A medida que uno se aleja de la ciudad de Buenos Aires, el terreno se vuelve más incierto. De a poco, el paisaje porteño de edificios y cafés va mutando en un desparramo de casas bajas y descampados. Hay más verde y menos gente. Tal vez por eso, al internarse en la provincia, uno no puede dejar de pensar en otro tiempo, en un pasado en que aquí, en Argentina, el campo era casi todo.
La historia es singular: Hurlingham fue, antes que nada, un club de polo, el primero en Argentina. En 1888, por iniciativa de algunos integrantes de la comunidad inglesa de Buenos Aires, se creó el Hurlingham Club en una zona despoblada, donde no había más que algunas quintas y unos pocos caminos de tierra. Recién dos años después, a pedido de los fundadores del club, se inauguró una estación de tren con el mismo nombre, a pocos metros del predio.
Ahí nomás, en una calle mansa a unos pasos de la estación y del Hurlingham Club, se encuentra Casa Fagliano, un pequeño taller donde, desde 1892, se elaboran las que quizás sean las mejores botas de polo del mundo. Por cinco generaciones, una familia de origen italiano ha sabido mantener viva la tradición del trabajo artesanal, fabricando calzados a medida con materia prima de altísima calidad. Cada año, la empresa produce apenas 80 pares y los pedidos pueden tardar hasta ocho meses en ser despachados, pero los Fagliano no transigen: “Queremos seguir atendiendo a los clientes personalmente, y esta es la única manera que hay de hacerlo”, dicen.
Hoy Casa Fagliano no tiene ningún local en Buenos Aires ni en otra ciudad del mundo. En una época en que la eficiencia marca el ritmo del universo, este es un lugar único, un retazo de otra vida que se niega a pasar de moda.
EN ARMONÍA
La luz del sol entra por la ventana en porciones, decidido, como si no fuera otoño. Su claridad permite ver, una por una, las partículas de polvo que flotan en el ambiente. El cuero está en todos lados: en los muebles, en las botas, en el piso, en el aire. Se ve cuero, huele a cuero, sabe a cuero. Hay algunas mesas de trabajo, un par de máquinas de coser antiguas, botas maltrechas, cientos de hormas, hilos de colores y herramientas extrañas, todo desperdigado. Aquí reina el desorden del oficio.
Un puñado de hombres trabaja en el lugar. Se mueven despacio y en silencio, como si la armonía que colma la habitación fuera una reliquia que puede romperse en cualquier momento. Sólo la radio habla sin parar. Sobre ese fondo, Eduardo Fagliano explica el proceso de trabajo e, inevitablemente, dibuja su árbol genealógico: “Mi papá, Rodolfo, prepara los moldes y corta los cueros de acuerdo a las medidas del cliente”, dice. “Mi hijo Germán y yo ensamblamos las piezas y, luego, se las pasamos a mi hermano, Héctor, que se ocupa de preparar la horma de madera y, luego, cose la suela y pone el taco. Después, hacemos los bordados, pulimos y enceramos las botas. Todo acá, de principio a fin”.
Los Fagliano saben bien que propuestas como la suya están en vías de extinción. Sin embargo, cada día renuevan su compromiso y hacen un culto de la tradición. Además de usar cuero seleccionado, hebillas hechas a mano y clavos de bronce, se ocupan de elaborar cola casera con almidón de mandioca y pomada con cera de abeja. “Hay gente que todavía valora esas cosas”, continúa Eduardo. “Nuestras botas tienen detalles de terminación y confección que las diferencian del resto. Creemos en la importancia del oficio y de la pasión que uno pone en el trabajo. Hoy, por suerte, podemos recoger los frutos del esfuerzo del pasado”.
LAS RAÍCES
Cuando Pedro y Giacomina Fagliano llegaron a Buenos Aires en 1890, el barrio de La Boca era un montón de casas y conventillos de madera y zinc. Era, también, el lugar que elegían los italianos para instalarse apenas llegaban a Argentina. Los genoveses como los Fagliano tenían una buena razón para hacerlo: la cercanía del puerto les recordaba a su ciudad natal.
Aquella experiencia en La Boca, sin embargo, no duró mucho. Cuando entendieron que lejos del puerto y de las multitudes la vida podía ser algo mejor, se mudaron a Hurlingham, en aquel momento, una zona desolada donde se cosechaban frutas y verduras para abastecer a la pujante capital. Allí, Pedro y Giacomina decidieron que era hora de recuperar su oficio y comenzaron a realizar trabajos de zapatería, como en Italia. Cada semana, retiraban zapatos y botas a medio armar en el centro de la ciudad, le ponían los tacos y los devolvían terminados a Buenos Aires.
El siglo XX ya había comenzado cuando ampliaron el negocio. Uno de los primeros clientes fue un inglés, capataz de una estancia, que les llevó unas botas y les pidió que hicieran un par igual: traerlo de Inglaterra era costoso y, además, llevaba demasiado tiempo. Pronto, los quinteros de la zona y algunos miembros del Hurlingham Club empezaron a hacer sus pedidos. Primero, eran simplemente botas para andar a caballo y trabajar en el campo. Luego, les encargaron modelos más refinados para jugar al polo.
Hoy, el nieto de Pedro y Giacomina, Rodolfo, tiene 84 años. “Ya tengo alguna lamparita floja, pero me defiendo”, dice mientras prepara un molde de cartón con las medidas de un cliente. Está encorvado sobre la mesa de trabajo, apenas a unos metros de la habitación donde nació. “Esto siempre me gustó más que el estudio, así que a los 12 años dejé la escuela y empecé a venir todos los días al taller”, cuenta.
De aquellos años, Rodolfo conserva un gran zapato que su padre había instalado en el techo de su automóvil, un Rugby de 1927. “En Hurlingham había un importante barrio inglés. Mis abuelos pasaban a recoger los zapatos que necesitaban arreglo y todos reconocían el auto”, explica Eduardo. “Esa fue la manera que encontraron de darse a conocer. Como ves, hoy acá no tenemos un departamento de marketing ni nada parecido. Lo que ves es lo que hay”.
Aunque el boca en boca ha sido la principal herramienta de marketing de la empresa familiar, hoy Casa Fagliano tiene una gran cantidad de clientes en Argentina y en el extranjero, desde Estados Unidos hasta China, pasando por Europa y Medio Oriente. Según Eduardo, la clave del éxito es simple: hacer bien el trabajo y dejar que la gente haga correr el rumor. “Por supuesto, no es algo que se logra de un día para el otro. Recién en estos últimos años, en los que el polo pareció empezar a vivir una especie de auge, comenzamos a trabajar de manera regular durante todo el año. Antes, fuera de la temporada de polo, teníamos menos trabajo y nos volcábamos a la producción de zapatos. Hoy, salvo algunas excepciones, sólo hacemos botas”.
En los últimos años, Casa Fagliano ha elaborado botas a medida para grandes personalidades, pero Eduardo prefiere ser cauto. “Siempre hay algún cliente que se destaca más que otro, pero nos gusta mantener la reserva”, explica. Sin dudas, decir que entre los felices poseedores de botas Fagliano se encuentran el Rey Juan Carlos de España, el Príncipe Harry de Inglaterra, el actor Tommy Lee Jones o Adolfo Cambiaso, el mejor polista del mundo, sería un gran argumento de venta. Pero no hay caso: ellos se preocupan más por la perfección de sus botas.
“Como atendemos a los clientes en persona, se establece una relación con ellos”, insiste Eduardo. “Entonces, cuando trabajamos, pensamos en eso. El oficio no es cortar un pedazo de cuero, sino cuidar el proceso, la calidad del producto y a la persona que confía en uno. Esa filosofía que subyace en un modo de hacer las cosas, se aprende cada día”, concluye. Afuera, el tren parte rumbo a Buenos Aires y, de a poco, deja atrás el verde, las casas bajas, los campos, el pasado.