Víctor Parkas
LA IRRELEVANCIA
El bloqueo del escritor es la manera que tiene el subconsciente de advertirte que no tienes nada interesante que decir. No te enfrentes a él. No luches. La sección de la biblioteca dedicada al lacrimal del hombre blanco hetero no necesita más entradas. Tus devaneos sentimentales no interesan a nadie. Tu colección de discos no interesa a nadie. Tu historia familiar de clase obrera no interesa a nadie. Tu dominio de la retórica no va a hacer de tus problemas otra cosa diferente a lo que son: polvo en el mundo. Si fuiste cordial con tus compañeros en la facultad de periodismo, quizá veas publicada alguna reseña favorable hacia tu trabajo. Si intercambiaste apuntes con la gente adecuada, con aquellas y aquellos que terminarán, como tú, malviviendo en los medios generalistas, puede incluso que te entrevisten. Lo hacen con la esperanza de que, cuando estén en tu lugar, cuando conviertan sus problemas en un libro tan accesorio como el tuyo, seas tú quien les dediques una entrevista a ellos.
Ah, por cierto: te acabo de resumir la prensa cultural española de las últimas cuatro décadas. Cuarenta años de paz. No hay de qué. Sigamos.
El bloqueo del escritor sólo puede ser del escritor, porque lo que ha bloqueado históricamente a las escritoras rara vez ha sido intangible. Las escritoras no necesitan musas: como concluyó Vitginia Wolf, un cuarto propio es suficiente para que ellas se pongan a escribir.
¿Qué detiene, entonces, al hombre que escribe? ¿Qué lluvia le frena?
El bloqueo del escritor aparece cuando ese escritor se sabe privilegiado, porque saberse privilegiado hace que sea muy difícil sonar convincente. Sobretodo, cuando el sujeto a convencer es uno mismo. Para alcanzar esa autogestión, el escritor parte de una mentira, y esa mentira es que no todos los hombres somos iguales. Los hay más sensibles. Los hay más vulnerables. Los hay, incluso, feministas. El matiz que hace distinto a un hombre de otro, sin embargo, es el mismo que hace distintos, entre sí, a dos periquitos: plumaje, pico y dureza de uñas. Yo no soy distinto a un violador. Yo no soy distinto a un maltratador. Yo no soy distinto a un proxeneta. Como varón, tengo el suficiente poder para actuar bajo cualquiera de esos tres perfiles; simplemente, he decidido no ejercerlo. He decidido ser un hombre civilizado: el equivalente, hecho carne, a una monarquía consitucional, a una banca ética, a un ejército en misión humanitaria.
Quiero una medalla.
Quiero una rebaja de pena por buen comportamiento.
Quiero ser voz proncipal en el coro de una cárcel donde ya ocupo el puesto de alcaide.
El bloqeo del escritor, la obseción por sortearlo, comparte constantes con ese impulso visceral que acaba desembocando en accidentes de tráfico: se fuerzan las marchas, se adelantan en doble continua, se quitan los frenos en nombre de la luna. Y todo, para colmar la única ambición de la que un hombre es capaz: humillar a sus coetáneos. Ser el más sensible. El más vulnerable. El más feminista, incluso. Convertirse en la voz de una generación. Empujar al resto de colegas generacionales fuera de la vía. Obligarles a desempeñar aquellas ocupaciones que resten vacantes. Por supuesto, eso nunca acaece: el arcén acaba siendo casa de todos nosotros.
Porque todo hombre blanco hetero tiene, como nexo común con sus iguales, la irrelevancia.
*Víctor Parkas (Sant Boi de Llobregat, 1990) es periodista cultural y narrador. Sus textos han aparecido en medios digitales como Barcelonés, Serielizados, Nylon o Eslang. También ha publicado en cabeceras como El Periódico y Tentaciones de El País, y actualmente es redactor en PlayGround. El fragmento anterior pertenece a Game Boy, su primer libro y editado por Caballo de Troya.












