La primera vez que me rompieron el corazón, tenía 17 años, todavía vivía en Tampico y aún no sabía (conscientemente) que quería ser actriz. Recuerdo perfecto que no tenía ganas de salir de la cama y que no paraba de llorar, lo que recuerdo es que no entendía muy bien por qué lloraba sólo sentía un vacío enorme en el pecho. Pasaron dos años, era 2013, ya había regresado a vivir al entonces Distrito Federal y empezaba mi segundo año en CasAzul. La primera vez que vi El amor de las luciérnagas tenía 19 años e iba a cumplir un año de traer brackets. Reí y lloré con todo lo que le pasaba a María en todas sus dimensiones, me encariñé de una forma extraña con la obra, con todos sus personajes y tuve muchas ganas de volver a verla. En ese momento lo conecté con mi María adolescente, la María que estaba realizando un viaje en busca de algo que realmente amaba y que de cierta forma estaba también en busca del amor. Todo estaba en orden en ese momento o eso creía yo. Corre el año 2016, pasaron casi 3 años. Por diversas razones en ese lapso de tiempo vi la obra otras dos veces. En ese lapso de tiempo terminé mi carrera y entre otras cosas, lo conocí a él, a mi huracán. Y me enamoré como nunca, principio, clímax y una suspensión, porque para él terminó pero yo no acababa por dejar ir. La segunda vez que me rompieron el corazón tenía 22 años. Y esta vez sabía por qué lloraba y sentía todo menos un vacío en mi pecho. Mi papá estaba de visita y como cada que viene, lo llevé al teatro. Vimos dos obras en un mismo día, una de ellas fue las luciérnagas. Él la disfrutó mucho, yo también pero sucedió algo distinto, ahora conecté con mi María mujer; puede que haya sido la nostalgia de que es la última temporada o puede que haya sido que comprendí que el viaje no había terminado, estoy en él. María, María, María; retumbaba en mi mente, mi nombre dicho una y otra vez. María entendió que estaba enamorada de un Rómulo que creía Ramón, entendió que el amor empieza desde uno mismo y que los defectos también son bonitos. María entendió que la vida continúa, que las pérdidas son parte de ella. Que vendrán otros huracánes a sacudir mi puerto, que tal vez mi Lola no esté junto a mi físicamente pero siempre contaré con ella y que habrá que caminar mucho, tal vez hasta el fin del mundo para poder encontrarse consigo misma y sonreír. A pesar de todos los retos, a pesar de todos los corazones rotos, todo estará bien. A veces es difícil dejar ir pero ha llegado el momento, una obra, un huracán y el miedo de seguir caminando. Ahora sí: Es tiempo de soltar.