Chispa
A pesar de haber accedido a la invitación, esta señorita conserva un ancla simbólica en el mundo exterior, lleno de otros hombres que la pueden seducir. Por eso, se presta a la experiencia de a ratos, mientras ejecuta una postura imposible de cinéfila atenta. El resto del tiempo lo divide, de manera errática, entre chequear la hora, mirar a los costados y toquetear un celular tan ruidoso que los de atrás, atónitos, lo confunden con un efecto especial de la película.
Reincidente
Sujeto obsesivo, relacionado al fanatismo por las sagas. Asiste a la avant premiere y a todas las funciones del día del estreno. Orgulloso, con cada visita al cine asegura descubrir un montón de detalles irrelevantes para el espectador casual. Se lo reconoce por la remera alusiva. En casos extremos, por el casco, la espada y otras partes del disfraz.
Traidor
Al igual que el Reincidente, este individuo ve la película más de una vez, pero, a diferencia de aquel, no lo comunica. Así las cosas, por temor o simple felonía, acepta invitaciones de dos personas diferentes. Si es buen Traidor, se mantiene callado o finge sorpresa.
Profeta
Mal Traidor. Además de quedar bien con Dios y con el Diablo, pretende extraer mayor beneficio de una tramoya que ya le redituó. A través de presuntos vaticinios, prevé cada giro importante del filme y hace gala de una imaginaria supremacía mental. Con cada acierto, chequea, de reojo, la reacción de sus colindantes, al tiempo que despliega una sonrisa tan silenciosa como detestable.
Mal padre
Se puede identificar gracias a un eco característico que consiste en la lectura, susurrada, de las 3.000 líneas de subtítulos. Así, en vivo, este personaje le traduce la película a su criatura de tres años. En consecuencia, se luce, ante las féminas presentes, como un cariñoso genio narrador. Sugerirle silencio genera, automáticamente, una pelea. Porque el Mal padre espera una salida heroica que redima la desatención que lo llevó, en primer lugar, a comprar las entradas para la función en inglés.
Enemigo
Tras presentar un cuestionario en la taquilla ("¿El final se entiende?"), este individuo se aprovisiona de pochoclos, gaseosas y frituras. Luego, se apresura a hacer la fila, donde se vanagloria de saber que no hay que sentarse muy adelante. Ya en la sala, reposa sus piernas en la butaca frontal. Usa bermudas y franciscanas. Durante el primer avance, con suerte, tira un chiste; sin suerte, lanza aromas de cocina o algún sonido gutural.
Pervertido
Tiene más de 31 años y se diferencia de la gente normal -como uno mismo, por ejemplo- en que va al cine solo. Se trata de un solterón medio pelado, barbudo y con panza. Lleva camisa a cuadritos dentro de la bermuda. Como si con tantos atributos no le alcanzara para perfilarse como monstruo, tiene el descaro de programar -es profesor de física o Windows '95- una salida que consiste en estar solo, a oscuras y por dos horas. Además de personificar la definición de tristeza, en algunos casos puede ser terrorista (mochila), crítico de cine (libreta) o pervertido real.
Papás modernos
Saltaste de la butaca como una nena. Te agarraste de la muñeca de tu acompañante y aspiraste pochoclo como el mejor. "Como el mejor de los cobardes", piensan a tu lado y en todo alrededor. Vos no tenés la culpa de asustarte a destiempo si, con una manito, Chucky te rozó el codo. Pero no culpemos a los niños, que crueles son, mas no tanto en la primera infancia, período al que pertenece esta clase de bípedo causante de pánicos. Aquí, la responsabilidad brilla por su ausencia: los Papás modernos, nativos de la web y otras fantasías, están a cargo del gran bebé que corre y grita como cachorrito de Satán. Estos tutores del futuro son minimalistas, diet y socialistas de Internet. En lugar de retener al pibe, pueden llegar a felicitarlo, alentarlo y hasta imitarlo. Años más tarde, estos papis serán recordados como "geniales" por una personita que, definitivamente, no sos vos.
Don Urbano
Primero, dobla el saco. Luego, la toma de la cintura mediante una llave tan familiar que, apenas, le hace falta tocarla. Ella, en sus 50, se detiene sin sobresaltos. Sabe que el Don, viejito correcto -puede usar sombrero-, le ahorrará la molestia. “Buenas noches, buen Señor -te sorprende-, ¿es usted tan amable de indicarme el número de la fila?”. Algo perdido, le advertís: “Las butacas no están numeradas desde 1996” (la última parte, en realidad, la pensás). Proyección mediante, adquiere protagonismo cuando, finalizada la inesperada escena erótica, se retira para mantener el honor. Se despide con un gesto, al tiempo que su presencia, hasta entonces, aromática (¿Old Spice?), se convierte en rodillas que te chocan y, en pantalla, la negra silueta de un ilustre señor.
Escolares
Son alrededor de siete nenes de vacaciones de invierno. Tienen celulares, cámaras de magnífico flash y un interés cinéfilo comparable al que uno pueda tener por la jerarquía Pokemon. Entre numerosas salidas al baño, se caracterizan por su significativo aporte a la precipitación de pochoclos. Además, gracias a la sutil reinterpretación de estos chicos, el final emotivo de la película puede adquirir el característico plus socarrón de la escuela Midachi.
Pajaritos
Son dos o tres flacos que caen a los 87 minutos del metraje y que, entre risas graves y agudas -tienen de 12 a 17-, reinterpretan la obra de acuerdo a la trama que engancharon tras su ilícita intrusión: “Mirá qué gil, cómo llora”, exclaman, o se ríen, descaradamente, tras una muerte sorpresiva, accidental. Una cosa es que “roben butaca” luego de que, en otra sala, termine el filme por el que pagaron; diferente es que, encima, haya que soportarles tan cretina explicación.
Vos mismo
Sacás entrada para la que tiene el mejor cartel, mayor cantidad de tiros o autos, más Bruce Willises o menos franceses en acción. Comés pochoclo añejado, hacés chistes buenísimos (“¡Mirá la gorda!”) y no entendés el final. Salís expresando disgusto acerca de la extensa longitud del filme y, en el pasillo, te quejás en voz alta de “los efectos de computación”. Más tarde, te referís a todo esto al subir una crítica online.
Uno mismo
Es un espectador casual, no muy fanático, pero, buen entendedor. Elegante y entretenido, este individuo va acompañado de una dama que le festeja cada observación o chiste; expresiones siempre medidas y amenas, no vaya a ser cosa de que la película supere a la mujer, o viceversa. Jamás se pasa de manos con la chica, aunque, entre tiros y explosiones, no deja de remarcar su presencia táctil. En el caso de tener hijos, tras llevarlos al baño les explica que deben permanecer en silencio. También, les advierte que pueden preguntarle cualquier cosa "bien bajito". Como no puede ser perfecto, a veces, es prejuicioso. Así las cosas, gusta de clasificar a la gente en especies que, de tan exageradas, lo redimen de su malévola opinión. I wish.