Festival de literatura: Supervivencia. (Nivel Dios)
Festival de literatura: Supervivencia. (Nivel Dios)
– 14 enero, 2013Publicado en: Chá Lucena, Destacados, La opinión
Chá Lucena y nuevas instrucciones para salvar la piel y el honor, con gran nivel, en cualquier festival de literatura, aunque sea en Kazajtán.
Suponiendo que ya habéis interiorizado los puntos básicos de supervivenciatratados en el capítulo uno, hablaremos hoy de los pasos a seguir para alcanzar cotas de excelencia y señorío, para llegar al nivel Dios. Después de esto, podrían soltarte en un festival de literatura kazajistaní y nadie percibiría que vienes de nuevas.
Si tienes alguna duda, no la hay: los escritores son los que se te quedan mirando hasta que finges que los reconoces. Es importante saber que hay dos tipos de escritores: A: los que van vestidos como siviniesen de pasear al perro un domingo por la mañana y B: los que parece que vienen de sitiar un puesto del Este a punta de pistola.
En un festival de música, los cantantes se reconocen porque llevan camisetas de otros grupos o cantantes. Para saber quién es el cantante de Sidonie, busca quién lleva la camiseta de The New Raemon. Para saber quién es el cantante de The New Raemon, busca quién lleva una camiseta de Maga. Cuando llegas al final de la serie lógica, ya tienes identificados a cada uno de ellos.
Escritora tipo B, con su arma.
En cambio, un escritor jamás llevaría una camiseta de otro escritor, así esté siendo apuntado con un kalashnikoven la sien por un mercenario albano-kosovar que previamente haya amordazado a toda su familia con pulseritas de festivales de música (véase la primera entrega del manual para saber de la peligrosidad de las pulseritas) Así que, como veis, este aspecto es fácil de dominar y requiere mucho menos esfuerzo en los festivales de literatura que en los de música.
PUNTO 4: Le Cirque du Soleil. (Despliegue de medios)
No sé si desvelaré algún secreto de Estado que nos lleve a una guerra con Canadá, pero los fotógrafos de los festivales de literatura son artistas del Circo del Sol encubiertos. Quién si no sería capaz de mantener el equilibrio entre una butaca, el capitel de una columna y dos señoras y sus respectivas mochilas de El Último Superviviente cargadas de libros. Estos fotógrafos llevan desde los cuatro años ejercitándose en un pequeño pueblo perdido en el Tibet, siguiendo una tradición que se ha transmitido de padres a hijos, generación tras generación, desde hace cientos de años. A mí, que soy la mujer alcayata, me resulta francamente loable su capacidad de torsión y, de hecho, cuando los fotógrafos entran en escena, acaparan toda la atención de un público entregado que aplaude fervoroso, obviando el debate sobre si lo digital es el fin del mundo o solo el fin de la raza humana, al que asistían previamente.
Fotógrafos de un festival de literatura buscando el encuadre perfecto.
Siento decir que las pantallas gigantes que enfocan a un cantante poseído con su guitarrica no existen en un festival de literatura, más que nada porque ver a un señor que habla derramado en el sofá a escala 100:1 convertiría toda la escena en un vídeo de Bill Viola, de esos en los que, en media hora, se muestra cómo una lechuza aletea dos veces, solo que sin que sea necesario el efecto ralentizador, que ya viene incorporado en el escritor, quien se va deslizando cadencioso hasta que, de repente, ya no existe, al menos no de forma visual.
Efecto ralentizador. Bill Viola: emergence.
Los criterios de un escritor acerca de la distancia que hay que mantener con un micrófono es un fenómeno que varios proyectos de I+D estaban estudiando antes de que les cortaran las subvenciones: empieza igual que con los cantantes, es decir, siendo demasiado cercana. En ocasiones, parece que, tanto escritores como cantantes festivaleros, están dispuestos a hacerle el amor a la esponjilla que cubre el micro. Es más, incluso a hacerle un desnudo integral para enseñarle la chapa (véase primera entrega) si le das un poco de intimidad. Poco a poco y de forma gradual, su amor se torna imposible y aparece un perímetro de seguridad que le impide estar a menos de un metro de distancia del micro, perímetro solo visible (y entendible) por escritores.
Así que, al final de la charla, tenemos un número de contorsionismo encubierto, un escritor que ha evolucionado de una parafilia a una micrófono-fobia, que se diluye lentamente bajo la mesa y adquiere una posición fetal y un público que viene de despelotarse para enseñar una chapa y que ahora se siente sucio. Falta solo Anthony Blake apareciendo detrás de una nube de humo y diciendo aquello de “Y recuerda que todo lo que has visto hoy ha sido producto de tu imaginación. No le des más vueltas porque no tiene sentido”.
Anthony Blake controlando las mentes de los asistentes a un festival de literatura.
PUNTO 5: Bebidas y cuartos de baño. Poética de lo gratis y lo portátil.
A estas alturas tampoco importará que desvele que no descendemos del mono, descendemos de un cuarto de baño de festival de música, capaz de generar un microcosmos propio del mesozoico y generar vida gracias a la incapacidad de sus usuarios de mear dentro de la taza (esto también lo estaban investigando diversos proyectos I+D). No quiero entrar mucho en detalles, pero me aventuraré simplemente a preguntar quién es el físico cuántico que ha creído que en un recinto con veinte mil vejigas llenas de cerveza, unos cuantos cuartos de baño portátiles son más que suficientes.
En este punto, el amor de una vejiga media se lo lleva un festival de literatura, porque, en ellos, los cuartos de baño se reproducen como panes y peces. En cada esquina te encuentras una hilera. Y son señores cuartos de baño, con sus grifos y sus secadores de manos y su olor a aloe vera y su hilo musical de fondo (esto último no sé si ha pasado o son efectos secundarios del punto 4)
El único problema es que, en el caso del Festival Eñe, se celebraba en el Círculo de Bellas Artes y, por alguna extraña razón jocosa, los suelos de los cuartos de baño estaban tan encerados que eran capaces de reflejar tu imagen. Qué ímpetu por la pulcritud, dirás. Pero el problema viene cuando descubres que los paneles que separan unos baños de otros son de los que tienen una apertura por abajo. Ergo, al tiempo que adoptas una postura patética para (en términos de mi amiga La Mysti) “echar un caño”, observas una línea perfectamente simétrica de personas de tu mismo sexo haciendo lo mismo y no, no es erótico.
En el tema de las bebidas hay también diferencia de estilo. Un C.S.I. Miami y C.S.I. New York, para entendernos.
En los festivales de música, la cerveza es la bebida estrella. Cualquier otro tipo de bebida es repudiada en público, y sus portadores son mirados con acritud y catalogados de mainstream. En los de literatura, lo que peta es el café solo, el vino bueno y los gintonics ¿por qué? Pues aquí ocurre como en los festivales de Arte: porque es gratis.
Lo de repartir bebidas alcohólicas suele venir con excusas del tipo “Recital de poesía barroca” o “Performance en torno a Bertolt Brecht” y, en letra pequeñita “en la que se podrán degustar gin tonics cortesía de nuestro sponsor, blablablá” El binomio bebida+gratis ejerce un efecto inmediato en el hipotálamo del ser humano y su consecuencia ya se puede imaginar: en el evento en cuestión no cabe un alma y el espectáculo final es una performance/recital de beodos en torno a unos camareros asustados.
La idiosincrasia propia de los camareros de un festival de literatura compite en interés con la de los fotógrafos contorsionistas. En un festival de música, los que te ponen la cerveza son gente ruda que parece que te darán tu bebida y una patada en el pecho de regalo. En cambio, los camareros de un festival de literatura tienen la capacidad de hacerte creer que estás en el Titanic y que Leonardo DiCaprio vendrá de un momento a dos a preguntarte cual es el tenedor para los entrantes.
Un camarero de un festival de literatura.
Con este punto solo quiero hacer una advertencia: el fin del mundo lo provocarán los conductores de autobús y no se está haciendo nada para remediarlo. Los conductores de autobús acabaron con la civilización maya y son los que están detrás del agujero de la capa de ozono y de que Mariano Rajoy nunca haya ido a un logopeda.
Para ambos festivales tuve que desplazarme en bus, en uno de esos autobuses que contrata la línea principal como apoyo porque tienen pasajeros a mansalva. En ambos trayectos, ocurrieron dos casos que quizá Iker Jiménez me podría explicar: 1. Los conductores intentaron matarnos al no querer parar hasta que llevábamos cuatro horas de viaje. Esto provocó varios intentos de suicidio por falta de nicotina, por exceso de pis, por deshidratación y estuvo precedido por un sistema de climatización que bajó nuestra temperatura corporal a la misma que tenía Leonardo DiCaprio antes de que Kate Winslet lo alejara sutilmente de la tabla aprovechando que no la veía nadie. 2. Al ver que, a pesar de ello, algunos conseguimos sobrevivir, el conductor asesino dejó a varias personas en tierra cuando paramos al fin a hacer un descanso, a pesar de que le advertimos con pavor que faltaba medio autobús por llenarse. Su modo de limpieza racial es efectivo y, sin duda, Hitler fue conductor de apoyo antes de opositar para dictador. Estoy firmemente convencida de que uno de ellos ejerció de negro para ayudarle a escribir el Mein Kamfp.
El clásico conductor del autobús en el que vas a un festival, con su afable conductor.
En conclusión, ambos tipos de festival ofrecen experiencias extremas y altas dosis de realismo grotesco, así que no hay que perder ocasión para asistir a ellos para poner a prueba la capacidad de resistencia a la adversidad del ser humano. Los festivales de literatura son espacios en los que un lector y un escritor pueden encontrarse y agradecerse mutuamente esa extraña relación de cercanía de los que comparten una especie de secreto. Además, es el mejor lugar para enterarse de lo que está pasando en realidad en la literatura y, de paso, escuchar opiniones de otros fanáticos de los libros, que intercambian los nombres de sus autores fetiche con la pasión de niños completando un álbum de cromos.
El Festival Eñe y otros festivales demuestran que, tal vez, la literatura ya no es lo que era, tal vez la gente está dejando de leer, tal vez la cultura se irá a pique por la falta de apoyo de quienes tienen que prestar apoyo, pero, aún somos muchos los que lo primero que nos llevaríamos a una isla desierta sería un buen libro.
Y una pulserita asesina, por si aparece un conductor de autobús de apoyo.
*Suenan Los Directivos“Tortura”, Megaafonía “Han tapiado la puerta del Razzmatazz con todos dentro”, Un pingüino en mi ascensor “El apocalipsis final nos pilló en un macrofestival” y Raphael “Mi gran noche” (Especial TVE 1969)
Chá Lucena (1982), colaboradora hiperactiva en fanzines como escritora e ilustradora, editora en ciernes en “Tiembla Dublín”, ex-cantante y ex-locutora subterránea y consumidora compulsiva de libretas. Le gustan los robots, los vinilos de siete pulgadas y el salmorejo y gracias a su despiste tiene una media de seis accidentes domésticos diarios. Y subiendo.
ETIQUETAS: Anthony Blake, Bill Viola, Chá Lucena, Festival Eñe, Hitler, Iker Jiménez, Leonardo DiCaprio, Mariano Rajoy