Va a llegar tarde. Otra vez. No soporta el color decadente de las letras del cartel que va a dejar de funcionar en cualquier momento, ni el olor indescifrable que ocupa todo su espacio, ni el frío que le quema los huesos y la marca a fuego. No se soporta a ella, se da cuenta. Es uno de esos días. Los minutos pasan y se da cuenta de que ya no le quedan cigarrillos. El andén está vacío.
No es que no quiera ir a tocar. Nunca no quiere ir a tocar. Es todo lo demás, todo lo que rodea al acto, es eso lo que aborrece. No lo hace por la plata. Si fuera por eso, ni siquiera hubiera existido una charla. El dinero es una miseria y ella lo sabe. Pero tocar y que la gente la escuche era lo que siempre había querido. Y hasta hace un par de semanas, había tenido algo del poder creativo, todavía la dejaban elegir las canciones de quien cantar.
Ahora no la dejan cantar más que esas canciones que todo el mundo oye pero nadie escucha. Suspira molesta, deja escapar un hilito de aire congelado. Se toca el tatuaje que lleva en su muñeca y no siente nada. Realmente está congelada. Empieza a moverse en su lugar, apenas, tratando de encontrar algo del calor que sabe debe quedar en su cuerpo.
Se le escapa una risa, involuntaria, al sentirse mover cada vez de manera más ridícula. Es la primera vez en el día que no siente ese peso insoportable sobre sus hombros, ese que trata de aplastarla. Una risa encadena otra y sin darse cuenta está dejando escapar los sonidos casi de manera catártica. En el silencio de la noche suenan casi alentadores.
Se sobresalta, sí, cuando escucha una risa que no reconoce como propia llegarle desde el otro lado del andén.
Levanta la vista justo un segundo antes de que el tren tape todo por completo. Ve a la chica de cabello corto y rubio darle una pequeña sonrisa y después el paisaje se le nubla por completo con caras de cansancio y colores gris.