Cuando estamos entrenados por la historia del arte canónica, damos por senta- das muchas imágenes que muestran abuso sexual contra las mujeres: el rapto de Lucrecia, el rapto de Europa, el rapto de las sabinas. Siempre he tenido la seguridad de que este “rapto” debe ser de un género muy distinto del que temía que me suce- diera a mí, aquel que algunas amigas habían vivido horriblemente, cuando temían por sus vidas, y sentían que en ese momento algo había sido irremisiblemente roba- do y arruinado en ellas. ¿Cómo es posible para nosotras discutir cortésmente el ge- nio artístico, la perfección formal, la innovación compositiva, la inclinación ico- nográfica o la armonía del color cuando somos confrontadas con el crimen por el que los hombres controlan más profundamente a las mujeres?11 La violación artística era linda, algo atractiva, normal, porque los hombres desean a las mujeres, especialmen- te cuando se pasean con las ropas cayéndoseles. Pero eso es el feminismo para uste- des: siempre tan tosco e insensible a la estética, y, por supuesto, siempre rebajándo- lo todo al nivel de lo personal, sin ser capaz de mantener aparte cosas como el arte y la sociedad.














