No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú no estuviste cuando le puse su nombre, y movía su colita feliz.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú no lo viste lleno de alegría, el día que le compré su collarcito.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú no lo viste correr y jugando con su primera pelotita.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú nunca lo viste mover la colita de alegría, cuando yo llegaba a casa.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú nunca lo cargaste, y lo abrazaste con ganas de no soltarle nunca.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando a ti jamás te dio la patita, y te demostró su cariño, lamiendo con su lenguita.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando a ti jamás te despertó por las mañanas, por motivos de que quería jugar.
No. Por favor, no me pidas que no llore, cuando tú no sabes lo difícil que es dejar ir algo que desde el principio empezaste a amar.
No. Por favor, no me pidas que no llore...
—Manuel Ignacio.














