Leonardo Tello
INFORTUNIOS DE UN HOMBRE CON PARAGUAS
I
A mí no me gustaba Bel. La había visto varias veces en la U, siempre rodeada de mucha gente. Se me hacia el tipo de chica linda y popular que todos, hombres y mujeres, desean de alguna forma. No es que no me pareciera atractiva. A veces ella y su combo inundaban de ruido la cafetería y yo le lanzaba una mirada de rabia encogida porque no me dejaba leer, ella respondía con una sonrisa pícara. A veces trataba de atarse una banda en el cabello y estiraba los brazos revelando unas perfectas axilas lechosas y yo tenía que parar lo que estuviera haciendo y mirarla. En todo caso no habría hablado jamás con ella. Consideré varias veces la idea de lamerle todo, de tirármela despacio mientras le acariciaba las axilas. Pero ¿Hablarle? ¡Jamás!
II
Era sábado y me había pasado todo el día tirado en la cama mirando hacia arriba. Me ayudaba a aclarar mis pensamientos y cuando madre se asomaba por la ventana del cuarto a pedirme que hiciera algo podía pretender que estaba imbuido en algún pensamiento profundo – que es lo que hacemos los estudiantes de filosofía- o cerrar los ojos y fingir que estaba durmiendo. Ambas opciones igualmente formidables: si estaba pensando, madre traería algo de comer porque el niño tenía que alimentar esas ideas tan importantes, porque un día iba a ser un grande; si estaba durmiendo madre se alejaba caminando en puntillas y no volvía a molestar. Tenía la certeza abúlica de que todo por fuera del límite de mi puerta me aburría a muerte. Así que prefería mirar hacia arriba y perderme en el blanco manchado del cielo falso y olvidarme del piso, de los pasos, de tener que existir y que elegir, de las mujeres, de los amigos, de los bares, sobrevivir, estudiar, trabajar, familia, hacer el bien sin mirar a quien, dinero, sexo que quiero pero no puedo, sexo que puedo pero no me gusta, este país que se va a la mierda, pasear el perro, herpes, talco y rocanrol. Entre una y otra cosa mejor masturbarse, siesta, la cena y se acabó el día.
Desde el pasillo me gritó madre, era Mario al teléfono. Voy arrastrando los pies. Me pregunta que hago. Chupar techo. A ambos nos gustaba chupar techo y olvidar todo. Tedium vitae, dice Mario. Esa era nuestra clave. Decir tedium vitae era un llamado ineludible, de esas cosas de amigos. Si alguien usa la clave hay que salirle a la calle y si es necesario aburrirnos juntos. En 20 en las lagartijas, me da pereza el baño. Mario dice “party”, yo respiro resignado y me voy a la ducha.
III
Esta fiesta está encendida, dijo Mario. Yo sentía que me quemaba de tanto calor humano. La gente me da náuseas y ahí ya no cabía ni dios. Me largo, le grito. Ya viene lo bueno, me responde. Le bajan por fin a ese ritmo apretado que retumba y suena una salsa. Los sudorosos van saliendo. Mario me dice que saque el talento. Yo no sé bailar. Me dice que el otro. Abro los brazos preguntando ¿a cuál? Me señala un par de lentes al lado de la barra. La miro. My type. Volteo y le digo a Mario que vale tres; él se va bailando y regresa con tres shots de ginebra que bebo sin pensar. Me acerco a la pelirroja de lentes. ¿Sartre o Camus? Me mira con cara de despistada. Gané esta ronda del juego pero perdí mi tiempo. Hay que leer, pienso en gritarle; pero pido disculpas por la molestia y me doy la vuelta. Del otro lado Mario está muerto de risa. Avanzo medio paso hacia él y escucho la voz de Bel que grita “Heidegger” a mi espalda. Me quedo como congelado, como si eso fuera posible en medio de ese calor. La ginebra me acaricia la entraña y me digo ¿por qué no? Doy vuelta de nuevo, me acerco diciendo ¿Faulkner o Hemingway? ella dice Burroughs y se ríe picara como esas tantas otras veces. Veo sus labios moverse cuadro a cuadro ¿fumás? Pregunta. Pienso en sus axilas y en que esto es una invitación. Una fuerza incontenible se apodera de mis pantalones. Ella también debe estar ginebra. Asiento con la cabeza. Me toma de la mano y me va llevando hacia afuera por el cigarro, paso al lado de un atónito Mario. Estiro la boca para señalar a la de lentes y digo Sartre. Mario sonríe con satisfacción, se arregla el cuello de la camisa y se lanza. Cuando me doy cuenta estoy en la puerta hurgándome el bolsillo con un mano para encontrar los cigarros, en la otra mano está Bel diciendo algo que no entiendo y no me importa. No puedo dejar de mirarle la boca.
IV
Lo que me gustaba de Bel era que estaba Loca. Tenía los pechos esponjosos, las manos grandes, unas nalgas firmes, el sexo y la boca más jugosos que he probado, en esta vida y en cualquier otra. Pero todo esto junto no me habría afectado tanto de no haber sido por su forma desgarradora de devorarme. Un día cualquiera podía aparecerse fuera de mi clase, asomada por el vidrio de la puerta con su cara de ciervo moribundo y de inmediato yo empacaba todo en la maleta y salía a buscarla. Nos encontrábamos fuera de los baños bajo el auditorio, y pasábamos horas encerrados en el pequeño almacén donde se guardaban los traperos. Entre la humedad y los ruidos de los inodoros nos consumíamos casi hasta el desmayo. A veces me encontraba leyendo tarde en la noche, esperaba hasta ver vacía la cafetería y me decía que me ayudaría a estudiar mientas se escurría bajo la mesa para jugar entre mis pantalones. Naturalmente mi promedio se fue al carajo y me tenía sin cuidado. Probamos cada rincón oculto y otros no tanto que pudiera tener la universidad y ahora creo que esos fueron mis mejores años.
Bel estudiaba literatura y le encantaba leer a Rimbaud. No escribía pero estoy seguro que sobre ella se escribía mucho. Quería ser artista. Yo de arte no sé nada. Un día, nene, un día, me decía. Yo guardaba silencio y pensaba en los sueños y encendía un cigarro con otro. A veces me daba por pensar que con esa boca podía ser lo que quisiera y yo era apenas el hijo de una generación de adictos a todo y fieles a nada. Quizá por eso estudiaba filosofía, porque me gusta la ironía. No tengo nada que perder, además.
No digo que Bel estaba loca por su apetito voraz, para comer y para tirar. Estaba loca porque hablaba con su sombra, porque aullaba en sus orgasmos, porque era amiga de todos y en secreto los odiaba, porque me hablaba de los pechos de su mamá mientras me acariciaba en las graderías de la cancha, porque tenía fotos de gente desconocida en su billetera, porque gritaba en la biblioteca, y sobre todo porque siempre llevaba en el bolso alguna cosa extraña sobre la cual esparcir mi semen. Hacélo aquí, me decía. En vasos, en platos, en botellitas al principio; y poco a poco escalando, en juguetes, en frutas, ceniceros, sombreros y hasta zapatos. Todo lo que pudiera meter en su bolso entraba en la lista de potenciales receptáculos de mi semen. La primera vez me pareció un juego kinky; con el tiempo se me hizo normal. Le aporte ideas una que otra vez. Eventualmente no pude concebir una faena sexual de otra forma y aún conservo la costumbre de escurrirme sobre un par de cosas ante la mirada indignada de alguna conquista casual.
V
Ok. Me importa un pito que se haya ido sin decirme, pensé. Solo Mario sabía de lo mío con Bel. Nunca nos saludamos delante de sus o mis amigos. Oficialmente nunca existimos. Y estaba bien porque solo con un minuto de existencia ya la vida te va pisando aplastante, como en esa primera palmada del médico que debería más bien una bofetada de castigo. No existimos, no fuimos, y mi conciencia pública estaba limpia. Para el mundo jamás le hablé y mi honor de intelectual solitario estaba salvado. Tedium vitae, le decía a Mario. Pero sin llorarla, me respondía. No party. Nos dedicábamos a caminar y beber y hablar. Yo hacia el recuento de casa cosa que me fascinaba de ella, la maldecía cada diez palabras y encendía un cigarro cuando me venían las ganas de llorar. A la media noche tenía tres paquetes vacíos en los bolsillos. Mario guardaba silencio y solo abría la boca para invitarme a jugar. ¿Cuántos puntos por esa? Preguntaba entre risas. Yo lo miraba con ira, esta noche el dinero no le iba a alcanzar. Y así pasaban las horas, los días, los años, la vida. Un día por fin me gradué, conseguí un empleo y sobreviví a los 27.
VI
El camino a casa de madre eran solo unas cuantas calles desde el trabajo. Me había mudado con Mario hacia un par de años, pero esa rata abandonó el barco y se casó con una chica de higiene dudosa. Yo no lo juzgaba, quizá habría hecho lo mismo. En el fondo nadie quiere dormir solo, yo solo acostarme con alguien. Desde la partida de Mario era mejor el almuerzo de Madre que la sopa de sobre, y hacía la caminata a diario. Madre ya estaba entrada en años pero siempre me recibía como su niño el que un día iba a ser un grande. Quizá había sobrevivido tantos años porque lo que le sobraba era esperanza. Por suerte ese tipo de obstinaciones no se llevan en la sangre. Lo han llamado toda la mañana, me dijo madre. No tengo deudas porque no tengo nada, respondí. Si fue una muchacha que lo andaba buscando. Nadie me había buscado o al menos realmente tratado de encontrarme en un buen rato, menos para llamar a casa de madre. Supuse que se trataría del pasado, de alguna victima cuyo rostro no recuerdo que me quería vomitar encima las letanías de un reclamo. Voy a pensar, madre. Y ¿si lo llaman? Que dejen el mensaje. Me tumbé en el sofá pensando en la clase de estupideces que tendría que escuchar madre si se ofrecía a guardar el recado. Me dormí sin darme cuenta y creo que soñé que corría bajo una lluvia ligera buscando alguna cosa que no sé qué. Corría por unas calles desiertas y mojadas, que no eran las de Cali porque aquí hace años que no llueve. Me gustaba soñar con la lluvia pero desperté cansado y con ganas de fumar. Habían pasado dos horas. Fui a la cocina y encendí el cigarro en la boquilla de la estufa; cosa que madre detestaba quizá más que verme fumar. Lo volvieron a llamar, me dijo con los ojos apretados; seguro que estaba enojada. ¿Y dejaron el mensaje? Que lo esperan a las 7 en el Museo, que para una presentación. Exhibición, mamá. Y que por favor no olvide llevar un paraguas. He ido al museo dos veces en la vida, solo para ligar. ¿Y quién era? Una tal Bel. Sentí un calor repentino en la cara, un ardor en el pecho. Sin duda era el pasado que siempre regresa con su fuerza demencial, que no perdona el mínimo detalle. Una tipa que me gustaba y que no quería enredarse conmigo me dijo una vez que había que vivir el ahora. Y mientras decía ahora se le iba escurriendo el tiempo entre las manos y ya todo era pasado. Creo que le respondí que el presente era solo la negación del presente. Solo vivimos en el pasado. No sé si me entendió pero nos besamos. Olvidarme de Bel me había costado más que a cierto barbado creerse el hijo de una paloma. Cosas de hipsters. Le di un abrazo a madre y salí de inmediato.
VII
6:59. Llegué anticipado a pesar del tráfico. Es romántica la idea de ser un animal de transporte urbano; tengo licencia para enamorarme en silencio, entre estaciones y sin reclamos. Mientras me vestía en el apartamento pensaba en cada cosa que tuve para decirle a Bel todos estos años, una docena por cada prenda que esperaba que ella me arrancara hoy. No es que pensara que pasaría algo, pero ella tenía esas costumbres. Las locas. Me ha dado por pensar que yo no las elijo, que me persiguen porque debo tener algo, un aire de muerto escapado de la fosa, de pez, de caradura. Quizá es porque doy esa sensación de siempre andar buscando algo que jamás voy a encontrar. Bel no aparece aún y sigo pensando en qué decirle primero ¿Debo actuar como si no hubiera pasado nada o abrazarla en silencio? Seguro me escupe en la cara. Jamás le voy a decir lo que pienso. Me voy a limitar a temas puramente intelectuales. Unas cuantas aporías ¿Y el paraguas? En Cali ya no llueve, y eso me convence más de que este encuentro será épico. Se le habrá ocurrido meterse debajo y dejar que caiga como rocío todo mi líquido. Me voy a quedar sin el paraguas que no necesito y que nunca he usado. Aquí ya no llueve, y yo nunca voy a donde llueva. 7:30. Sin rastro de Bel. Para no aburrirme voy a la taquilla y pido dos boletos para la exhibición, me arrepiento en último momento y digo que solo uno. La taquillera me mira y me alcanza la boleta con desprecio.
Un cartoncito verde, en el centro se lee “Infortunios”. Me encanta el nombre. Entro en la sala Uribe de Urdinola, adentro está atestado de snobs con caras enfermas e intelectuales de turno. Siento que, como en tantas otras ocasiones en las que voy a un sitio al que en soledad no iría, he sido estafado. El arte jamás fue lo mío y creo que me sentía muy viejo para empezar a entenderlo. Entre este montón de basura que alguien recogió de alguna caneca burguesa debe haber una metáfora de la vida que yo no advierto. Pienso que deben ser canecas burguesas porque la basura de los pobres es solo basura. Quizá ahí está la metáfora. Estoy solo, rodeado de gente en cuarto lleno de chécheres; y no comprendo en verdad qué espero, pero no me queda más que esperar. Me paseo en silencio entre esta gente cavilosa que observa con atención camisas arrugadas, sillas, libros viejos, fotos diluidas. Todo tan bien puesto. Todo bajo una luz cálida. El espacio blanco de las paredes se hace infinito. Tantos desperdicios olvidados por quiénsabequien. Aquí todo parece tan único pero no es más que producción en masa que ya nadie quiso.
Escucho de nuevo su voz. Lejana, en un rincón. Ahí está Bel. Su boca tan jugosa moviéndose para todos. La gente se concentra a su alrededor. Me quedo atrás porque detesto los tumultos y porque no tengo idea qué más hacer. Los años le han dado un aire melancólico y un brillo inalcanzable. Supongo que mi única opción es seguir esperando en silencio. Habrá un momento, me digo. Soy apenas una mancha como estas sobre un espejo de cuerpo entero que tengo en frente.
Me quedo tieso. Si, tieso es la palabra. Entumecido y duro. En las paredes, sobre canastos, por el suelo, bajo las luces, muy bien curados; reposa todo sobre lo que alguna vez deje caer mi semen a la salud de Bel. Reconozco el cenicero, el sombrero, un par de medias, mi reloj con pulso de cuero, algunos platos, la paginas sueltas de los libros de filosofía. Me produce una jaqueca desgarradora ver a mis pequeños renacuajos muertos como material de exhibición. Descubro con horror, en los rincones, revistas y lentes y toallas y botellas y otras tantas cosas que nunca vi; que sé que no son mías. Descubro con horror que todos estos años Bel se ha dedicado a la ordeña. Descubro con horror que fui un experimento y ni siquiera el único experimento, pero me siento el más fallido de todos. Semen y otros materiales. Técnica mixta. Me da asco terminar de leer la nota curatorial. De repente me siento desnudo y salgo del lugar. Tengo el estómago revuelto. Invitarme era necesario o su obra no estaría completa. Me voy arrastrando a pasos enfermos hasta la parada del bus. Siento el peso del paraguas que traigo, en la ciudad que no llueve, solo porque pensé que una chica querría que le pusiera mi semilla encima como en los buenos viejos tiempos. Me siento ridículo. Levanto la cabeza y me fijo en la demás gente de la parada. Noto que estoy en una fila con varios hombres con paraguas en la mano. Todos ellos, como yo, con caras de horror, caras largas y miserables. Deben ser otras víctimas. Mis hermanos. Me río con fuerza. En el fondo no es tan malo. Al menos nuestro sexo es arte.
*Leonardo Tello (Cali, 1990). Licenciado en lenguas extranjeras y estudiante de filosofía de la Universidad del Vale. Relato extraído de “Relatos del infortunio”, editado por Fallido Editores.










