Cita romántica
Participantes: Ezra Sinclair y Veranne Favre.
Lugar y marco de tiempo: Sendero de camino a su ‘’cita’’, enero 2027.
Notas: Spoiler alert de que es la peor cita de historia contemporánea ahr, también debo hacer una disculpa pública por cualquier incoherencia que puedan llegar a leer y/o error ortográfico de parte de Veranne y por último el inicio no está porque jeje *mira a Wayne* saturamos de mensajes el chat y ya no nos deja verlos, bueno adiós.
Ezra: Concentró su atención en el cielo despejado que se extendía sobre ellos, era innegable para cualquiera que el día se prestaba para disfrutar del aire libre al que el muchacho inconscientemente huía. Estaba demasiado acostumbrado a permanecer puertas adentro, entre papeles y firmes paredes— Mientras no saques fotografías, no hay problema. Esa canasta... ¿nos dejarán entrar a un restaurant con eso...? ¿y cómo sé que no llevas una bomba ahí dentro? Ya me estoy arrepintiendo —y siguió las pisadas de la fémina sin demora alguna, asumía que no revelaría el lugar al que se dirigían por mucho que insistiese. Pero lo siguiente consiguió tomarlo por sorpresa, tensando su expresión de forma instantánea. Avanzó sin pronunciar respuesta, enfocado en aproximarse a la calle para llamar un taxi. Sin embargo, cuando un vehículo se detuvo y en el momento en que abrió la puerta para que ella ingresara, ahí sí contestó:—. No me gustará.
Veranne: La muchacha dejó ver una sonrisa que escapaba de sus labios, genuina diversión se desprendía del simple gesto. —No nos dejarán entrar a ningún restaurante porque no iremos a uno, —mencionó sin detallar el lugar a donde acudirían esa tarde, por algo se llamaban sorpresas. —Y no puedes saberlo —La vista se dirigió al objeto recién mencionado, mirándolo con sospecha y los ojos entrecerrados, para luego pasar la vista de este a su interlocutor. Por supuesto que ningún objeto que pusiera en riesgo la vida del monarca la acompañaría, en primer lugar porque no sería capaz de infringirle algún daño y su velada estaba lejos de ser riesgosa, pues con suerte no terminarían acabándose el uno al otro. Cuando Ezra paró el taxi, Veranne entró sin ningún problema, acomodándose con rapidez. —No puedes saberlo, no aún. —Con cuidado de que el otro no escuchara, se acercó al oído del taxista para susurrar la dirección que había aprendido de memoria días atrás, mientras trazaba su plan, fue entonces que el automóvil se puso en marcha. —¿Qué me darás a cambio si, al contrario de todo lo que piensas, nuestra ‘cena’ sale bien?
Ezra: Dejó escapar aire de su nariz, con pesadez, tal como lo hacía cada vez sentía impotencia y solo podía esperar. Después de ella, ingresó al vehículo. La verdad era que no desconfiaba de su dama de compañía al grado que sus continuos comentarios pretendían dejar en claro una y otra vez, pero le gustar recordar la distancia de clases que los separaba. Probablemente ni el conductor ni Veranne se percató de ello, pero igualmente rodó los ojos tras ver cómo susurraba la dirección en la que se dirigirían— No puedo creer esto —y miró al techo del auto, con incredulidad—. Como no pasará, puedes elegir lo que quieras —miró a la escocesa, entonces, intentaba hablar por lo bajo para que el conductor no tuviese que escuchar lo que decían:—, pero te advierto que si pides mi autorización para salir con un príncipe me bajaré del auto en este instante —se acercó para terminar la sentencia, antes de elevar un poco la voz con lo siguiente:—. ¿Cuál era el que habías dicho? ¿El de Colombia te interesaba...?
Veranne: —¿Tu autorización? —Sus cejas se reunían mientras que arrugas aparecían en su frente, un signo de interrogación se plasmaba en su rostro mientras observaba al otro. Repentinamente la comodidad que la albergaba desapareció, irguiendo su espalda al despegarse del asiento, eso sí, sin desconectar el contacto visual que mantenía con el escoces. —¿Desde cuándo necesito tu autorización para salir con alguien? —Inquirió, no sabía lo que le frustraba más; que el príncipe que creyera dueño de sus acciones o que le molestara la idea de /su/ dama de compañía acompañando a alguien más. —Eso es tonto —Recalcó, sin tener en cuenta que sus palabras salían más alto de lo normal y por ende, el chófer podía escucharlos con seguridad. —Estás comportándote como un verdadero tonto. ¿Acaso yo te digo algo porque sales con la princesa belga? —Refunfuñó, dirigiendo su vista a la ventana para observar el camino, cualquier cosa se le antojaba mejor ahora. —¿O es que quieres que se lo diga a tu madre, mejor? Quizás me mande a buscar a una organizadora de bodas, no sé.
Ezra: Con el asentimiento de cabeza que efectuó, quedaba demostrado que no era consciente de lo posesivo que podía llegar a sonar inclusive sin tener ningún tipo de derecho— Viniste a Dinamarca para acompañarme a mí, ¿o por qué estás aquí? Si vas a pasear con otros príncipes entonces vuélvete a Escocia, estas no son vacaciones —espetó, pasando a mirar al taxista por el vidrio retrovisor con la intención de que el mismo retomara su concentración en el camino, y es que se había percatado de cómo les clavó la vista en tanto la conversación aumentó de nivel—. ¿Qué tiene que ver la princesa belga con esto? —frunció el ceño, recordándose donde estaban y cómo debía mantener la calma, pero le costaba detenerse tras escuchar aquello. Así fue como, por lo bajo, contestó:— Sí, adelante, ve e inventa historias para ella, pero después no me busques ni te me acerques como si fueras digna de mi confianza —y miró por su ventana, sin prestar atención a lo que observaba—. El colombiano no te querrá con ese carácter.
Veranne: A esas alturas poco podía para controlar todo el monólogo que interiormente se había dicho a ella misma, ahora resultaba una necesidad poder exteriorizarlo. —Y tú viniste a Dinamarca a hacer un tratado de paz y todas esas cosas, pero no eres más que un hipócrita que pregona algo que ni siquiera habita en su ser. ¿Qué tiene que ver mi elección de ver a otros príncipes o a cualquier otra persona en mi tiempo libre? Este es un trabajo, por si no lo sabías, y tengo derecho a un descanso reglamentado, en esas horas puedo deshacer y deshacer cuanto se me antoje y si no te gusta bien, puedo regresar a Escocia en este mismo momento, porque tampoco me dan ganas de seguir aquí, mucho menos si es contigo. —Terminó por explotar y es que sí, difícil era encontrar armonía entre ambos caracteres y había tratado, nadie lo podía negar. —¿Quién dijo que te quiero cerca mío? —Volvió a hablar, el tono descendió, recordando que el pobre chófer no tendría porque escuchar su discusión. —¿Adivina qué? La belga tampoco.
Ezra: Le molestó en exceso conocer lo que la escocesa pensaba, más de lo que sabía cómo expresar dentro del entorno en el que estaban. De pronto sintió la necesidad de salir del vehículo, la sangre subió a su cabeza mientras se aferraba a la manija de la puerta con la intención de volcar su temperamento allí. A eso observaba mientras contestó lo siguiente, pretendiendo serenarse en nombre de la imagen que debían cuidar:— Yo decido cuándo puedes descansar y cuándo te necesito, tú lo has dicho, es un trabajo, y dudo que mi madre te proteja luego de escuchar que has salido con todos los príncipes del palacio —y entonces la miró, para alzar una ceja:— Además, ¿por qué no hablamos de ti, mejor? ¿Y de cómo no pierdes la oportunidad de creerte mejor que todo el sistema del cual estás formando parte? —cuestionó, soltando una queja que no había tenido la oportunidad de escupir previamente. Lo siguiente, entonces, fue la gota que colmó el vaso. Inspirando aire descartó cualquier contestación en referencia a la cita que había sido (mala) idea suya, simplemente se dirigió al conductor:—. De la vuelta, nos volvemos. —dio la orden, asumiendo que hablaba por los dos al poner un fin a aquel encuentro.
Veranne: —Me muero de ganas de escuchar mentiras tan bien elaboradas, eh. ¿Eso es lo que te enseñan, verdad? Sí, debí suponerlo desde un principio, todo es parte de la diplomacia. —Asintió con lentitud, como si estuviera meditando lo que había dicho. —Y no solo eso, también le puedes decir que no me limito solo a príncipes, ¿qué me dices de las princesas y los obreros? Añádelos a la lista. —Comentó con aires retadores, atreviéndose a verlo después de un lapso largo de tiempo. Lo que decía era verdad, uno no elige donde nacer y Veranne había tratado de ignorar la cuna que la arropó desde un principio por mucho tiempo, pero eso no quitaba el hecho de que seguiría ahí. Luego también estaba aquel dato incierto para su propio juzgar de como iba por ahí creyéndose mejor que los demás, eso la molestó. —Tal vez ya no quiero formar parte de el, —anunció, la dualidad que la albergaba se estaba rompiendo finalmente, inclinándose al lado que creía más justo. Su padre pronto se enteraría del ambiente problemática, mas poco le importó no hacer su voluntad en esa ocasión. —No, deténgase —Contradijo la orden, abriendo la puerta del vehículo para salir al amplio sendero aún cuando el motor seguía en marcha, solo cuando la velocidad se detuvo fue que Veranne salió del automóvil. —Él es el único que vuelve—.
Ezra: Se concentró en su respiración, en inhalar y exhalar aire con profundidad, en los árboles que se perdían en el camino, en el contraste de la serenidad exterior; se concentró en no hacer más escándalos frente a civiles que fácilmente se acercarían a la prensa para vender una historia que perjudicaría a la realeza escocesa. Así solo permitió que hablara, ¿qué más podía hacer? Había levantado sus muros y estaba decidido a simplemente memorizar aquellos dichos para reprocharlos en el primer instante que estén solos, sin embargo sus repentinas ordenes al conductor explotaron su burbuja. Se percató lo suficientemente tarde para detenerla:— No se mueva —se limitó a exclamar al taxista, ignorando los insultos y bufidos que éste soltó a continuación (llegó a percibirlos mientras salía por su puerta del auto y daba grandes zancadas hasta la dama de compañía). Sin decir palabra, intentó tomarla del brazo con brusquedad para frenar su caminata—. ¿Eres idiota? ¿Cómo piensas regresar? —acelerado, no notó que su voz se había elevado un poco— No te dejaré sola en este lugar. Vuelve al auto —sentenció, fijando su mirada en la ajena—. Si no quieres viajar conmigo volveré yo por mi cuenta, pero no me responsabilices por lo que te suceda —tragó saliva tras continuar—. Todo esto fue idea tuya. —y de cierta forma lo dijo, quizás, como si para él siempre había resultado evidente que todo terminaría de la forma en que estaba sucediendo.
Veranne: La dama de compañía se volvió cuando sintió el agarre, sus pies se detuvieron y se dedicaron a dar media vuelta, soltándose finalmente de un jalón como si a través del tacto se pudieran contaminar las ideas. —¿Cómo lo adivinaste? —El sarcasmo salpicando sus palabras pues la cólera era una emoción a la que Veranne se podía entregar fácilmente, una vez que la abrazaba poco podía hacer para zafarse; era cloro dejando una irrevocable mancha. —En un taxi, —admitió el poco trazado plan, la idea apenas se había instalado a su cabeza en ese momento —en otro. —Sabía que el otro presentía el fracaso de su idea, era poco probable que algún vehículo transitara el despejado sendero, pero tampoco estaba dispuesta a volver así como así, las palabras del escoces también le enojaban, igual que a él las propias. —Ya, no actúes como si de repente te importara qué pasará conmigo, que preferirías que una manada de lobos me acechara. —Soltó, dándole la espalda y comenzando a caminar en el mismo sentido en el que se dirigía el taxi. —No, esta no fue idea mía. Mi idea era almorzar en el bosque mientras dejaba a un lado nuestras diferencias y quizás, no sé, podíamos pretender que nos agradamos mientras bebíamos vino y nos poníamos a hablar de trivialidades porque tú eres una caja fuerte y no hablarías de nada más que el clima con alguien que no es ‘digno de tu confianza’. Sí, fui sumamente idiota y mi idea aún más estúpida.
Ezra: Mordió su mejilla interna al punto de que la misma comenzó a sangrar. — Deja de hacer una escena y usa el taxi en el que vinimos —ojalá le hubiesen enseñado un método para afrontar ese tipo de situaciones; se había preparado tanto durante toda su vida y frente a ciertas dilemas personales no tenía herramienta alguna para resolverlos—. No seas infantil —contestó, a falta de mejores palabras para expresar que no era tan imbécil como para desearle un mal a una presencia que comenzaba a acostumbrarse, o quizá lo responsable que se sentía porque esté en aquella situación. Molestia, adrenalina, impotencia, enojo lo recorría, la escocesa era una personalidad imposible para alguien que pretendía actuar como si todo estaba bajo control y la prueba exacta estaba en la forma en que se alejó de su posición antes de que pudiese retenerla. Cerró su puño y con el costado del mismo se golpeó (con excesiva fuerza) en la frente dos veces por haber accedido a salir, las palabras de la dama de compañía, mientras tanto, constataban lo bien que hacía en aislarse de todo tipo de relación. Caminó tras ella, permitiendo que su voz se eleve para que llegue hasta su ubicación:— Bien, perfecto, lamento no haber cumplido con las falsas expectativas que tú misma creaste, pero no dejaré que ahora te quedes por tu cuenta, así que subes al taxi o me tendrás que tolerar quejándome durante todo el camino de vuelta.
Veranne: La muchacha no vio directamente las violentas acciones del príncipe, sin embargo bastó prestar la debida atención para distinguir los ruidos en el escenario, sintiéndose tal vez un poco culpable de ser incitadora de aquel descontrol, no fue su intención en un principio y ciertamente no podía actuar como mediadora porque ella misma también lo había perdido; el temple y el perfil sereno dejaron de existir y apenas los recuperaría. —Si subo de todos modos te quejarás, —opinó, sus hombros caídos igual que el tono de voz. —Y no eran tan falsas... —dijo después, deteniendo su andar solo para quedar a su par. —porque alguna vez nos llevamos bien —le recordó, y también se recordó a sí misma que lo que había sido algún día ya no era parte del presente, pensamiento que provocó otro suspiro. —Bien, volvamos ya.
Ezra: Una pizca de remordimiento lo visitó tras percibir la decepción en la mirada ajena, a la cual rápidamente huyó antes de tragar saliva y pronunciar lo siguiente—. Pasó mucho tiempo —aún conservaba pequeños recuerdos de su infancia, horas de juego y risas que contrastaban con el resultado de lo que el tiempo los había convertido: dos desconocidos—. Lo siento. —sin especificar por qué se disculpaba, y es que probablemente existía un abanico de razones por las cuales debería hacerlo, pasó a dirigirse al vehículo con la intención de regresar junto a ella al palacio.















