Valencia, 17 de marzo de 2016.
Como cada año, fui a mi encuentro con la capital del Turia. Allí, entre naranjos y raíles de tranvía, el crononauta Vicent (un periodista venido de un mar futuro) salió a mi encuentro mientras miraba los azulejos de una horchatería. Aturdido por lo que era, a todas luces, una aparición vicentina; alcancé a quedarme con parte de su discurso, que decía así:
“Sepa usted, amigo, que en 2046 será todo muy diferente; nada que ver con aquella película de Wong Kar-wai. No habrá, por ejemplo, falleras como las hasta ahora conocidas ni falleros en xaragüells. Olvide a los torrentins, diga a la gente que guarde les arracaes en un cajón. Ni siquiera tendrán misas a sant Josep ni una ofrenda a la Geperudeta, ¿para qué? No habrá ninguna necesidad.
En su lugar, los retablos saldrán a la calle y miles de caballetes de fusta apuntarán al cielo; como si fueran la flecha de la catedral de Salisbury convertida en ejército. Artistas falleros, gente curtida como hombres de Arán, pondrán sus manos sobre el suro blanc y de ahí surgirán
embarazadas,
novias de blanco,
banqueros nadando en volquetes de pesetas
en monedas todas de cara,
el rei en Jaume con su yelmo,
punkis y jevis,
modernos que van a merendar su droga,
bebés de color rosa,
María Antonieta,
Rita Barberà con su aureola,
una bunyolera,
un maestro horchatero,
Mònica Oltra con el santo Grial,
un abuelo atando a su nieto
los guantes de jugar a pelota
para después gritar va de bo!;
y toda suerte de personajes, animales y objetos decorativos como
aguamaniles de plata,
braseros,
perros de Lladró,
candelabros,
arañas Luis XVI,
jofainas con asa de cobre,
fanales,
capiteles corintios,
pomells de azahar y naranjas washingtonas
y relojes astronómicos que dan la hora en numeración arábiga y romana.
Imagine todo ello revestido en
pan de oro,
símil de alabastro,
rosa turmalina,
violeta amatista,
pavorreal,
verde botella,
rojo rafflesia,
azul azafata
y tierra de Siena quemada.
No habrá mejilla seca ni, por tanto, boca que se cierre. Gente de toda piel y condición exclamará
Ai, qué bonic!,
Très joli!,
So beautiful, it has really entered my heart,
¡Qué preciosidad!,
Incantesimo!,
τι ομορφιά!;
y sabrá, al fin, en qué consiste pisar el suelo de Bernat i Baldoví, Blasco Ibáñez, Sorolla u Ortifus.”
Las Fallas, patrimonio inmaterial de la UNESCO.