Noviembre en su mirada
Mis pasos siempre fueron delicados, solía avanzar y jamás mirar atrás. Creo que algo en mí cambió desde el momento que mis pensamientos colapsaron hacia la vista de ese momento, cuando quizá esperaba lo de siempre, ese fue sin lugar a dudas, el problema. No tenía fe en hacer funcionar algo que para mí es irremediable, y mucho menos suspirar al alba con ingenuidad; por dentro, yo presumía de estar esculpido con frivolidad y por fuera calentar el propio día con apariencia sutil. Ojalá pueda darse cuenta, me repetía en subconsciencia, “Ojalá la presencia permanezca en el ámbar de los atardeceres”.
Todo estaba en el porte, la apariencia no ayudaba mucho porque mis ojos siempre vieron más allá de lo que las prendas podrían reflejar, las cuales si bien el brillante cromo no insinuaba nada en ellas, entonaban su cabello, como cortina en la rutina, como telón en un teatro, como lluvia en un día soleado. Su mirada se sentía a lo lejos y que aún en las horas concurridas juro que la podía identificar, no por el marco de los ojos con un tono oscuro y de misterio, sino por la penetrante sensación de serenidad que me podía ocasionar, como una ovación a la perennidad.
Había estado analizando acerca de las prímulas, cuyo hábito consuetudinario es notarlas como flores perfectamente veraniegas, más sin embargo el invierno les sienta bien y pese que para trazar el parentesco hace falta un tanto de trecho, fue inevitable metaforizarlo, con las sensaciones que me acompañaban como el cielo mismo, aquellas que me dieron gran parte de los motivos que necesitaba para moldear el tiempo y escuchar cada palabra que ella podría susurrar, aquellas sensaciones que florecieron en otoño y sobrevivirían al invierno.
La he leído con frecuencia y no estoy consciente de la significancia, pero puedo identificar las palabras que son muy expresivas, naturales e influyentes en mi ente, que es lo importante. No puedo decir más que un gusto propio, observar al Sol ocultarse en el horizonte, dividiendo la línea tan trazada como sus manos, es justo eso, como si hiciera el ocaso de nuevo.
Ahora no espero nada, ni la luz de una nueva mañana, todo yace en mi astro, quieto y abundante, sin hábitos ni algarabías, el que no cesa ni otorga, este en cual me he formado, al que pertenezco. A la vez es como despojarse de un arraigado libido latente, al cual he hecho caso omiso y si puedo pensar en compartir lo que en mí se encuentra, tal entrega solo se la fiaría a ella, que es la progresión en lo inerte, desafiando cualquier paradigma, edificando la proeza de algo mejor. Así se fundan las nuevas horas, no en el fantasma de lo que “pudo ser” sino en la perfección de los días a su lado.









