paso cuando los torbellinos de nieve les cubren la vista, pues cualquier error conduce a una muerte segura. Además, a sus cuerpos les falta la frescura de las primeras marchas, cuando aún disponían del calor que les proporcionaban las calorías de una alimentación más rica y el cálido alojamiento de su casa en el Antártico.
Además, en sus corazones se ha aflojado el resorte de una voluntad de acero. Al marchar hacia allí les mantuvo en pie la sobrenatural ilusión de personificar la curiosidad y el anhelo de toda la humanidad, de representar heroicamente todas sus energías. La convicción de estar realizando una hazaña inmortal les confirió una fuerza sobrehumana. Ahora no luchan por nada más que por salvar su pellejo, por su existencia corporal, de seres mortales, por una vuelta sin gloria a la patria, algo que su más íntima voluntad antes teme que añora.
La lectura de las notas de aquellos días resulta atroz. El tiempo se vuelve cada vez más desapacible. El invierno se presenta más pronto que nunca. Y la nieve blanda forma una espesa costra bajo sus botas, convirtiéndose en un cepo en el que sus pies quedan atrapados. El frío agota sus cuerpos rendidos. Alcanzar alguno de los depósitos, tras errar y vacilar durante días y días, supone siempre un pequeño júbilo. Entonces en sus palabras vuelve a ondear la bandera fugaz de la confianza. Nada demuestra de modo tan grandioso el heroísmo espiritual de esos pocos hombres en medio de una soledad inmensa, que el hecho de que Wilson, el hombre de ciencia, incluso aquí, a un paso de la muerte, prosiga con sus investigaciones y que en su trineo, además de toda la carga necesaria, arrastre también dieciséis kilos de piedras raras.
Pero poco a poco el valor humano sucumbe al predominio de la naturaleza que, implacable y con una fuerza endurecida a lo largo de siglos, conjura contra esos cinco temerarios todas las potencias del ocaso: el frío, las heladas, la nieve y el viento. Hace mucho que tienen los pies en carne viva, y los cuerpos, insuficientemente caldeados y debilitados por una única comida caliente, empiezan a fallar. Con horror reconocen un día que Evans, el más fuerte entre todos ellos, se comporta de pronto de un modo extraño. Se queda atrás, se queja sin parar de dolores reales e imaginarios. Estremecidos, concluyen por su extraño parloteo que el infeliz ha enloquecido a causa de algún golpe o por las tremendas angustias. ¿Qué hacer con él? ¿Abandonarle en ese desierto de hielo? Por otro lado, tienen que alcanzar el depósito sin demora. De lo contrario... Scott aún no se atreve a escribir la palabra. A la una de la mañana, el 17 de febrero, el desdichado oficial muere, justo a un día de marcha del “matadero”, en el que por primera vez encontrarán una comida más nutritiva gracias a la masacre de póneys de hace unos meses.
Los cuatro restantes emprenden la marcha, pero —¡maldición!— el siguiente depósito trae nuevos sinsabores. El aceite que contiene es demasiado escaso, lo que significa que tendrán que apañarse con lo imprescindible. Ahorrar combustible, lo único que les defiende contra el frío. Tras una noche glacial, sacudida por la tempestad, y un despertar desalentador, apenas tienen fuerzas para ponerse las botas de fieltro. Pero siguen arrastrándose. Uno de ellos, Oates, con los dedos de los pies congelados. El viento sopla con más fuerza que nunca. Y en el siguiente depósito, el 2 de marzo, la terrible decepción se repite. Una vez más, el combustible es demasiado escaso.
Ahora el miedo se apodera incluso de las palabras. Se percibe cómo Scott se esfuerza por contener el horror, pero una y otra vez un grito de desesperación tras otro horada su falsa tranquilidad. “Así no podemos seguir”. O bien: “El juego terminará mal”. Y por fin la terrible intuición: “¡Que Dios nos asista! De los hombres ya nada podemos esperar”. Pero siguen arrastrándose, avanzando, siempre adelante, sin esperanza, apretando los dientes. Oates camina cada vez con más dificultad. Para sus amigos, representa más una carga que una ayuda. A una temperatura de 42 grados bajo cero al mediodía tienen que desistir de la marcha, y el desventurado se da cuenta y está convencido de que será la perdición de sus compañeros. Ya se preparan para lo peor. Hacen que Wilson, el investigador, suministre a cada uno diez tabletas de morfina, para apresurar el fin en caso necesario. Aún tratan de avanzar una jornada más con el enfermo. Después, el propio infeliz exige que le dejen en un saco de dormir y le abandonen a su suerte. Aunque rechazan la propuesta con energía, tienen claro que para ellos sería un alivio. El enfermo, con las piernas congeladas, aún se tambalea unos cuantos kilómetros en dirección al refugio nocturno. Duerme con sus compañeros hasta la mañana siguiente. Entonces ven que fuera se ha desencadenado un huracán.
De pronto Oates se incorpora. “Quiero salir un poco”, dice a sus amigos. “Tal vez me quede un rato ahí fuera”. Los demás tiemblan. Todos saben lo que ese paseo significa. Pero ninguno se atreve a decir una palabra para detenerle. Ninguno se atreve a ofrecerle la mano para despedirle. Todos perciben con respeto que el capitán de caballería Lawrence J. E. Oates, del cuerpo de dragones de Inniskilling, va como un héroe al encuentro de la muerte.
Tres hombres medio dormidos, extenuados, se arrastran por el interminable desierto de férreo hielo, agotados, sin esperanza. Solo el sordo instinto de conservación estira sus tendones para mantener un paso vacilante. El tiempo es cada vez peor. Y en cada depósito les espera la burla de una nueva decepción. Siempre demasiado poco aceite, demasiado poco calor. El 21 de marzo se encuentran a tan solo 20 kilómetros de un nuevo depósito, pero el viento sopla con una fuerza tan mortífera que no pueden ni abandonar la tienda. Cada noche esperan que a la mañana siguiente alcanzarán la meta, pero entre tanto desaparecen los víveres y con ellos la última esperanza. El combustible se les ha acabado, y el termómetro marca 40 grados bajo cero. No queda ninguna esperanza. Solo escoger entre la muerte por hambre o por frío. Durante ocho días, esos tres hombres cobijados en una pequeña tienda en medio de un mundo primitivo y blanco luchan contra el inevitable final. El 29 de marzo saben ya que ningún milagro puede salvarlos. Resuelven no dar un solo paso más para evitar la fatalidad y afrontar con orgullo la muerte como cualquier otra desgracia. Se acurrucan en sus sacos y de sus últimos sufrimientos ni una queja ha trascendido al mundo...[1]
[1] "La lucha por el Polo Sur. El Capitán Scott, 90 grados de latitud". En Zweig, Stefan: "Momentos Estelares de la Humanidad". Acantilado. Barcelona. 2002.
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Estelares - Es el amor
dame primaveras, dame todo lo que quieras, dame un sueño de más!