Maurice Girodias y el modelo.
Maurice, y un culo.
En el capítulo dedicado a París de la monumental Forajido Literario, vida y tiempo de William S. Burroughs, escrita por Ted Morgan y extremadamente bien editada por Es Pop ediciones en español, se incluyen innumerables historias paralelas que dan forma al objeto de la novela, pero también deconstruyen la evolución del mundo que ahora sufrimos.
Entre todas ellas, me ha encantado la de Maurice Girodias, que en 1950 ya se anticipó sufriendo parte de lo que ahora tenemos encima: ciudadanía que asume como normal el control y la censura, o la devaluación de la cultura y el arte como simples mercancías para públicos que no admiten "sorpresas".
A continuación el fragmento transcrito:
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Maurice Girodias era hijo de Jack Kahane, un adinerado caballero judío de Manchester que se casó con una joven francesa, Marcelle Girodias, y se instaló en París. En los años treinta, Kahane fundó Obelisk Press y se convirtió en el primer editor de Henry Miller, que solía pasarse por su despacho a pedir prestados unos francos cuando el joven Maurice estaba de aprendiz. Kahane murió en 1939 y, durante la Segunda Guerra Mundial, Maurice adoptó el apellido de su madre; era eso o la estrella amarilla.
En 1953, Girodias fundó Olympa Press para lanzar una línea de lo que él llamaba «l.g.s.»: libros guarros agrupados en la colección Traveler’s Companion (El Acompañante del Viajero), reconocible por sus cubiertas verdes. Se trataba de novelas escritas en inglés y vendidas en librerías francesas, principalmente parisinas y de otras ciudades turísticas. Era un negocio estacional. En invierno, cuando la presencia de turistas caía en picado, no daba ni para pipas, pero tan pronto como los árboles comenzaban a florecer, Girodias imprimía (a crédito) un catálogo en el que anunciaba una nueva tanda de l.g.s. todavía por escribir. El catlálogo era crucial, pues se lo remintía a 2.000 compradores habituales —la mayoría de ellos en Inglaterra— y mientras no recibiera sus pedidos, no podía permitirse encargar los textos a sus autores ni pagar a la imprenta. Aquí era donde entraba en juego la inventiva de Girodias, pues cada año tenía que pergeñar títulos provocativos para atraer a sus lectores potenciales: Con la boca abierta, por Carmencita de las Lunas; Llevo un látigo en la maleta, por Beauregard de Farniente; Pálidos muslos, por el conde Palmiro Vicarion. Cada nuevo título iba acompañado de un breve resumen y los cheques no tardaban en llegar en sobres marcados URGENTE. ENVIAR DE INMEDIATO, POR FAVOR. Y eso que los libros ni siquiera estaban escritos.
Afortunadamente, en el París de la época abundaban los jóvenes estadounidenses aspirantes a novelista y a poeta, que se mostraban encantados de aceptar quinientos dólares a cambio de escribir un l.g.s. bajo el seudónimo asignado por Girodias. Patrick Bowles, residente en el Hotel Beat, escribió Orgía romana como Marcus van Heller. Iris Owens, que posteriormente publicaría novenas con su verdadero nombre, escribió El eterno femenino como Harriet Daimler, y Girodias siempre sostendría que realizó sus mejores trabajos para él, que aquel seudnónimo había liberado de algún modo sus poderes creativos. También reclutó a varios miembros del grupo Merlin, una revista literaria trimestral publicada por jóvenes británicos y estadounidenses. El poeta Christipher Logue era el conde Palmiro Vicarion, el novelista Alexandre Trocchi era Carmencita de las Lunas, y Richard Seaver, mucho antes de su ascenso en el mundo de la edición, tradujo Hazañas de un joven don Juan de Apollinaire. No todo el mundo podía escribir un l.g. George Primpton, posteriormente fundador de The Paris Review, presentó unas cuantas páginas de prueba que Girodias consideró tan ridículas y vulgares que le costo encontrar palabras neutras para expresar su rechazo.
Girodias producía unos veinte l.g.s. al año, con tiradas de cinco mil ejemplares cada uno. Se veía a sí mismo invadiendo el mojigato mundo anglosajón con su armada erótica. Aparte de los 2.000 contactos de su lista de correos, podía contar con aproximadamente una docena de librerías en París y otra media docena en Niza y Cannes, donde los marineros estadounidenses compraban sus libros a carretadas para luego revenderlos en Norteamérica. Sin la Sexta Flota, Girodias habría ido a la quiebra. Brentano’s, en París, era su mejor vendedor. Tenían una estantería escondida repleta con títulos de Olympia Press. Los turistas avezados iban derechos a ella y no perdían ni un segundo en hojear los l.g.s. Se limitaban a comprarlos y a desaparecer. Girodias estaba convencido de que había turistas británicos que viajaban a París ex profeso para comprar sus libros… y quizá pasarse por el Folie Bergères, ya que estaban allí.
A medida que reforzaba su lista de correos, componía su catálogo anual y enviaba apresuradamente los libros a imprenta a tiempo para la temporada veraniega, Girodias fue asentando un buen negocio. Lamentablemente, descubrió que para mantenerlo iba a tener que mantener un pulso continuo con las fuerzas de la censura. Discreto y timorato, con el ademán nervioso de quien cree que lo están siguiendo, Girodias no tenía madera de cruzado. Sin embargo, se vio obligado a ello, pues también poseía una vena testaruda que le impedía capitular ante un acoso que, en su opinión, hedía a estado policial.
Era, estaba convencido de ello, consecuencia de los cuatro años de ocupación alemana, que habían cambiado el carácter de Francia. La censura impuesta por los alemanes fue un aspecto de la vida al que el pueblo había acabado habituándose, tal como hizo con la vigilancia policial y el uso de informadores. Con el tiempo, la mayoría de la gente comenzó a aceptar la autoridad política estricta como algo normal y tallado en piedra. ¡Una nación de soplones! Terminada la guerra, el nuevo Gobierno socialista razonó que, dado que los franceses se habían acostumbrado a la censura, ¿por qué no mantenerla? La brigada antivicio o brigade mondaine, que tradicionalmente había perseguido el juego y la prostitución, abarcó su campo de acción para incluir también los libros obscenos. A Girodias le hizo gracia que los gobernantes de la posguerra pusieran a los editores al mismo nivel que las putas y los proxenetas. De hecho, pronto averiguó que los inspectores de la mondaine habían encontrado otro modo de cobrar sobornos, pues al fin y al cabo el propósito de cualquier brigada antivicio acaba siendo generar nuevos vicios que produzcan beneficios. El vicio de Girodias era la pornografía; un vicio desconocido en Francia, un país famoso por su libertad de expresión, hasta que empezó a ser perseguido por la mondaine.
Semanalmente, el ministro del Interior publicaba en el boletín oficial del Estado una lista de libros prohibidos y a continuación la mondaine se presentaba en las librerías para requisar los títulos incluidos en la misma. Todos los libros de Olympia Press quedaban proscritos de manera automática, pero afortunadamente había un lapso burocrático de unos seis meses entre su lanzamiento al mercado y su inclusión en la lista, t en ese ínterin Girodias conseguía vender prácticamente toda la tirada.
Aun así, fue llevado a juicio y declarado culpable de outrage aux bonnes moeurs par la voie du libre (atentado contra las buenas costumbres por la vía del libro). Mientras apelaba aquella sentencia, fue acusado de nuevo, de tal modo que entre 1953 y 1958 acabó acumulando seis años en penas de prisión, que nunca llegó a cumplir, porque continuamente estaba en proceso de apelación. Como castigo adicional, se le prohibió seguir editando por un periodo de noventa años y tres meses, un plazo emblemático de lo arbitrario de las causas. Cuando de Gaulle subió al poder en 1958, en plena guerra de Argelia, se reforzaron las leyes censoras y Girodias tuvo que renunciar prácticamente por completo a seguir editando. Aquella lucha constante y desesperada contra todo el aparato del Gobierno resultaba agotadora además de costosa.
En cualquier caso, no fue la censura lo que acabó con Girodias, sino el amor por la literatura. Sus verdaderos problemas comenzaron cuando se desvió de la simple salacidad de los l.g.s. para editar novelas de elevada calidad literaria. En 1954, publicó Watt, de Samuel Becket, diez años después de que fuese rechazada por todas las editoriales, y acabaría publicando en inglés otras tres novelas importantes del autor: Molloy, Malone muere y El innombrable. En 1955, un agente le envió Lolita, que había sido rechazada por varias editoriales estadounidenses. A Girodias le chifló, pues le parecía una trasposición aparentemente natural de la rica tradición literaria rusa a la moderna ficción norteamericana. No le preocupaba la posible acusación de obscenidad; la novela simplemente sería prohibida, como todas las suyas. A Nabokov, no obstante, sí que le preocupaba la posible “Lolitigación”, tal y como la llamaba él, y no quiso que lo identificaran como profesor en Cornell, donde ejercía en aquel momento.
Cuando Lolita se publicó en septiembre de 1955, apenas causó revuelo, pero Girodias se vio inundado por cartas airadas de su leal clientela, que tras haber comprado el libro fiándose del breve resumen habitual lo acusaba de haber traicionado su sagrada confianza. ¿Qué demontres eran aquellas incomprensibles y nada estimulantes novelas de Becket y Nabokob? «¿Cómo se le ocurre publicar semejante basura?», querían saber los airados entusiastas de la pornografía. «Limítese a la formula habitual». «Otro libro como el último y ya puede ir borrando mi nombre de su lista de clientes». Muchas fueron las quejas de esta índole recibidas por Girodias.
















