Para los parques y sus secretos
Salgo a caminar casi todos los días. Si no puedo hacerlo, mis pensamientos se empiezan a apelmazar, se llenan de nudos, se vuelven demasiado duros o demasiado flexibles. Camino por cualquier parte, sin un rumbo determinado; elijo la calle que más me llama la atención o la que más me gusta y avanzo. Antes, cuando vivía cerca del río, era muy fácil. Un río es un imán, casi siempre terminaba yendo a mirar el agua, los barcos, las islas que depende de la hora son manchas verdes o lilas o grises. Lo hacía sin tener que decidir nada, salía y caminaba y de repente estaba ahí.
Pero ahora que me mudé y ya no estoy cerca, me llevó bastante más tiempo del que esperaba volver a encontrar una ruta con la que estuviera contenta, o en la que no tuviera que pensar de antemano qué camino seguir. Supongo que es porque nunca antes había vivido frente a un parque. Una calle recta despeja dudas, una va hacia adelante y no se pregunta mucho más. En cambio, el parque Independencia tiene un rosedal, un lago, una montaña, un bosquecito de eucaliptos, una isla con patos dentro del lago, varios puentes, dos canchas de fútbol, tres museos, un hipódromo. Me resultó demasiado. Una lucha de decisiones constantes que no me dejaba bajar la guardia. Lo intenté un par de veces y desistí, me dije a mí misma que lo mejor era caminar por las calles aledañas y tomarlo como una oportunidad para conocer el barrio.
No estuvo mal, no me quejo, pero descubrí que a su manera, un parque también es un imán. Se siente raro estar tan cerca, orbitando, y a la vez nunca estar adentro. Como si todo el tiempo estuvieras caminando en un embudo, o contra la corriente. Además, con cada persona con la que hablaba y le contaba dónde me había mudado, era igual: abrían los ojos, sonreían, me decían que era un lujo estar tan cerca de ese parque. Y veía a la gente habitándolo, usándolo para encontrarse o evadirse o para cualquier cosa, el parque parecía tener algo especial para darle a todo aquel que quisiera ir, menos a mí. A mí solo me tocaba mirarlos de lejos, con asombro y un poco de envidia.
Yo solo una vez había tenido una relación así con un parque. Fue con el parque General San Martín, en Mendoza. Lo conocí porque había ido de vacaciones mi novio, pero duramos solo dos días haciendo turismo. Es decir, subiéndonos a combis para hacer excursiones, etc. Hay que tener cierto tipo de convicción y de personalidad para sostener charlas con desconocidos y maravillarse con paisajes durante cinco minutos que rápidamente descubrimos que no
teníamos. La segunda tarde fuimos a andar en bici por unos viñedos y estuvimos a pocos segundos de ver cómo a una adolecente porteña la atropellaba un camión. Se salvó por un grito del guía. Nunca me hubiera imaginado que esas excursiones eran por la ruta. Me dio risa y miedo a la vez, a la adolecente también, después del casi accidente paró a tomar agua y se cayó a una acequia.
Esa tarde, cuando volvimos al hotel, cancelamos todas las excursiones que ya teníamos compradas. Apenas bajó el sol fuimos a conocer al parque para caminar y despejarnos, y desde ese momento no logramos volver a juntar la voluntad para ser buenos turistas, para conocer, para aprovechar el tiempo al máximo. Todavía teníamos tres días por delante y ningún plan a la vista más que manta, libro, mate, parque. Y fue hermoso.
Nos pasamos gran parte del viaje ahí, tirados en el pasto, a la sombra de un árbol. Vimos perros nadando en el agua, felices. Vimos fuentes preciosas y nos asombramos cuando supimos que, alguna vez, en vez de agua tuvieron vino. Vimos muchas quinceañeras sacándose fotos, vimos personas remando, aguas danzantes. Cientos de nenes y nenas aprendiendo a andar en bici. Un museo de ciencias naturales, pájaros, árboles enormes, abejas empecinadas en tomar café, señoras comiendo bizcochos. Gente leyendo libros inverosímiles. A un hombre que no se vestía de acuerdo al clima y le pedía cigarrillos a todo el mundo, a un vendedor de algodones de azúcar con pésimo equilibrio. También muchísimas familias en reposeras, caminantes solitarios, deportistas. Compramos sandwiches, helados, galletitas, jugos de frutas recién exprimidas, imanes que decían MENDOZA (así, en mayúsculas). Cuando volvimos, mi mamá se quejó de que no le habíamos sacado ni una foto a una montaña y nos habíamos olvidado de comprar vino. Fue culpa del parque, que nos recibió tan bien, tan acorde a nosotros.
Así que hace un par de semanas, quizás por el recuerdo de ese hermoso parque, cedí. Empecé a ir a caminar al Independencia. Aunque no me gustaba atravesarlo o salirme de los senderos, daba vueltas por las calles que lo limitan, armando rutas imaginarias. Fui entrando de a poco, como al agua cuando está fría y hay que acostumbrarse. Hasta que unos días atrás, ya bastante tarde, iba caminando por ahí y escuché música. No era de una radio o parlante, era música en vivo. Venía de la cancha de fútbol para no videntes que está cerca del centro del parque, yo estaba a más de una cuadra de distancia pero veía gente y movimiento.
Para cortar camino me metí entre los eucaliptos, sus troncos blancos y sus cortezas enormes desparramadas por el pasto. Mientras me acercaba, fui barajando opciones: una murga, una juntada de adolescentes de quinto año, una banda. Pero cuando estuve ahí, descubrí que era una especie de ensayo. Había chicas vestidas con faldas largas, que parecían ser parte de un
traje o vestimenta típica boliviana, pero llenas de brillos. Ellas bailaban en ronda, y un grupo de chicos tocaban alrededor. Tenían instrumentos de percusión y también algo que sonaba como una flauta. La coreografía se basaba, me pareció, en armar y desarmar círculos de distintos tamaños, unos dentro de otros, como un engranaje que no servía para ningún otro fin. Solo estaba ahí, hecho de faldas brillantes y saltitos. Era hipnótico. Me quedé más de media hora mirándolos, en mi cabeza eran un elenco de danza contemporánea recién nacido ensayando para su primera presentación un poco experimental.
Cuando volví a casa, tuve la sensación de haber encontrado una especie de sueño o secreto del parque. De que por fin el Independencia se estaba acostumbrando a mí, al igual que su primo lejano y mendocino. Ya no era simplemente una turista de paso, una recién llegada al barrio. Ahora me conocía lo suficiente como para mostrarme de a poco su cara verdadera. Quizás esta sea otra forma de caminar y no pensar. Me pregunto qué otras cosas tendrá para rebelarme.














