Hay algo único que se desata en el contexto de las tres de la mañana. Quienes pasaron por ciertas etapas tristes de reconocimiento espiritual tuvieron la delicadeza de recordar que en el horario de las tres de la mañana los demonios salen del infierno y se propagan por los barrios a transformarlos con sus bromas. Lo que algunos, seres más avanzados ya, aprendieron, es a convivir con esos demonios y a hacer que sus bromas en realidad sean algo de buen gusto. No es difícil apreciar el espectáculo que te dispone la noche cuando todo empieza a flotar en el espacio que deja el fin de un día con el comienzo de uno nuevo. Si bien el mundo gira y el tiempo sigue corriendo, los vacíos son comunes entre todos los que habitamos esta tierra. Cuando tratamos de desaparecer y dejamos de focalizar la atención en el presente o en lo inmediato, las convergencias se liberan de su represión natural y todo cobra un aspecto irreal. Quiero decir, sí, seguiría siendo una linda escena, pero todo apunta a un hecho más allá de lo que se puede expresar.
Es diferente, que la órbita en la que giramos nos sitúe en este cuarto que compartimos, donde descubrimos una lluvia que se mostraba inminente en días anteriores pero que se creía que había pasado de largo sin detonarse. Es diferente, sí, recibirla con el asombro de no haber anticipado que podría estallar el cielo en miles de relámpagos que cruzaron toda la extensión de la ventana a una velocidad imposible de percibir. Pero lo que sí se percibe, es el viento que se desató, con la furia que lo caracteriza, que arrastra las gotas de lluvia a centímetros de su choque con los techos y las empuja varios centímetros más allá, como si en realidad no fuera una lluvia sino un barrido. Y verte así, cortando frutillas mientras la gata duerme encima de tu mochila, junto con estos efectos audiovisuales, me hace pensar que es todo un chiste de éstos demonios. Un chiste, que un escenario tan particular, nos tenga a nosotros tres como protagonistas.