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eleczar:
Lejos de verse intimidado por la mordacidad que se vio reflejada en la mirada de su contraria, encontró cierta gratificación en la reacción obtenida. Admitirlo en voz alta podría hacerle ver como un muy grande imbécil, pero le resultaba entretenido jugar con la paciencia de la joven, lo fácil que parecía ser despertar en ella fastidio. Cualquiera que presenciara sus interacciones podría criticar su insolencia al dirigirse con tanto descaro hacia la futura monarca, más Eleazar no lo hacía con afán de perjudicar; a diferencia de muchos de sus compatriotas, el joven lord no tenía nada en contra de la mayor de los Leyva Padilla. Si insistía tanto en ser un grano en el trasero, era porque esa indiferencia casi tangible que la fémina emanaba en cada gesto, en cada palabra, resultaba ser atrayente para el pelinegro, como si la soberbia actitud lo retara a acabar por sí mismo con el hielo que parecía rodearla. “¿Cómo la voy a buscar si no me acuerdo ni de la letra?” Argumentó, rechazando sin más la sugerencia, su mirada sosteniendo la ajena durante unos cuantos segundos más, persistente, hasta que pasó a hundirse en el sofá, inclinándose hacia atrás para apoyar su cabeza en la superficie acolchada de éste. Su vista se detuvo en el techo y, de nuevo pensativo, volvió a entrecerrar los ojos. Era ahora genuina la curiosidad que sentía por averiguar el nombre de la canción. “¿Es de Timbiriche? ¿OV7?” Buscó adivinar, pausando para nuevamente tararear la melodía que dentro de su cabeza se escuchaba, lejana, empolvada dentro de las penumbras de su memoria. Estaba seguro de haberla escuchado, pero le era imposible recordarla. “No, no me acuerdo,” pensó en voz alta, dándose por vencido, y chasqueó la lengua mientras se cruzaba de brazos. El roce contra su pantorrilla atrajo de nuevo su mirada en dirección a su acompañante; se giró, con la cabeza todavía sobre la cabecera, en busca de los marrones orbes de la princesa. “¿No quiere darme una ayudadita y cantarla otra vez?” Una sonrisita se asomó bribona por sus comisuras, incitante. “Sólo un pedacito.”
Se sintió irritada, empujada a seguir intentando obtener una de las reacciones a las que estaba acostumbrada. En México, los empleados del palacio siempre se movían a un lado cuando Lourdes salía cual huracán de su habitación. No se atrevían si quiera a sostenerle la mirada a no ser que fuera estrictamente necesario. Eleazar, sin embargo, parecía ser inmune a sus miradas fulminantes y a sus respuestas cortantes. Era en demasía frustrante, sin duda alguna. Aspiró, mirándose las uñas con cierto interés que era fingido. “Ese es tu problema, no mío,” agitó la cabeza en ambas direcciones. Debía admitir que aquella situación rozaba lo absurdo, pero le importó en lo más mínimo. Haber encontrado una fuente de entretenimiento no había sido tan sencillo y, teniéndolo entre los dedos de sus manos, no le dejaría ir así como así. “¿Es todo lo que se te ocurre?” resopló con visible decepción (una trampa, pues Lourdes jamás demostraba lo que sentía), encargándose entonces de mover el índice de la mano izquierda para indicarle que las opciones brindadas estaban lejos de ser la acertada. Insolente, pensó; pero lejos de molestarle, se sintió deseosa de presenciar más de esa insolencia que la orilló a mantener la mirada significativa bien enfocada en la contraria. El contacto duró apenas un par de segundos, pues en un abrir y cerrar de ojos la heredera al trono se incorporó con un movimiento fino, casi experto. Caminó a lo largo de la habitación y, al encontrar lo tan anhelado, se detuvo frente a la mesilla y seleccionó una botella al azar. “No, no quiero,” anuncio tardío, la fémina girándose sobre sus propios pies y agitando entonces el cristal que mantenía cautivo al veneno líquido que resplandeció desde aquella altura. Peligro. Entretenimiento. Deseos de alcanzar una victoria que ya había comenzado a saborear. “Ni un pedacito,” el español casi se enredó en la punta de su lengua, sus movimientos llevándola de nueva cuenta a posicionarse sobre el sofá que había estado ocupando con anterioridad. “Cada vez que cometas un error, tienes que beber de la botella,” anunció las reglas del juego improvisado. “Cada vez que te acerques a la respuesta correcta, entonces tendré que hacerlo yo,” se presumía sobria aún pese a que no hubiesen transcurrido más de treinta segundos. Hablar de aquella forma dio a entender que su compañía no tenía otra opción más que participar en la ridiculez propuesta por la princesa mexicana
jbacsalek:
El cilindro de nicotina fue a detenerse sobre la tersa piel femenina, un descuido provocado por la apresurada huida, una que no fue necesaria al percatarse que sólo se trataba de un danés más entre la gran multitud. Desinteresado de las facciones masculinas, sin ser capaz de caer en un reconocimiento que lo hubiese llevado a perder el incógnito que deseaba adoptar desde la llegada de la esperada adolescencia; mas cada uno de sus intentos se veían frustrados, cayendo en el irremediable descubrimiento de su apellido y posición. Alzó una ceja ante la acusación de la morena, descendiendo su mirada a la zona afectada. “Podría ayudarte con eso, soy bueno con las curaciones, aunque no creo que sea algo profundo.” intentó defenderse, sus dígitos habían abandonado el vicio que ahora era pisado por uno de sus pies. Se inclinó para tomar el instrumento, dejando que se perdiese en el centro de desechos que se encontraba a un costado de la calle, una posición favorable, más aún para quien debía deshacerse de evidencias antes de que las luces colisionaran contra sus reconocibles rasgos. “Déjame ayudarte, en serio, podría llevarte donde me hospedo y ponerte un poco de agua fría.” volvió a ofrecer, se negaba a ser rememorado tardíamente y tropezar con un escándalo que no buscó ni deseaba.
A veces ---en ocasiones muy mínimas--- se cuestionaba a sí misma cuándo se había convertido en un imán de cigarrillos encendidos. Desgraciadamente, la zona de su pecho era la que siempre resultaba víctima de la inevitable estupidez de la humanidad. Bufó, oprimiendo las manos contra la zona afectada en un intento de aminorar la oleada de dolor. Le resultó imposible, sin embargo. “Es lo menos que podrías hacer,” bufó, sus orbes alejadas de las facciones ajenas. Quizá fue aquel detalle lo que la llevó a desconocer a la personalidad frente a ella, que se trataba de un príncipe más a quién no había tratado con anterioridad. Ah, irónico era que Lourdes estuviese brindando al húngaro uno de sus deseos más profundos: pasar desapercibido. “¿Agua fría?” sus cejas de alzaron, la cuestión impregnada en aquel simple movimiento que la obligó a cuestionarse qué tan bueno era como él mismo había asegurado segundos atrás. “Si pierdo un seno o algo así, me encargaré de que pagues las consecuencias,” posiblemente era una reacción exagerada de su parte; palabras poco analizadas, escupidas al vacío sin haber pasado por la zona de filtro. “Bueno, ¿vas a moverte o qué?” urgió, esperando alguna indicación.
thyra-blomqvist:
“Soy grosera cuando otra gente también lo es.” contestó, sus azulados orbes posados en las facciones femeninas. Ver aquella sonrisa dibujada en el rostro de la princesa provocó que la paciencia de la joven sueca fuera desvaneciendo cada vez más rápido, lo que llevaría a que actuara sin pensar como le había ocurrido varias veces. “No puedo creer que te cueste tanto pedir perdón a la persona que tiene que soportar cada uno de tus estúpidos caprichos.” agregó luego de una pausa llena de tensión, pudiendo ser notorio el enojo de la menor en sus ojos. Su expresión se mantuvo seria, fría en todo momento al igual que el tono de voz empleado. “¿Siempre eres así de amargada?” inquirió con curiosidad mientras seguía acariciando al pequeño felino que estaba al lado de ella.
"El conocido cuento de como me trates te trataré,” agitó la cabeza en ambas direcciones cual si verdaderamente se sintiera decepcionada al respecto. Ladeó el rostro, analizando cuidadosamente a la rubia. “No me cuesta, simplemente no lo veo necesario,” encogió un hombro con desinterés. Sí, Lourdes era buena mentirosa. Siempre se le dificultaba muchísimo decir lo que sentía, mucho más cuando tenía que admitir sus errores. Por eso nunca lo hacía. Aspiró aire, fingiendo que aquellas palabras no habían ocasionado en ella un malestar que se vio reflejado en la boca de su estómago. “En ocasiones. Unas más que otras,” quería saber cómo reaccionaría la contraria al Lourdes mostrar una reacción como aquella, a la ligera. “¿Siempre eres así de insolente? Porque, desgraciadamente para ti, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad,” la línea en sus labios se estiró apenas un ápice. ¿Qué tan malo sería para la menor el verse comparada con la mexicana? Quería averiguarlo.
zakariakhaleel:
Nunca había sido de aquellos de los que vivían a la defensiva siempre. Era uno de los muchos fallos de su carácter, de acuerdo a lo que su padre se encargaba de repetirle cada vez que tenía la oportunidad. Zakaria no lo veía así. En su opinión, era el ser humilde, amar al prójimo y ser solidario lo que resultaba ser más difícil para el ser humano, las cosas con las que luchaba en contra de la cruel naturaleza humana. Intentaba, en verdad que intentaba ser una buena persona, en especial con aquellas personas que nunca le habían hecho algún mal. Tal y como lo era la princesa mexicana. La observó con la atención que necesitaba, que era total de parte del príncipe de Egipto. Sus ocelos se encontraban centrados en sus facciones, con toda intención de no perderse ni un solo detalle de éstas. —¿Me vas a hacer bailar frente a ti para probártelo? Soy como una tabla cuando se trata de baile,— admitió con una sonrisa bien puesta en sus labios, acercándose con movimientos medidos a la latina, dedicando una rápida sonrisa a la empleada que -de cierta forma- había salvado. —Será así si tú lo crees,— respondió, acercándose a ella, buscando de su mirada que vagaba por el lugar, antes de ofrecer su brazo. —¿Quieres ir a dar una vuelta? No hace tanto frío como otros días. Un poco de aire libre siempre hace bien,— aire libre, decía, uno que no estuviera estancado con la pesadez de una habitación. —Parece que lo necesitas.—
A veces se preguntaba cómo se las ingeniaba el contrario para mantener una sonrisa en su rostro, para tratarla de una forma tan amable pese a que ella se empeñase en mostrarse tan desagradable con él y con todo el mundo. La prueba viviente era la empleada que se mantenía de pie al centro de la habitación, cual cachorro reprendido por una inocente travesura. Lourdes suspiró, liberando todas aquellas dudas que nunca serían formuladas en voz alta. Prefería, claramente, investigarlas por cuenta propia. Sus cejas se alzaron cuando el comentario fue añadido, la fémina obligándose a sí misma a alzar las cejas con cierta incredulidad. “No hagas el ridículo,” agitó la cabeza en ambas direcciones, aun pese a que aquella especie de ofrecimiento resultó en demasía tentador. No pudo aceptarlo porque iba en contra de las reglas impuestas tras la adopción de aquella faceta fría que no desapareció ni un solo instante. Aunque bueno, por una mínima fracción de segundo, sus mejillas se crisparon cuando las comisuras traicioneras tiraron de sus labios en una especie de sonrisa que desapareció en un pestañeo. Bufó, percatándose de la acción y observando con cierto interés el brazo ofrecido. Sus músculos ignorantes, desacostumbrados a un trato de aquel tipo, estuvieron a punto de traicionarla. Su juicio, sin embargo, reaccionó antes. Echó un vistazo a las facciones contrarias antes de comenzar a caminar en dirección a la salida, respuesta silenciosa a la invitación extendida. Fue un movimiento grosero ---no tomar su brazo---, mas el simple hecho de que hubiese aceptado a ir con él era una buena señal. O mala, todo dependía de la perspectiva. “Yo guío,” dijo cuando hubo avanzado un par de pasos.
cblomqvist:
“Eso es bastante bueno, entonces. Y tranquila, no estoy usando sarcasmo ahora.” Tampoco sentía la necesidad de indicarlo a cada momento, mas ahora solo se estaba dando el lujo de probar la paciencia de la contraria. Sabía que era una mujer inteligente, mas su temple le hacía imaginar que a futuro, tal vez no sería mala idea poder controlar sus propios impulsos. Aunque, claro, muchos podrían decir lo mismo de Casper Blomqvist, mas las esperanzas sobre el segundo heredero de Suecia no eran significativamente altas, sino todo lo contrario. Todos sabían que los deseos de Casper de usar la corona real eran tan escasos como sus ganas de estar en Dinamarca en primer lugar. “Ser desagradable con todo el mundo, sin hacer excepción. Mis felicitaciones, por lo menos eres sincera contigo misma y con los demás.” De lo primero no estaba tan seguro, de todas maneras, mas aquello no empezaba a ser su problema. Estaba consciente que muchos no muestran cómo son realmente, que los rostros a veces son meras máscaras para ocultar un dolor o una preocupación más interna. Claramente, Casper no comenzaría a indagar más allá porque le daba igual y además, no creía que fuese del gusto de la princesa mexicana. “No tienes que decirme lo que debo hacer y lo que no, tampoco lo que tengo que pensar. Tus opiniones no podrían significar menos para mí, y espero que aquello sea mutuo. Ahora, si te ves afectada por el más nimio comentario, eso ya es preocupante. Podría darte consejos, pero voy a abstenerme pues es un gasto innecesario de mi voz que seguramente, no pondrás en práctica de cualquier manera.” Dejó que sus dedos peinaran un poco los mechones de cabello que habían interferido en su rostro, un pequeño suspiro encontrando la libertad tan anhelada a través de sus labios. Y ahora, la respuesta de la fémina ocasionó que una burlona sonrisa bailase sobre sus labios, sus facciones relajadas frente a las palabras de la mexicana que le impactaban cuales dardos de plástico. “Eso es a lo que me refiero. No puedes perder la compostura por un simple comentario. ¿Quién soy yo para decirte cómo controlar tu país? Nadie, lo más probable es que ni siquiera vaya a verte nuevamente. Pero si reaccionas de esta manera —” Su mirada se posicionó en el dedo de la muchacha tan cerca de su pecho, logrando que alzara una de sus cejas, divertido. “No estarás haciendo un buen trabajo. Te felicito por lo que has hecho por tu país, pero eres una princesa. Serás reina eventualmente, guarda tu fuego interno para ese momento, no perdiendo el tiempo con alguien que ni siquiera quiere estar aquí en primer lugar.”
Tan pronto las palabras fluyeron sin control alguno, el rostro crispado de la mexicana se sintió arder, en llamas. Estaba segura que sus mejillas para aquellas alturas habían adquirido un color delator, malditas tonalidades rojizas que la acompañarían hasta que el fuego interno se ahogara. No parecía suceder, sin embargo. Aspiró aire, sintiendo la calidez en su rostro disminuir con aquella simple acción que fue suficiente para ponerla con los pies sobre la tierra una vez más. Era impulsiva, voluble y a veces odiaba con todo su ser comportarse de aquella forma. Mínimos eran sus errores de aquel tipo, pequeños eran los momentos en donde su sorprendente autocontrol decidía moverse a un lado para dar paso a situaciones bochornosas y vergonzosas. Pese a eso, una sensación desconocida se apoderó de su interior. ¿Era aquello lo que llamaban libertad, desahogo, ligereza? Porque, sin duda alguna, podría sacrificarse un par de veces más para sentirse de aquella forma. Relamió sus labios, acomodando entonces la extremidad a uno de sus costados. Alisó su vestuario y acomodó los mechones de cabello detrás de sus propias orejas. En un abrir y cerrar de ojos aparentó recuperar la compostura, volver a la realidad. La frialdad volvió a apoderarse de sus aseveradas facciones, sus orbes oscurecidos desviándose a lo largo del salón en busca de un maldito consuelo que la ayudase a sobrellevar aquella situación. No encontró absolutamente nada, entonces se sintió tan sola como nunca antes. “Olvida que has presenciado esto,” pese a que sus palabras carecían de emoción alguna, detrás de las sílabas se escondía una súplica maquillada con desinterés e indiferencia. Saber que el contrario poseía un secreto que la involucraba directamente, que podía divulgarlo cuando quisiera, la aterró de sobremanera. “Si no quieres estar aquí, entonces ¿por qué...?” pero no terminó de formular la pregunta, pues pronto se percató de que la curiosidad no sería bien vista en un momento como aquel. O, por lo menos, esa fue su primera creencia. Consideró, durante un breve instante, que tal vez ambos se encontraban en una posición similar. “No durará mucho,” una especie de consuelo que no fue solicitado, Lourdes sintiéndose extrañada por escupir dichas palabras. Porque sí, arrastró las sílabas y las lanzó al vacío. Reacción tardía; giró sobre sus propios pies y se alejó unos cuantos metros, sintiéndose nuevamente segura (tanto como podía serlo en aquel lugar).
WhatsApp → Príncipe Ezra.
Ezra: Ah, decepción.
Ezra: Bromeo. Mm, la mía no se nota tanto.
Ezra: La veo más como una mancha de barro.
Ezra: Puede ser. Y actualmente se te presenta la oportunidad de volver a ser una heroína, eh, ¿por qué no vas a callar a quien sea que hace tanto alboroto?
Lourdes: Así es la vida, siento ser yo quien te lo diga.
Lourdes: ¿En dónde la tienes?
Lourdes: Bah, no te creo. Aunque bueno, es posible que lo sea. ¿Te has duchado últimamente?
Lourdes: ¿Por qué no vas tú? Pfff. Está haciendo mucho frío, pero sí me das tres buenos motivos, podría considerarlo, mhm.
anbiork:
– Como te he dicho, es pelirrojo, de ésta estatura –indicó, señalando en el aire la que sería la estatura de su hermano, unos centímetros por sobre la suya–. Es pálido, tiene una sonrisa… Extraña, aunque no la muestra mucho, y responde al nombre de Torbjørn –esperaba encontrar al muchacho antes de que su enojo cesase, pues sabía que él estaría esperando a aquel momento para aparecerse. Annbjørg era el tipo de personas que no podía pasar mucho tiempo enojada con sus hermanos, dejándose llevar por su amor hacia el par–. Y si sirve de algo, también es príncipe de Noruega, ¿crees haberlo visto?
Escuchó atentamente aun pese a que su mirada se mantuvo alejada, perdida y enfocada en un punto irrelevante más allá del sofá más cercano. Fingió meditar, pensarlo con detenimiento, mas cierto era que el susodicho no le sonaba de nada. Aunque... “De pura casualidad, ¿tiene un perro o algo similar?” entornó los ojos, imágenes borrosas entonces golpeándola de la nada. Recordaba, muy a medias, un encuentro inesperado con un ser humano dueño de aquellas características mencionadas por la otra fémina. “Creo haberlo visto a lo largo de la semana,” respondió finalmente.
lordern:
No se movió de su sitio mientras observaba a la princesa, con los brazos cruzados dibujó una sonrisa en el rostro. De los hermanos Leyva Padilla, Lourdes era secretamente su favorita, tenía una personalidad fuerte que a veces, le recordaba a su madre. Se imaginó que pudo haber sido de esa forma a su edad, y se preguntaba como su padre logró conquistarla con una personalidad así. Bueno, eran otros tiempos. ❛ Oh, para nada princesa. No hay moros en la costa, está a salvo. ❜ respondió el hombre ladeando el rostro, utilizando su tono de voz cómplice. ❛ ¿Le gusta la canción? Como sabe, me encantan los boleros….❜ Motivo por el que se tomó la molestia de cambiar la música en el salón, no había nadie allí hasta la aparición de la princesa. ❛ Y me gusta bailarlos. ❜ Siguió hablando, acostumbrado como miembro de la escolta a pasar tiempo con los herederos de su país.
Suspiró, acción apenas perceptible. De alguna forma, que Ernesto fuese el testigo de su momento vulnerable, la tranquilizó y la asustó en partes iguales. “Nadie está a salvo. Nunca,” consideraba que era parte de la vida, que el peligro rondaba hasta los rincones más sagrados repartidos a lo largo del mundo. Sus cejas se alzaron con énfasis. Ah, ¿sabía esa información? Por supuesto. ¿Lo admitiría en voz alta? Nunca. Era bastante observadora como para haberse aprendido aquella preferencia musical del otro mexicano. Ella, sin embargo, disfrutaba de cualquier canción que la invitase a moverse sin importar qué ritmo fuera. “¿Me estás dando una indirecta, Ernesto?” alzó las cejas una vez más. “Porque no te conocía tan valiente,” o estúpidamente arriesgado. Nah, las posibilidades de que estuviese invitándola a bailar eran nulas, inexistentes. Aunque eran mucho menos las de Lourdes aceptando dicha invitación.
jbacsalek:
Ser un foco constante de atención tenía sus desventajas, más para quien encontraba una desventaja en haber sido fotografiado desde que carecía de consciencia. Un infante perseguido por cámaras, expuesto a preguntas y cuestionamientos constantes, estaba agotado. Una gorra fue acomodada sobre su cabeza, reconociendo el inoperante incógnito, mas carecía de herramientas en el país extranjero. Sus pasos se apresuraron ante el seguimiento, temiendo haber sido descubierto como tantas veces lo fue en antaño. Dobló en una esquina, sus manos se mantenían pérdidas en el agujero negro de su bolsillo, mas la ansiedad lo llevó a perder la atención de lo que venía por delante, preocupándose solamente del extraño a sus espaldas. “Lo siento, no fue mi intensión.” se apresuro a responder apenas su cuerpo se estrelló contra el tercero.
Huyendo de las cámaras, de las preguntas comprometedoras que fueron lanzadas en su dirección una vez fue foco de atención poco deseada. Apresuró su andar, metiéndose entre calles poco concurridas con intenciones de perderse un rato. Ah, el objetivo fue removido de su camino cuando un obstáculo en demasía pesado se atravesó en el mismo. La mueca de dolor no tardó en apoderarse de sus labios. Sus manos, temblorosas debido a la adrenalina, se elevaron hasta la zona de su pecho. Ya tenía una marca de cigarrillo de un idiota, mas sin embargo esperaba que aquel descuido no le dejara un recordatorio que la ayudase a regresar y revivir aquel encuentro al azar. “Sentirlo no será suficiente para regresar el tiempo,” resopló, permitiendo que su mirada fulminante se posara en las facciones ajenas. “Ni para aliviar el dolor,” y volvió a enfocarse en la zona, dispuesta a eliminar aquella molesta sensación. “¿Que no prestas atención?” habló una vez más, sonrojada por el esfuerzo que había supuesto aquel recorrido.
estefaniazaldi:
‘ No es nada contra ti.’ Estefania encogió sus hombros ligeramente, dándole poca importancia a las palabras de la castaña. ‘ A mi me gusta pintar aquí y es aquí donde me quedaré. ‘ Relamió sus labios, dirigiendo su mirada hacia la de la morena, dedicándole una sarcástica sonrisa. Estefania era una persona tranquila, pero cuando llegaban a sus nervios podía ser la mujer más irritante del mundo. Con cuidado, sacó cada una de las pinturas de su bolso, junto con sus pinceles.
"¿Eres de las que gusta pintar con tranquilidad absoluta, o cómo funciona todo eso de la musa?” fingió interés, sentándose en una de las esquinas. Hizo como que prestó atención, y en parte fue así. Sin embargo, había un objetivo detrás de esa faceta que no todo el mundo podía presumir haber presenciado.
eleczar:
No resultaba complicado percatarse de la reacción que en la joven despertaba el haber tenido testigos de su efímero momento de diversión; la manera evidente en la que evadía todo contacto visual y las ligeras tonalidades rosáceas que se vieron coloreando sus finas facciones fueron suficientes para delatarla. Eleazar sonrió para sí mismo, casi complacido. En un lapsus de tres minutos, había presenciado en ella más facetas de su persona de las que había tenido la oportunidad de presenciar durante su tiempo como guardia de la Escolta Real. Sus pupilas siguieron sin disimulo la silueta de su interlocutora, atento, curioso por ver si escondía algún otro truco bajo la manga. Su sonrisa se amplió conforme se tomaba el atrevimiento de seguirle el rastro, moviéndose a paso paulatino, casi danzante, hacia el sillón que ahora ocupaba. “Ah, qué lástima,” se lamentó, aunque el tono de su voz careció de decepción, y la curva sobre su semblante restaba absoluta seriedad a sus palabras. Se detuvo y, cuando su mirada se encontró de nuevo con la femenina, las cejas se le arquearon como si de dos signos interrogantes se tratasen. “¿Puedo?” Con el mentón, señaló el espacio vacío a su costado, más no esperó a recibir respuesta por parte contraria y pasó a sentarse como si su compañía fuera realmente deseada. “Es que tengo una duda,” comenzó segundos más tarde, achicando los ojos. “¿Cuál era la canción que cantaba? Me suena…” Hizo el intento de tararear la melodía, más la letra se veía ausente dentro de su mente. Ladeó la cabeza hacia un lado, mostrándose pensativo. “La tengo en la punta de la lengua, pero no me acuerdo…”
Sabía (y no era porque le conociera con profundidad, mas sin embargo había aprendido a leer ciertas señales en él) que no esperaría una respuesta para tomar asiento, para invadir la comodidad de la princesa que no se movió ni un ápice de la posición que había ocupado con anterioridad. Desvió la mirada y fingió no estar interesad al respecto. Sin embargo, cuando el comentario salido de entre los labios contrario llegó hasta sus oídos, Lourdes giró el rostro con lentitud y permitió que su mirada fulminante se posara con descaro en las orbes ajenas. Al escuchar la melodía que más temprano había entonado con lo que ella creyó discreción, sintió una nueva oleada de calor recorrer su interior. Parecía una burla, un señalamiento a su persona. Quería que se olvidara de ello, que lo dejara estar. De haberse tratado de una persona proveniente de un país distinto, entonces hubiese sido más sencillo. Pero, siendo Eleazar el involucrado, sintió una amenaza permanente que la seguiría hasta el otro continente. “Es mejor que se quede ahí,” la advertencia bañando cada una de las sílabas anteriormente pronunciadas. Resopló, acomodándose incluso más sobre el sofá que la recibió con un cálido abrazo. “Aunque, es una vergüenza que no la reconozcas. Es una canción que todo mexicano debería conocer de memoria,” el brillo se ocultó tras las pestañas que subieron y bajaron con cierta parsimonia. “Búscala,” una orden bañada con tintes de sugerencia, la figura femenina acomodándose sobre el brazo del mueble para poder ser testigo de las reacciones ajenas. Quería demostrar que no se dejaba intimidar, que no se avergonzaba de nada pese a que fuera todo lo contrario. Por un instante, con él al otro lado del sofá y dueño de uno de sus momentos de debilidad, se sintió pequeña y vulnerable. “Fue muy famosa en sus tiempos,” dijo como pista, estirándose con cierto descaro, permitiendo que la punta de su calzado apenas rozara una de las extremidades masculinas.
miskxlyskki:
No pudo evitar poner los ojos en blanco ante las palabras de la chica, sobre todo por la mueca en su rostro, al parecer esa mujer no sabía sonreír lo cual era un desperdicio ya que realmente pensaba que era una princesa muy bonita. “Obviamente no pienso demandarte por eso ¿Qué no sabes lo que es el sarcasmo?” pregunto con algo de ironía mientras la miraba. “Claro que sería absurdo, tú lo has dicho, no es el dos mil dos” negó con la cabeza, dispuesta a seguir dibujando.
Entornó l os ojos, inspeccionando cuidadosamente su rostro. “¿No lo sabes tú?” resopló, la gracia carente en aquella acción. Puso los ojos en blanco y agitó la cabeza en ambas direcciones. “¿Y quién sabe? Hay gente que vive en el pasado. Eso puedo asegurarlo,” encogió los hombros para restarle importancia.
asanteri:
Asintió lentamente, le había dado en el blanco. No tenía problemas con admitir que solía ser un pedazo de mierda, principalmente porque tenía pésima voluntad y dedicaba gran parte de su tiempo, energía y palabras a criticar a diestra y siniestra, pero no “se hacía” el nada. Él era. A él le parecía que era. —Sí, sí, sí. Pero ¿sabes qué? Podría decir lo mismo de ti —hizo una mueca con desinterés, mientras sacaba casualmente su petaca del bolsillo interior de su chaqueta y bebía del mismo, soltando una risa en el acto. —Lo de haber tratado a varias así, me refiero. No te creo ni interesante, ni ruda, ni “la que va contra la corriente, rompiendo las reglas” —con comillas en el aire y todo. —No podría, tampoco. Ya sabes, tu canturreo y todo eso. Adorable.
Lo observó con aire desinteresado, encaminándose entonces un par de pasos en su dirección. Detuvo su andar, cual si aquel hubiese sido su objetivo desde un principio. Sin embargo, ladeó el rostro, analizando la escena. No era ruda, tampoco se consideraba a sí misma interesante. Mucho menos iba por la vida ‘rompiendo las reglas’. “No soy adorable,” eso fue lo que la irritó en demasía. Segundos después volvió a retomar su andar, acortando la distancia. Alzó una mano y eligió el índice de la misma. Lo llevó a la barbilla masculina, colocando su extremidad en el centro de la misma. Parecía una caricia furtiva, mas el empleo de la punta de la uña alargada buscaba hacer daño, dejar un recordatorio en la piel ajena. “No has tratado a nadie como yo,” no era ego ni mucho menos. Consideraba que era un comentario sincero, teñido con la acidez necesaria para ser mal interpretado.
cblomqvist:
“¿Te das cuenta que te has escuchado como una niña de cinco años que hace berrinches? Lo cual no deja de ser impresionante, ¿sabes? Los niños, por libro, deberían dejar de hacer escenas estúpidas como estas a los tres, máximo cuatro años de edad. A menos que te hayas quedado estancada en aquella etapa, claro está. Lo lamento mucho.” En primeras instancias, el sueco no había tenido intenciones de dirigirse a la princesa de tal manera, pero ya había comenzado a colmar su paciencia. Muchos podrían llamarlo hipócrita, ya que también se levantaba constantemente con el pie izquierdo pero en su defensa, aquello ya era tan constante que se había transformado prácticamente en un rasgo estable de su personalidad. “No hay ninguna indirecta en mi comentario, princesa. Lamento que no seas capaz de percatarte de la dirección de mis palabras, pero no hay sarcasmo en ellas ni mensajes rebuscados. Si los estás tomando como un ataque o crees que lo son, puedes estar segura de aquello. Me gusta el sarcasmo, pero no sé si seas capaz de entenderlo y por tanto, responder al mismo. A menos que pruebes de alguna forma que estoy equivocado y que en realidad, no te presentas de aquella manera con otras personas de rango inferior al tuyo y que solamente, la pobre chica ha tenido mala suerte en cruzarse contigo.” Terminó por decir, cruzándose de hombros mientras su mirada se posaba en la atemorizada muchacha. Presionó los labios cuando vio a la menor marcharte, un suspiro un tanto exasperado escapando de sus labios. “Una actitud digna de una princesa. Siento pena por México.”
Escuchó, se quedó con cada una de las palabras y las dejó a un lado únicamente porque le importaban muy poco. Había leído muchísimas notas en su país que hablaban de su personalidad, de su capricho y de todo lo que mostraba por encima. La herían, ocasionaban en ella un vacío que iba incrementando con el transcurrir de los años. Aplastaba su autoestima y alimentaba esa inseguridad que pensaba no transmitía. “No me interesa si no es de la realeza o si no posee una posición social o económica alta. Soy así con todo el mundo, sin importar la corona ni mucho menos el empleo que posean,” resopló por lo bajo. “No tengo que demostrarte nada a ti, sin embargo. Eres libre de pensar lo que quieras, de decir lo que te venga en gana y de hacerte cualquier imagen mía que ya se esté formando dentro de tu cabeza,” chasqueó la lengua, girándose un poco para retirarse del salón. Pese a eso, se detuvo en seco cuando el último comentario fue lanzado en su dirección. Golpeó directamente la boca de su estómago y, además, los hilos gruesos tiraron de ella sin la autorización requerida. Caminó hacia él, acortando la distancia y manteniendo su mirada fija en la contraria. El fuego recorrió sus venas y la encendió por completo. Las llamas ardieron y las mismas se vieron reflejadas en sus orbes oscurecidos. “No tienes el derecho de hacerlo,” elevó el índice de la diestra y, con intenciones de hundirlo en el pecho masculino, lo estiró un par de centímetros. “No sabes nada,” enfatizó cada una de las palabras. “Tienes nulo conocimiento de lo que pasa con mi país, de lo que he hecho para que la situación mejore,” escupió lentamente, quizá delatando todas las acciones secretas que había llevado a cabo a lo largo de los últimos meses. Sin embargo, no pudo resistirse. El impulso la llevó a escupir sus verdades. “Así que cállate de una buena vez,” una amenaza vacía, cual infante enfrentándose a una pelea en el jardín de niños.
zakariakhaleel:
Su posición le permitía mantenerse ausente de la escena que estaba teniendo lugar frente a él, uno de los libros que había traído desde Egipto entre sus manos, y un cigarrillo pendiendo de sus labios. Su espalda se encontraba apoyada contra la pared, las palabras de la mexicana haciendo eco contra las paredes, la molestia presente y golpeando el oído de aquella desafortunada alma que la había visto. La calma había sido quebrada, por lo que Zakaria se puso de pie, y tomó el cigarrillo entre sus dedos, tirando la ceniza a un lado. —En realidad, creo que ella estaba aquí primero,— corrigió con su tono de voz bajo, tranquilo en una muestra de que no tenía deseos de discutir con la princesa mexicana. —¿Siempre estás a la defensiva o sólo tengo mala suerte?— inquirió con una sonrisa en sus labios, acercándose a Lourdes. Era muy diferente a Angela, pero claro, tampoco era un experto en hermanos, considerando que él era hijo único. —No te vas a morir si alguien te ve bailando, te lo aseguro.—
Sus facciones se tensaron cuando una voz familiar interfirió en la escena, el rostro de Lourdes entonces girándose apenas un ápice para que sus orbes reconocieran a la figura masculina. Aspiró, movimientos apenas perceptibles para aquellos que no la conocían de toda la vida. Quizá la de la mala suerte era ella, que se encontraba con aquel ser humano que ocasionaba en ella una sensación similar a la vergüenza. Sí, por comportarse de aquella forma, por mostrarse con aquella máscara que cargaba a todos lados. Oprimió los labios, suspirando con delicadeza. Los hoyuelos en sus mejillas aparecieron, pero no por una sonrisa sino más bien por una expresión diferente. Una que rozaba la calma y la tranquilidad. Sin embargo, la arruga permaneció entre sus cejas, señal que dejaba en claro que no había cambiado para nada su postura. Encogió los hombros en respuesta, optando por guardarse la respuesta que cosquilleaba en la punta de su lengua. “Eso no lo sabes,” sabía que era cierto, que no podía perder la vida por algo tan nimio como lo era un accidente de aquella índole. Quería ser capaz de decir que no deseaba mostrarse vulnerable, que había personas que esperaban un pequeño error para señalarla con el dedo. Movió la mano en dirección a la empleada para despedirla. “Posiblemente la que tiene mala suerte soy yo,” añadió en voz baja, girándose para buscar un sofá en el cual acomodarse.
mariabonitas:
“¿Y tú qué sabes de lo que hago o dejo de hacer?” El enfado pasó infiltrado en sus palabras, pues aunque respetaba la imagen de su hermana mayor, debía de ser sincera con ella: El tiempo que compartían juntas era limitado, intuía que por sus deberes como heredera al trono, mientras que ella pasaba mucho más tiempo con su abuela que con cualquier otro miembro de la familia, entonces era difícil que pretendiera saber a qué rumbo iba su vida. “Que no comparta tu realidad es una cosa diferente” Mencionó luego, enfocando su vista en otro punto en blanco de la pared. “¿Y por qué tendría yo que saber en que está metido Francisco? ¿No es tu deber de chaperona cuidarlo?” La idea le hizo gracia, pero no dejó que su expresión cambiara.
“Te sorprendería saber las cosas que son de mi conocimiento. Tengo contactos,” una forma bizarra de mantenerse informada de los movimientos de sus hermanos. Sin embargo, consideraba que era efectivo y mucho más sencillo. Resopló, encogiendo los hombros para así quitarle hierro al asunto. “No soy chaperona de nadie. Ustedes son adultos, se supone. Por eso están aquí, ¿o no? Nuestros padres confían lo suficiente en nosotros como para dejarnos representar al país. ¿No son cercanos? Vaya, me sorprende,” la frialdad se apoderó de sus facciones, sus incisivos centrales pronto apoderándose del interior de su labio inferior. “En fin,” añadió. “Tenemos que hacer algo juntos. Estamos dando una mala imagen,” hizo referencia a las otras familias que allí se encontraban de invitadas, también.