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Maurice Girodias y el modelo.
Maurice, y un culo.
En el capítulo dedicado a París de la monumental Forajido Literario, vida y tiempo de William S. Burroughs, escrita por Ted Morgan y extremadamente bien editada por Es Pop ediciones en español, se incluyen innumerables historias paralelas que dan forma al objeto de la novela, pero también deconstruyen la evolución del mundo que ahora sufrimos.
Entre todas ellas, me ha encantado la de Maurice Girodias, que en 1950 ya se anticipó sufriendo parte de lo que ahora tenemos encima: ciudadanía que asume como normal el control y la censura, o la devaluación de la cultura y el arte como simples mercancías para públicos que no admiten "sorpresas".
A continuación el fragmento transcrito:
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Maurice Girodias era hijo de Jack Kahane, un adinerado caballero judío de Manchester que se casó con una joven francesa, Marcelle Girodias, y se instaló en París. En los años treinta, Kahane fundó Obelisk Press y se convirtió en el primer editor de Henry Miller, que solía pasarse por su despacho a pedir prestados unos francos cuando el joven Maurice estaba de aprendiz. Kahane murió en 1939 y, durante la Segunda Guerra Mundial, Maurice adoptó el apellido de su madre; era eso o la estrella amarilla.
En 1953, Girodias fundó Olympa Press para lanzar una línea de lo que él llamaba «l.g.s.»: libros guarros agrupados en la colección Traveler’s Companion (El Acompañante del Viajero), reconocible por sus cubiertas verdes. Se trataba de novelas escritas en inglés y vendidas en librerías francesas, principalmente parisinas y de otras ciudades turísticas. Era un negocio estacional. En invierno, cuando la presencia de turistas caía en picado, no daba ni para pipas, pero tan pronto como los árboles comenzaban a florecer, Girodias imprimía (a crédito) un catálogo en el que anunciaba una nueva tanda de l.g.s. todavía por escribir. El catlálogo era crucial, pues se lo remintía a 2.000 compradores habituales —la mayoría de ellos en Inglaterra— y mientras no recibiera sus pedidos, no podía permitirse encargar los textos a sus autores ni pagar a la imprenta. Aquí era donde entraba en juego la inventiva de Girodias, pues cada año tenía que pergeñar títulos provocativos para atraer a sus lectores potenciales: Con la boca abierta, por Carmencita de las Lunas; Llevo un látigo en la maleta, por Beauregard de Farniente; Pálidos muslos, por el conde Palmiro Vicarion. Cada nuevo título iba acompañado de un breve resumen y los cheques no tardaban en llegar en sobres marcados URGENTE. ENVIAR DE INMEDIATO, POR FAVOR. Y eso que los libros ni siquiera estaban escritos.
Afortunadamente, en el París de la época abundaban los jóvenes estadounidenses aspirantes a novelista y a poeta, que se mostraban encantados de aceptar quinientos dólares a cambio de escribir un l.g.s. bajo el seudónimo asignado por Girodias. Patrick Bowles, residente en el Hotel Beat, escribió Orgía romana como Marcus van Heller. Iris Owens, que posteriormente publicaría novenas con su verdadero nombre, escribió El eterno femenino como Harriet Daimler, y Girodias siempre sostendría que realizó sus mejores trabajos para él, que aquel seudnónimo había liberado de algún modo sus poderes creativos. También reclutó a varios miembros del grupo Merlin, una revista literaria trimestral publicada por jóvenes británicos y estadounidenses. El poeta Christipher Logue era el conde Palmiro Vicarion, el novelista Alexandre Trocchi era Carmencita de las Lunas, y Richard Seaver, mucho antes de su ascenso en el mundo de la edición, tradujo Hazañas de un joven don Juan de Apollinaire. No todo el mundo podía escribir un l.g. George Primpton, posteriormente fundador de The Paris Review, presentó unas cuantas páginas de prueba que Girodias consideró tan ridículas y vulgares que le costo encontrar palabras neutras para expresar su rechazo.
Girodias producía unos veinte l.g.s. al año, con tiradas de cinco mil ejemplares cada uno. Se veía a sí mismo invadiendo el mojigato mundo anglosajón con su armada erótica. Aparte de los 2.000 contactos de su lista de correos, podía contar con aproximadamente una docena de librerías en París y otra media docena en Niza y Cannes, donde los marineros estadounidenses compraban sus libros a carretadas para luego revenderlos en Norteamérica. Sin la Sexta Flota, Girodias habría ido a la quiebra. Brentano’s, en París, era su mejor vendedor. Tenían una estantería escondida repleta con títulos de Olympia Press. Los turistas avezados iban derechos a ella y no perdían ni un segundo en hojear los l.g.s. Se limitaban a comprarlos y a desaparecer. Girodias estaba convencido de que había turistas británicos que viajaban a París ex profeso para comprar sus libros… y quizá pasarse por el Folie Bergères, ya que estaban allí.
A medida que reforzaba su lista de correos, componía su catálogo anual y enviaba apresuradamente los libros a imprenta a tiempo para la temporada veraniega, Girodias fue asentando un buen negocio. Lamentablemente, descubrió que para mantenerlo iba a tener que mantener un pulso continuo con las fuerzas de la censura. Discreto y timorato, con el ademán nervioso de quien cree que lo están siguiendo, Girodias no tenía madera de cruzado. Sin embargo, se vio obligado a ello, pues también poseía una vena testaruda que le impedía capitular ante un acoso que, en su opinión, hedía a estado policial.
Era, estaba convencido de ello, consecuencia de los cuatro años de ocupación alemana, que habían cambiado el carácter de Francia. La censura impuesta por los alemanes fue un aspecto de la vida al que el pueblo había acabado habituándose, tal como hizo con la vigilancia policial y el uso de informadores. Con el tiempo, la mayoría de la gente comenzó a aceptar la autoridad política estricta como algo normal y tallado en piedra. ¡Una nación de soplones! Terminada la guerra, el nuevo Gobierno socialista razonó que, dado que los franceses se habían acostumbrado a la censura, ¿por qué no mantenerla? La brigada antivicio o brigade mondaine, que tradicionalmente había perseguido el juego y la prostitución, abarcó su campo de acción para incluir también los libros obscenos. A Girodias le hizo gracia que los gobernantes de la posguerra pusieran a los editores al mismo nivel que las putas y los proxenetas. De hecho, pronto averiguó que los inspectores de la mondaine habían encontrado otro modo de cobrar sobornos, pues al fin y al cabo el propósito de cualquier brigada antivicio acaba siendo generar nuevos vicios que produzcan beneficios. El vicio de Girodias era la pornografía; un vicio desconocido en Francia, un país famoso por su libertad de expresión, hasta que empezó a ser perseguido por la mondaine.
Semanalmente, el ministro del Interior publicaba en el boletín oficial del Estado una lista de libros prohibidos y a continuación la mondaine se presentaba en las librerías para requisar los títulos incluidos en la misma. Todos los libros de Olympia Press quedaban proscritos de manera automática, pero afortunadamente había un lapso burocrático de unos seis meses entre su lanzamiento al mercado y su inclusión en la lista, t en ese ínterin Girodias conseguía vender prácticamente toda la tirada.
Aun así, fue llevado a juicio y declarado culpable de outrage aux bonnes moeurs par la voie du libre (atentado contra las buenas costumbres por la vía del libro). Mientras apelaba aquella sentencia, fue acusado de nuevo, de tal modo que entre 1953 y 1958 acabó acumulando seis años en penas de prisión, que nunca llegó a cumplir, porque continuamente estaba en proceso de apelación. Como castigo adicional, se le prohibió seguir editando por un periodo de noventa años y tres meses, un plazo emblemático de lo arbitrario de las causas. Cuando de Gaulle subió al poder en 1958, en plena guerra de Argelia, se reforzaron las leyes censoras y Girodias tuvo que renunciar prácticamente por completo a seguir editando. Aquella lucha constante y desesperada contra todo el aparato del Gobierno resultaba agotadora además de costosa.
En cualquier caso, no fue la censura lo que acabó con Girodias, sino el amor por la literatura. Sus verdaderos problemas comenzaron cuando se desvió de la simple salacidad de los l.g.s. para editar novelas de elevada calidad literaria. En 1954, publicó Watt, de Samuel Becket, diez años después de que fuese rechazada por todas las editoriales, y acabaría publicando en inglés otras tres novelas importantes del autor: Molloy, Malone muere y El innombrable. En 1955, un agente le envió Lolita, que había sido rechazada por varias editoriales estadounidenses. A Girodias le chifló, pues le parecía una trasposición aparentemente natural de la rica tradición literaria rusa a la moderna ficción norteamericana. No le preocupaba la posible acusación de obscenidad; la novela simplemente sería prohibida, como todas las suyas. A Nabokov, no obstante, sí que le preocupaba la posible “Lolitigación”, tal y como la llamaba él, y no quiso que lo identificaran como profesor en Cornell, donde ejercía en aquel momento.
Cuando Lolita se publicó en septiembre de 1955, apenas causó revuelo, pero Girodias se vio inundado por cartas airadas de su leal clientela, que tras haber comprado el libro fiándose del breve resumen habitual lo acusaba de haber traicionado su sagrada confianza. ¿Qué demontres eran aquellas incomprensibles y nada estimulantes novelas de Becket y Nabokob? «¿Cómo se le ocurre publicar semejante basura?», querían saber los airados entusiastas de la pornografía. «Limítese a la formula habitual». «Otro libro como el último y ya puede ir borrando mi nombre de su lista de clientes». Muchas fueron las quejas de esta índole recibidas por Girodias.
ANTONY STARR as HOMELANDER The Boys 2.08 “What I Know“
Glorifying the American Girl (1929)
Anne Brigman.
Maldita muerta
La vida de cada persona está plagada de momentos fundacionales, y tal vez su reconocimiento sería algo deseable para terminar yendo a terapia.
O tal vez lo sería para irse de cabeza.
En mi caso, lo confieso, el Mondo Brutto, fanzine editado desde Madrid desde 1993 hasta 2009, tuvo culpa de muchas cosas, y concretamente el número 24, primavera de 2001, fue el responsable de acercarme a la figura de Leni Riefenstahl gracias a un extenso artículo de Grace Morales.
Las portadas con los mejores posados.
Faltaban unos años para que tuviera acceso a sus dos obras magnas, Olympia y El triunfo de la voluntad, gracias a la edición de Cameo, pero la presencia de Leni era una constante en casi cualquier contexto de la cultura que seguía: desde el calado de su perversión estética para dignificar El Mal, hasta los intentos que desde Hollywood hacían de vez en cuando gente como Spielberg o Jodie Foster para llevar su vida al cine, hoy complicados de rastrear en hemerotecas, pero que en su momento llegaron a tener avisos públicos de sectores de producción con bastante poder.
Leni fue una señora peligrosa, porque hizo su trabajo extremadamente bien, y además trazó muchos caminos de futuro en la gramática audiovisual. Fue, también, una pata importante a la hora de generar una imagen icónica del nazismo, y a día de hoy ya podemos dar por perdida la posibilidad de saber muchas verdades relacionadas con su existencia: ¿Desconocía la existencia de los campos de concentración? ¿Provocó que mataran a un grupo de polacos en un rodaje? ¿Podía no estar enterada del horror que rodeaba a la Alemania de esos años?
Durante décadas lo más habitual ha sido leer interpretaciones sobre su vida, o como mucho matizaciones a partir de sus apariciones y rastros. Vetada para volver a dirigir, perpetuo su búsqueda de la belleza hasta llegar a África con 60 años para obsesionarse con la estética de los Nuba. Leni era, por lo que sea, esclava de una idea de perfección, pero nada ha demostrado nunca, jamás, que para ello se valiera de la destrucción. Al contrario, su objeto de mayor valor ante las cámaras durante la realización de Olympia fue un hombre negro: Jesse Owens:
Mira el video olímpico: El dominio de Jesse Owens en el atletismo de Berlín 1936, además de accede a videos y galerías similares.
Cuando en 2024 se anunció la presentación en el festival de Venecia de un largo documental analizando en serio la figura de Leni me hice ilusiones, pero haciendo memoria me parece recordar que ya entonces se destacó la obra como la definitiva prueba de que se trataba de un monstruo. Ahora que ha llegado a Filmin apuré su visionado, y compruebo que, efectivamente, Andres Veiel estaba más preocupado por culpabilizarla que por trazar un perfil digno de una persona compleja, algo especialmente llamativo teniendo en cuenta que Veiel, además de cine, estudió psicología.
En realidad, la suma de estos dos elementos adquiere completo sentido desde el arranque de la película: tras los créditos, Veiel introduce un fragmento de una entrevista del año 65. Sobre el off del entrevistador, se concatenan planos aleatorios caracterizados por diferentes grados de expresividad extrema: desde miradas hasta sonrisas, con un especial protagonismo a un movimiento de sus manos entrecruzándose. Leni padecía algún tipo de enfermedad en las articulaciones que décadas más tarde le llevaría a descubrir la libertad en el submarinismo.
Veiel hace una película tan estética como probablemente la habría hecho Riefenstahl: La sincronia con la banda sonora, el uso de efectos de sonido que habrían maravillado a Lynch, el hábil manejo del material de archivo para golpear con texturas y planos de singular belleza. La película no prescinde en ningún momento de las herramientas cinematográficas para cumplir su fin: transmitir un mensaje. En este contexto es en donde el montaje se convierte en la más importante, porque tanto sirve para transmitir una idea de Leni, como una idea de su presencia. Quien ve la película no ve a una persona, sino a un monigote, una caricatura, una simplificación de un contexto y unas vivencias que solo sirven para alejarnos de una posible comprensión de los hechos.
¿Y cuáles son los hechos? Probablemente, estos:
Como la propia Leni dice en un momento de la película, antes del estallido de la IIGM no fueron pocos los países y mandatarios que llegaron a reconocerse subyugados por la potencia estética del nazismo. Incluso personajes famosos del deporte y la cultura (hola, Burroughs) se sintieron atraídos por un desastre que, por algún motivo, no se estaba viendo venir con la rotundidad necesaria.
Más o menos, tal vez, como pueda estar sucediendo ahora.
Es paradójico, pero la película que pretendía denunciar un peligro me ha decepcionado por ocultar otros. La versión de Leni que a mí me ha trasmitido Veiel a lo largo de casi dos horas es la de una persona que en muchos momentos está al límite: paranoica por verse atacada, nerviosa por no poder responder, sobrepasada por exponerse para que nada cambie.
A pesar de existir una ingente cantidad de archivo, esta versión de Leni es reiterativa, punteada con apoyos por carta o audios de personas que, como ella, vivieron una época de la que no sabemos si alguna vez les dieron la oportunidad de lamentarse.
Hay un momento muy ilustrativo en la película. En el año 76 es invitada a un talk show alemán en el que es confrontada con Elfriede Kretschmer, activista anti nazi durante la guerra. En la introducción, se produce este dialogo:
- Sra. Kretschmer, sabemos que la Sra. Riefenstahl hizo películas. ¿Usted qué hizo? - Trabajé
Seleccionando este fragmento, Veiel parece encontrar en la respuesta algún tipo de castigo a Leni, pero en el fondo no es consciente de que está pervirtiendo su propia propuesta: el arte no es respetable ni para hacer el mal, ni para hacer el bien.
Jack Nance as Henry Spencer David Lynch's "Eraserhead" (1977)
Henry Spencer glitter (Eraserhead) glitter necklace
Une langue universelle / Universal Language Matthew Rankin. 2024
Street 1 150 Fort St, Winnipeg, MB R3C 1C9, Canada See in map
See in imdb
Burroughs: The Movie (Howard Brookner, 1983).
Michael Whelan.
TV PARTY PRESENTS: CRONENFEST
Stereo (1969)
July 5 @ 7 PM Pacific
David Cronenberg is a director I’ve been meaning to completely assimilate for a while now, so here at TV Party we’re gonna be going through his long-ass filmography in chronological order- starting with Stereo, proud owner of a 5/10 rating on IMDb
I don’t know much about it except that, like Scanners, it involves telepathy experiments. But also brutalist architecture as only a late ‘60s Canadian university campus can provide, and someone running around in a long black cape, so I’m sold. DM for server invite and come watch!
David Cronenberg’s horror movies
Crash — 1996 dir. David Cronenberg
Paradoja del tiempo soñado
Nacho Vigalondo se convirtió en héroe estatal al ser seleccionado para los Oscar en 2004 con el corto 7:35 de la mañana. Para varios colectivos culturales sucedió que se había catapultado uno de los nuestros, que al fin se había producido otra brecha en la cultura normativa desde que Alex de la Iglesia había estrenado Acción Mutante y El Día de la Bestia, fugaces esperanzas para superar a una industria que pronto recondujo la situación.
Paradoja mirando al horizonte.
Su primer largo, Los Cronocrímenes, de 2008, ahondó en esta posibilidad de fuga de lo convencional, amalgamando mil referencias para trazar un planteamiento personal que no se escapaba del fantástico, el terreno en que su mente parece sentirse cómoda para hablar de todo lo demás. La peli fue bastante celebrada en su momento, y a día de hoy sigue siendo la mejor valorada de su filmografía (de largos) por la parroquia.
Pero la parroquia a veces peca de conservadora.
Las posteriores pelis de Vigalondo continuaron la estela que pareció inaugurar Extraterrestre en 2011: El papel de la masculinidad idiota como motor de las historias. Tanto en esta, como en Open Windows (2014) o, de manera más evidente, Colossal (2016), la estupidez, o la acción estúpida, referida a los hombres sirve para plantear el auténtico nexo entre estas obras: el relato generacional.
Y entonces llega Daniela Forever (2024).
Tipical malasañer@s
En realidad no sé hasta qué punto merece la pena hablar de esta película, ya que el limitado estreno en salas contó hace unos meses con la maratoniana labor de Vigalondo participando en mil y un podcast para desentrañar cada una de las claves.
Cuando ahora al fin la ha estrenado Filmin, llegaba a ella, creo, con buena parte de la lección sabida: relato sobre la perdida, abordaje del estado depresivo o la búsqueda de capas narrativas (como esa Betacam SP para el tiempo real). Por eso mismo, creo, es mejor invitar a la búsqueda de reportajes de estreno, porque el propio director contará en primera persona todas estas cuestiones, muchas veces de manera sorprendente afrontando el hecho de crear.
Entonces, ¿queda algo por decir?
Personalmente, me encuentro fascinado por la cuestión generacional, algo que ya me sucede habitualmente, pero que relacionándolo con estas cuatro pelis me lleva a preguntarme qué ha sucedido en nuestro mundo para que la nostalgia golpeara con tanta antelación en determinadas franjas de edad.
Una respuesta fácil sería el hecho de que nos morimos. No necesariamente hay que interpretar esto en primera persona, o no habría relato, sino como estructura social, como un trazado de relaciones. Morirse es algo que lleva a echar de menos, lo mismo que no morirse puede llevar a echar de más. Morirse-no-morirse es un indicador de resistencia: lo que aguantas, lo que aguantamos, hasta donde aguantar, como seguir aguantando.
Este sinónimo lúgubre de la ausencia es la primera piedra de Daniela Forever:
La vida pierde todo sentido para Nicolas con la pérdida de su novia Daniela. Un día es invitado a formar parte de un ensayo clínico que le permitirá controlar sus sueños y accede con la esperanza de recuperarse. Ahora Nicolás puede soñar con Daniela cada noche y reanudar su relación, más idílica que nunca. Aunque sea en sueños. Y corriendo el riesgo de perderse en ellos para siempre.
Pero no es la última, porque este relato de la ausencia no se confronta con la soledad, sino con la falta del espacio compartido. La peli es una historia de lugares, de secciones, de localizaciones que a veces marcan un punto y final, pero que en otras ocasiones permiten evolucionar a partir de la trampa de los sueños de alguno de los protagonistas.
Vigalondo compone una sinfonía de la tristeza, una estructura en la que la felicidad es una invitación al fracaso en un mundo que condiciona la esperanza a un triunfo limitado: ninguno de sus personajes alberga ilusiones más allá de sus ahoras, y eso limita la necesidad de elección. Nicolas no sabe qué hacer sin Daniela, pero tampoco sabrá qué hacer con ella: el enigma del paso siguiente, de lo que vendrá, y de la incapacidad para tomar decisiones en este falso determinismo, lo lastra todo.
Sin duda Vigalondo tendrá motivos para querer transmitir algo así, pero la universalidad de un relato no radica en lo que pretenda la persona responsable, sino en lo que quieran entender las personas receptoras. O dicho de otro modo, el tópico de que las historias dejan de pertenecer a sus creadoras en cuanto llegan al público. Esto se puede apreciar incluso en los haters que ya han aparecido en los comentarios de Filmin.
Daniela Forever parece jugar a mezclar la coteideaneidad urbana de Extraterrestre con la el fatalismo existencialista de Colossal, pero pasando por la mirada omnisciente de Open Windows en la que de pronto el observador se convierte en objeto. Es, en cierto modo, una especie de compendio madurado de las obsesiones que ya le llevaban a hablar de determinados grados de fracaso en sus largos, el espacio en que sigue trabajando una mirada personal ahora que no depende del formato corto.
La parejita y el cortarrollos.
Si Colossal ya se había colado en mi particular lista de películas recomendadas, esas de las que sueles hablar en ámbitos de confianza, ahora sumaré esta, que compartirá espacio con otros títulos españoles que considero relevantes como pueden ser La Vida Mancha o Hector. En realidad, algo que no guarda relación con la nacionalidades, pero que en este caso me llevan a fijarme en un elemento común: la profunda huella humanista de relatos alejados del triunfalismo que, de un modo u otro, dejan abierta una rendija a la esperanza.
Avisos y advertencias
Con aparente escasa repercusión, Netflix estrenó en 2023 el largo documental ElDorado: Todo lo que odian los nazis. Partiendo de la liberada realidad social de la vida berlinesa en torno a los años 20 (del pasado siglo), la película se centra en ElDorado, un garito en el que, por lo que sea, se encuentran una serie de personajes que tendrán destacados recorridos particulares en el futuro.
Aquellos tiempos en los que era la hosteleria quien salvaba.
Como bien destacan en esta crónica de Interferencia:
En él concurrían y convivían individuos tan singulares como Clarlotte Charnaque, la primera persona en someterse a una cirugía de cambio de sexo; el afamado tenista Gottfried von Cramm y su esposa Lisa von Donebeck, una pareja de aristócratas libertinos; el sexólogo Magnus Hirschfeld, pionero en la investigación científica sobre homosexualidad y transexualidad; y nada menos que Ernst Röhm, brazo derecho de Hitler y líder de las temidas fuerzas de choque de los nazis Sturmabteilung (SA), homosexual e indiscreto al respecto en virtud de su poder.
Aunque sea imposible que no se te dispare la curiosidad cuando un historiador destaca que llegó a haber 120 clubs en la ciudad, este cruce de relatos hace comprensible la decisión de no dispersarse con un recorrido por el Berlín de la época. La repercusión legal a futuro del tenista von Cramm llega hasta nuestros días, y el hecho de que ese garito lo transitara un pope nazi no requiere de más justificaciones para comprender su interés en el relato.
La película, que introduce numerosas recreaciones para apoyarse narrativamente más allá de limitadas imágenes de archivo o un exceso de declaraciones, es muy efectiva exponiendo el paso del tiempo, y lo es esencialmente porque afecta a los personajes sin plantearse como un elemento protagonista: En vez de plantar en pantalla un gráfico mostrando el paso de los años, vemos los diferentes dramas de esas personas a las que de pronto se les eliminan sus libertades de diferentes maneras.
Este recurso, aparentemente irrelevante, me parece un enfoque que sirve para insinuar algo terriblemente turbio: es posible que, desde lo personal, mucha gente que se iba a ver afectada no fuera consciente de que estaban incluso buscándose la muerte. Esto explicaría también el que Burroughs aterrizara en Austria en 1936 pensando que tenía algún futuro allí.
Burroughs, siempre trendy para lo malo.
Siempre dado a estar cerca de tomar las peores decisiones, William S. Burroughs tuvo la feliz idea de instalarse durante un año en Austria, concretamente entre 1936 y 1937. Este episodio, tratado fugazmente en sus biografías, sirvió a Thomas Antonic para publicar una breve investigación histórica hace un par de años. Aunque no la he leído al no estar traducida, en esta entrevista tocaba cuestiones interesantes. Por ejemplo:
¿Por qué crees que Burroughs viajó a Europa en la década de 1930? ¿Crees que buscaba algo? Probablemente viajó a Europa por las mismas razones que muchos otros escritores y artistas estadounidenses de la época; basta con pensar en París en la década de 1920, cuya escena intelectual incluía a figuras como Gertrude Stein, Henry Miller, Djuna Barnes, Anaïs Nin, Ernest Hemingway, Ezra Pound, etc. Era un lugar repleto de cultura, muy económico para los estadounidenses, con una vida sexual liberal, y se podía beber absenta en lugar de intentar evadir la Ley Seca. Por supuesto, a diferencia de los escritores que acabo de mencionar, la intención personal de Burroughs era viajar por Europa como turista, algo bastante común entre los estadounidenses de clase media-alta que podían permitírselo.
Y sobre todo:
¿Qué cree usted que la exposición de Burroughs al nazismo hizo en última instancia por su arte? Como escribo en mi libro, esto le ayudó a fomentar y desarrollar la imagen distópica que creó en su ficción. Personajes como el Dr. Benway provienen de experiencias directas, dado que en Viena, Burroughs había presenciado una sociedad desmoronada, infestada por una plaga fascista.
Escrita oficialmente entre 1954 y 1956, El Almuerzo Desnudo, la novela en la que el Dr Benway se convierte en un elemento protagónico, tiene más conexiones con la estética autoritarista. Es cierto que en ese momento residía en Tanger, y que estaba siendo testigo de lo que el régimen imperialista francés estaba haciendo en Argelia, pero parte de la parafernalia desparramada en la novela parece demasiado próxima a los postulados estéticos que de un modo u otro desde los años 30 pasarían a dejar huella en diferentes partes del mundo y de la sociedad.
Es más, en 1971 publicará Los Chicos Salvajes, en donde de nuevo la estética tiene un marcado carácter germano (esta vez conectado también con el imperialismo de la IGM), además de estar directamente relacionada con con las pandillas gays tribales del Berlín que arranca la historia de ElDorado.
Scorpio Rising: Pellejo y encurtido.
Para cuando se publicó Los Chicos Salvajes ya hacía unos años que Kenneth Anger había presentado Scorpio Rising, corto experimental que, según la wikipedia:
Careciendo de diálogos, el filme trata sobre un grupo de motociclistas homosexuales nazis alistándose para una juerga nocturna.
Es decir, no habían pasado ni 25 años del final de la guerra, y determinados códigos ya habían sido asimilados por la contracultura de la época, hasta tal punto que, por ejemplo, la estética leather que Anger terminó de glorificar en Scorpio Rising llegaría a convertirse en un chiste "para todos los públicos" en la saga Loca Academia de Policía.
Las derivas de la fascinación por lo Nazi son extensas y amplias. Tampoco pasó demasiado desde el final de la contienda para que apareciera el llamado "porno nazi", y es fácil recordar títulos como Portero de Noche o Marathon Man en las que, ya en los 70, desde una perspectiva teóricamente culta se despiezaba esta iconografía filofascista para construir entretenimientos que no tenían inconveniente en enfrentarse con la lascivia de la moral.
Todo el mundo tenía clara una cosa: el nazismo había sido algo horrible, monstruoso, y no se podría repetir. Por ese motivo incluso llega a estar bien valorada una novela tan improbable como Los Niños del Brasil, y su adaptación posterior, aquella historia de nazis escapados en la que Mengele se dedica a producir Mengelitos.
Volviendo a ElDorado, dos de las historias personales resultan especialmente escalofriantes vistas desde 2025.
Walter Arnen contando su amor adolescente con el húngaro Lumpi, quien no sobrevivirá a un estallido del autoritarismo en Budapest que solo conoceremos en off.
El tenista Gottfried von Cramm, quien ve truncada su excepcional carrera deportiva por la subida de Hitler, y que además no podrá volver a competir en grandes torneos al tener antecedentes por ser condenado por el artículo nazi 175, algo que no se derogará hasta 1994.
Son dos historias que, sin mucho esfuerzo, conectan con nuestra realidad: la cotidiana desaparición de Lumpi en Hungría ya no nos puede parecer imposible, y el que existan leyes restrictivas que no se han retirado, tampoco. Esto, aplicado sobre el mundo gay, parece darnos al resto del universo NORMAL un balón de oxígeno para considerar que nuestros futuros están salvaguardados, pero en realidad es imposible pensar algo así partiendo de una historia como la que tan bien muestra ElDorado, y que tan bien escenifica un hecho: que el nazi Ernst Röhm, tan próximo a Hitler, fuera parte de la comunidad, hizo creer a mucha gente que nada les podría suceder.
Hasta que sucedió.
Louis Roth fotografia la nueva capital administrativa de Egipto, una ciudad futurista y vacia en medio del desierto.