El último baile
El segundo semestre de 2017 fue como una gran nebulosa para mi. A mi papa le diagnosticaron cancer en la ultima etapa. A partir de ahí, entré en un estadio casi somnífero, en el que dejé que todas las decisiones de mi vida sean tomadas por un impulso. Decidí pasar, en lo posible, las 24 horas del dia con él. Pasé de hijo ausente a acompañante terapéutico, enfermero, chofer, cocinero y programador de películas.
Fueron dias agobiantes, que se convirtieron en meses, en 4 meses y despues 2 mas. Hoy, a 24 dias de su muerte, todavia no puedo ver nuestras fotos. Por más tiempo que tengas, no existe tal cosa como la preparación ante la muerte inminente, de eso me di cuenta en su ultima internación. Solo pude decirle todo lo que quería decirle cuando ya estaba inconsciente.
La habitación del hospital era lúgubre, casi como si hubiera sido preparada, como una escenografia, para que la gente se muera. Habia dos camas, una de las cuales estaba vacia y que nos servia de asiento a nosotros, sus dos hijos, junto a su esposa y su hermano, reunidos como en un ritual antiquísimo de espera de la muerte, como si cada uno de nosotros representara un aspecto diferente de su vida y en la que cada uno cuenta una historia o una anécdota con el enfermo.
Siempre creí que iba a recordar el número de la habitación por la cantidad de veces que tuve que decirlo ese día. Pero ese es otro de los recuerdos que desaparecieron y que no creo que vayan a volver. El único recuerdo del que estoy seguro que no va a desaparecer nunca va a ser el del sonido de la ultima bocanada y la visión de túnel en la que de repente me vi inmerso. Lo único que podía pensar en ese momento era cómo podía ser que mi cuerpo haga esto con mi mente. El tiempo se hizo mas lento, la habitación que estaba teñida por una luz amarilla de repente se veía a través de un filtro azul oscuro. Tampoco voy a olvidar la huida de esa habitación, la fuga que tuve que improvisar con mi hermana en mis brazos, y el pasillo. Ese puto pasillo.
La vida es un pasillo eterno que conduce a la salida de un hospital.
Un pasillo del que quería salir, pero que a la vez esperaba que no termine nunca, como si fuera un espacio infinito, maldito, en el que la vida todavía no sigue. Un limbo entre la vida y la muerte, o la muerte y la vida, que alarga el tiempo y el espacio para no sufrir ningún tipo de consecuencia. Pero el pasillo, como era real, quizás mas real que ningun otro pasillo, terminó. El tipo de seguridad no dudo en abrirnos la puerta sin siquiera emitir sonido, la expresión de nuestros rostros seguro decía mas de lo que imaginábamos. Salimos al hall de un hospital público de la Provincia de Buenos Aires a las 2 de la mañana de un sábado. Los enfermos y accidentados, los vagos y los perros nos miraban de la misma manera, como si algo primitivo muy dentro de ellos les dijera «no los jodas». Y así, invisibles, fuimos a sentarnos en la vereda, al lado del auto.
«Quiero un cigarrillo» fue lo primero que me dijo Ro y así fue como nos fumamos nuestro primer cigarrillo sin papá.










