
❣ Chile in a Photography ❣

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@aintnolady
Soñé que mi pasado se convertía en mi hoy. Que las estaciones daban marcha tras y podía sentirlas rebobinándose en mi cuerpo, una tras otra.
Las tardes grises y lluviosas corroían los recuerdos llevándose unos y devolviendo aquellos que se habían hundido en tormentas pasadas. Mi corazón ya no era mío pero tampoco era de nadie.
Soñé que el tiempo era un borrador interminable que no podía controlar o poseer. Yo era suya, combinandome con los colores terrosos que saben a sal, a mezcal... que saben a otoño.
Las hojas caían como bailando para nosotros en un trance infinito. Bailaban para mi, para nosotros, para todos aquellos que miraran con suficiente atención. Bailaban todas las canciones que nosotros no pudimos o que no quisimos bailar. Todo a nuestro alrededor se detenía por tres segundos, podíamos contarnos todas las historias, las de nuestros viejos, las de nuestros ojos, las de nuestros vientres, en sólo tres segundos.
Regresó a mi mente aquella palabra que se usa para cuando no hay otra salida: “siempre”. Y fue como si la burbuja que guardaba todo mi amor y todos mis afectos estallara en mi pecho para creer que esta vez era real y que podía ser distinto. Y yo gritaba de emoción y de alegría por al fin poder tocar todos esos momentos inconclusos, por escuchar todos esos silencios que eran tan míos como tuyos y por sentir que podía diluirme y ser eterna junto a ti.
Soñé que tenía las manos entumidas de tanto pedir que sólo fuera un sueño, porque este era más triste aún que nuestro mundo real. Soñé que te perdía y te ganaba y volvía a perderte.
Desperté y mi presente se volvía mi presente y mi hoy se volvía mi hoy. Desperté con un nudo en la garganta y con las mayores ganas de llorar.
Te pareces a la playa y las olas de mar.
Hay algo de especial en estar bajo el agua. Todo se escucha lejano. Todo se escucha diatorsionado. Todo parece que pasa lento. Te aisla. Te desaparece por un instante. Te borra de este mundo. De El Mundo. Y eso pasa también cuando te dejas llevar por las olas de mar y tus pies ya no tocan la arena, cuando el agua se vuelve fría y la orilla se ve sólo como una línea dorada.
Hoy es uno de esos días donde esto me falta. Esos tiempos lejanos de inocencia y simplicidad, de dedos arrugados como si cien años hubieran pasado ya por mí, de bloqueador y aloe vera, antes y después del sol. Hoy una parte de mi vida se me fue, se me deshizo delante mío.
No puedo pensar. No puedo escribir. Sólo quiero hundirme hasta el fondo, hasta que los oídos retumben de tanta presión. Que las olas me lleven mar adentro.
Eloisa
Pensó en su infancia, dejada atrás hacía mucho. Eloisa, después de cuarenta años regresó a aquella región del Istmo de Tehuantepec. Aquel pueblito en donde se enamoró por primera vez y donde a los 8 años, vió cómo enterraban el ataúd de Alejandra, su mejor amiga.
La madre de Eloisa decidió irse a vivir a la ciudad cuando su esposo la dejó. Sólo metió suficiente ropa para ella y su hija en una bolsa de plástico y se subió a un autobús con la decisión de nunca volver atrás. Hacía apenas sólo unas semanas que Eloísa había perdido a su mejor amiga. Las dos se habían escapado a jugar a una zanja que estaba en medio de unas montañas. Los adultos, para evitar que los niños se acercaran a la zanaja, les contaban la leyenda del Chabcab, un monstruo alado de 5 cabezas que cazaba niños y se hacía presente con un canto hermoso antes de comérselos.
El día que Eloisa y Alejandra se escaparon a la zanja, jugaban a llamarle al Chabcab y cantaban una canción que le inventaron. Decían que aunque monstruo, él podía ser su amigo y sería bueno si se le trataba bien. Mientras jugaban, Alejandra resbaló con una piedra golpeándose en la cabeza y quedando inconsciente fue arrastrada hasta el punto en donde la encontraron los perros después de dos días de búsqueda.
Eloísa, como su madre, también quería huir y nunca volver a su tierra natal. Sin embargo, recordó todo esto cuando fue a recoger a su nieta a la escuela. Vio a dos niñas que ayudaban a su madre a vender pepitorias en la calle. Ver las trenzas de las niñas y sus vestidos le recordaron a Alejandra y a ella misma. Tomó un autobús a Tehuantepec y bajó a la zanja donde todo sucedió. Eloisa lloró sin parar por unos minutos. Eloísa se perdonó. Y bailó con los pies sumergidos en el agua. Mientras recordaba a Alejandra, evocaba el canto de Chabcab y le juraba eterna amistad.
Aferrarse
Son los últimos instantes, el último contacto con los labios, las yemas de los dedos soltándose al fin, voltear la cabeza y evitar espiar; son esos últimos instantes los que siempre recuerdo con más fuerza. Aferrarse no sirve de nada, todo al final, termina.
Cuánto puedes ser obligado a crecer por el paso del tiempo. La inercia de estar vivo a veces abruma. Seguir adelante, siempre adelante. Jamás regresar la mirada. Y hay días, qué digo días, instantes, donde quisiera detenerlo todo y sólo contemplar. Respirar y contemplar desde lejos todos los engranes que forman parte de mi vida. Sólo por tener tiempo de abrazar todo bien fuerte. Darle su tiempo y lugar a cada cosa.
«Quisiera decirte que te extraño, pero estaría mintiendo. Quisiera decir que no te extraño, pero mentiría también.»
Aquesto se puede aplicar para tanto y para tantos.
Toma mi mano a la distancia y hazme saber que lo que existe no se morirá. Hazme saber que ni la distancia ni el tiempo son tan fuertes como dicen y podemos hacerles frente cuando queramos.
Detén una de estas noches el tiempo junto a mí y abrázame bien fuerte.
La Verità
Voy a decir la verdad absoluta:
Extraño las madrugadas frías. Recorrer el pasillo que me llevaba a la felicidad momentánea. Extraño el eco de mis pasos resonar. El silencio después del universo en los diálogos. El rocío de las mañanas cubriendo todo lo que vi. El calor de las cobijas al amanecer. Recuperar la imagen correcta. Dictar las palabras. Escribir con libertad. El teléfono sonando y mi pecho a toda velocidad.
También recuerdo las miradas y voces borrosas. La lengua entumida y las piernas acalambradas por la música estridente. Extraño el sol cerrándome los ojos.
Hay algo de aquella ligereza que se ha perdido con los meses y me asusta que los sueños no vibren con tanta fuerza.
Hay algo en tu voz que calma mi ansiedad. Me recuerda quién soy, la fuerza que compartimos y que un abrazo puede cambiar la vida.
A veces me hacen falta aunque no lo diga, aunque no lo exprese y no lo sepas.
¿Recuerdas? ¿Lo sientes? ¿Lo sabes? Te pido me lo hagas saber. Bueno, hasta aquí es para ti.
Nunca me cansaré de la vida y la seguridad que este cuerpo me da. Nunca me cansaré de saber que existe y es real. Sin embargo, aprender a respirar y respetar es necesario.
Hay verdades a medias, hay secretos a voces. Esta no es ninguna de esas. Esta es absoluta.
Incendio
Hay días -también hay noches- en los que lo único que pienso es, si algún día lograré apagar este incendio.
He llevado, hasta donde el calor me permite llegar, agua fresca para intentar sofocarlo. Van más de 90 días invertidos y ya se comienzan a mostrar los estragos, en mis manos y mi piel, de todo el peso que he cargado. Del calor y todo lo que ha quemado en su camino.
Y es verdad, es verdad que las llamas han cambiado de color y ya no se ven desde la lejanía; perdieron ese tono azul que quemaba los ojos con sólo observarlas. También es verdad que si te acercas lo suficiente, puedes saber con certeza que aquí sucedió lo que en tiempos de Nerón.
Ahora hay sólo unas pocas y también hay algo que se asemeja a carbones vivos.
Camino lenta y suavemente junto a ellas, ya que tengo la completa certeza de que cualquier ráfaga de viento, por mínima que sea, lograría reavivarlas y todo se teñiría de azules y rojos nuevamente.
Es algo difícil, vivir con un incendio permanente dentro tuyo. Y a decir verdad, estoy alcanzando un nivel de agotamiento insoportable, que además de afligirme, va consumiendo regiones enteras que no sé cómo lograré recuperar.
Es por eso que ya poco procuro extinguirlo. Se lo dejaré al tiempo, que él se encargue, que termine cuando deba.
El baile de las 12:34
Todos los días despierto a las 6:00 am en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos, así haya dormido una hora, hay algo en mi reloj interno que no me permite seguir durmiendo. A veces quisiera quedarme en cama, con las sábanas pegadas y no pararme hasta las 5 de la tarde. ¡Un acto de rebeldía! Pero no puedo. No tengo recuerdos de, en años anteriores, haber tenido este problema.
Sin embargo, abro los ojos y me dirijo de inmediato al cuarto de baño. Me veo al espejo y sonrío. No entiendo a las mujeres que se quejan de la edad, yo no tengo problemas con eso. Mi piel se ve como siempre, parece como si los años no pasaran por mí. Tengo casi 27 y ni una arruga se ha atrevido a aparecer en mi rostro, mi piel sigue firme y será que son pequeños, pero mis senos siguen en su lugar, intactos. Qué delicia el agua tibia caer. Otra vez estoy frente al armario, decidiendo qué será lo mejor para hoy. Siento que es un día especial pero siempre termino eligiendo lo mismo, tendré gustos simples quizás.
Voy a desayunar a mi cafetería favorita: dos tostadas francesas y un café americano con doble carga. Tengo mi libro favorito en el regazo. Qué día tan más bonito, pienso. Siento una mirada sobre mí, la ignoro. A decir verdad, soy bastante tímida y prefiero evitar el contacto con extraños. El café de este lugar es bastante rico, pero hoy tiene un gusto especial a felicidad. Sigo sintiendo que me observan, alzo la mirada y me encuentro con un par de ojos verdes unas cuantas mesas de distancia. Ahí, sentado en un sillón y tomando lo que parece ser un expreso, está un muchacho que no deja de mirarme. Siento la sangre llenando mis mejillas y sólo me atrevo a desviar la mirada y fingir que busco al mesero. Volteó rápidamente y sigue mirándome. Tengo que admitir que es bastante atractivo… me sonríe y no puedo esconder una risita estúpida que se escapa sin querer, alcanzo a escuchar que él también ríe. Me horrorizo y lo único que queda, es simular un atragantamiento con mi bebida. El mesero corre hasta mí y con una seña le hago saber que estoy bien. Entonces es cuando noto que el chico de enfrente, viene hacia mí.
Siento un zumbido bastante fuerte en mis oídos. Tal vez exageré tosiendo. Me siento mareada y siento que no escucho bien. Me levanto de mi asiento, dejando al chico a punto de hablarme y voy al baño, me tambaleo un poco al caminar y reviso a los demás para verificar que no sea un sismo. Todo parece estar bien pero el zumbido se hace cada vez más fuerte. ¿Qué pasa que nadie más lo escucha? Llego al lavabo y me refresco la cara. Miro el espejo y detrás de mí hay un gran reloj marcando las 12:34. Eso fue, se me fue el paso del tiempo, desayuné demasiado tarde y se me bajó la presión. Me siento cada vez más mareada y la vista se me nubla, las rodillas me tiemblan y se debilitan, trato de agarrarme de algo, de donde sea, no siento las manos. Escucho abrirse la puerta, el grito de una mujer, oscuro.
Abro los ojos. Estoy en mi casa. Miro el reloj y son las 6:00 am. No recuerdo nada, cómo llegué, por qué dormí tanto y quién me trajo hasta acá. Reviso mi celular y no hay mensajes. Tampoco encuentro señales extrañas en mi cuerpo, ni golpe de la caída, nada. Qué extraño. Me paro de la cama y voy al baño, me miro al espejo. Qué delicia el agua tibia sobre el cuerpo. Salgo de la ducha con la firme intención de volver a la cafetería para preguntar si alguien sabe algo.
Encuentro libre la misma mesa, qué afortunada soy, es mi mesa favorita. Pido el desayuno, dos tostadas francesas y un café americano con doble carga. Hoy el café tiene un gusto especial a felicidad. Hojeo mi libro esperando a que llegue el mesero que estaba en el turno de ayer. En ese momento volteo y el muchacho de los ojos verdes está, nuevamente, mirándome. Me sonríe. Me río estúpidamente otra vez - ¿no puedes simplemente sonreír? - pienso molesta. Y ahí está, el zumbido, esta vez más fuerte. Me taladra los oídos, no escucho absolutamente nada más que ese tono agudo combinado con unas voces y una extraña melodía a lo lejos. Es una canción familiar pero no logro reconocerla. Me paro de mi asiento y veo al mesero, me mira con una gran sonrisa en la cara y se mete a la cocina, por primera vez en mucho tiempo siento miedo. Todos parecen actuar normalmente, nadie reacciona a mi malestar, quiero hablar, gritar, pero no puedo. Me miran, pero no hacen nada, más que sonreír. Una señora se levanta de su asiento y pasa junto a mí, me toma del brazo y me conduce hasta el baño. No deja de tener esa jodida sonrisa en su cara, es repugnante, sus ojos reflejan preocupación, pero sus labios están fijados en la misma posición. Mientras me acerca al lavabo, señala y golpea con sus largas uñas rojas un reloj que tiene en su muñeca, son las 12:34, ella sale. Se me nubla la vista, mis manos se entumen, no siento las piernas, caigo, escucho que la puerta se abre y una señora grita. Oscuro.
Otra vez son las 6 am en mi departamento. ¿Qué es lo que está pasando? Espejo. Agua tibia para relajarme y tener la mente clara. En mi mesa me espera el mesero ya, con dos tostadas francesas y un café americano con doble carga que termina de preparar mirándome fijamente a los ojos. Quisiera pedir algo más pero no puedo. Los mismos ojos aceituna. A pesar de estar aterrorizada, la risita estúpida, él camina a mi lugar. No hay zumbido esta vez, siento algo de alivio debo admitir. Noto que no hay zumbido, pero tampoco ruido alguno, no escucho nada. A lo lejos las mismas voces y la melodía de ayer. Ya no tengo duda de que es una canción; esta vez, va subiendo de volumen hasta acaparar el ruido del lugar, de la ciudad entera. Ahora que la reconozco, comienzo a tararearla sin querer. Me quedo inmóvil en el sitio donde estoy parada, todos los ojos en la cafetería están sobre mí, un reloj horrible que está sobre la barra del lugar marca las 12:34. El chico se acerca a mí y con la mayor ternura me toma de la mano, me lleva al centro del lugar y comienza a guiarme en un baile que conozco, mis pies se mueven automáticamente. No deja de sonreír, pero vuelve a mirarme y en sus ojos hay furia. Me aprieta las muñecas y lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas. Todos los demás aplauden y vitorean, me acerca con delicadeza a su cuerpo, toma mi cara con su mano y me dice firmemente “Baila y ya”. En mis labios se instala una mueca grotesca idéntica a la de los demás, pero no dejo de llorar. Lo recuerdo todo: yo no quería bailar, yo quería ser aeromoza. Volar alto, diario un destino distinto. Logro zafarme de él y corro hacia la puerta, corro hacia un destino distinto. Llego a la puerta, pero no abre, no puedo salir. Todos ríen, sus carcajadas inundan el espacio. El mesero viene a mí con otro café preparado y de un manotazo tiro lejos la taza. Comienzo a golpear la puerta y a gritar con todas mis fuerzas. Unos brazos me sujetan y me llevan al baño, todo mi cuerpo se entume, una señora abre la puerta y grita ensordecedoramente. Cierro los ojos voluntariamente. Oscuro.
Afuera, en alguna oficina de la Ciudad de México, alguien llega a su trabajo y checa a las 12:30. Ya en su cubículo, prende su computadora, llega a un sitio de videos musicales y pone su favorito para empezar el día. Qué raro, algo ha cambiado. Será una nueva edición, piensa, al mirar a la protagonista golpear una puerta desesperadamente. Han pasado cuatro minutos.
to anyone having a bad day im so sorry also here are some pictures of baby elephants
feel better friend
You can’t not smile
Unknow Source