En llamas.
Siempre me gustó verte sonreír, esos eran los momentos en que superaba todo, me hacía sentir que podía quedarme a vivir allí para siempre y, luego, me mirabas, sin entender por qué te contemplaba con tanta fascinación —pienso que no hay una sola palabra que lo defina— no hubo y no habrá un argumento realmente bueno para poder explicarlo. Al mirarte me deslumbrabas cuando el sol se reflejaba en tus ojos color café, ahora comprendo que no habrá nada mejor después de ti, de ahora, porque lo eras todo, y me gustabas tanto. Y ahora el tiempo me está dejando a mitad de una frase, a la mitad de un ocaso, negándome poder darte un último beso. Por eso cuando estábamos juntos, yo te observaba, te admiraba con esa devoción tan mía. Quisiera tenerte ahora e inmortalizarnos para siempre, y así unir nuestras esencias y guardarlas como un tesoro maravilloso, para ser encontrado cuando el mañana —que ahora se desvanece— llegue. Y es que nunca sabes cuándo será un día inolvidable hasta que vives un momento sin precedentes, como el día en que te vi por primera vez, creyendo que era un día cualquiera, se convirtió en un recuerdo constante, imborrable, permanente, porque, sí, a pesar de cualquier cosa en el mundo y de ahora, hay distintas maneras de conservar eternidades de a poquito, y así te fui viviendo, y eras mi manantial. Sé que sentías miedo cuando te miraba con los ojos llenos de lágrimas, más de una vez creíste que me iría, y no estabas muy errado, tarde o temprano, seríamos empujados muy lejos el uno del otro, aunque no fuera mi voluntad, aunque no lo es, pero, la verdad es que lloraba porque estaba agradecido de poder estar contigo, y enfurecido ahora al entender que eras transitorio. Porque en este mundo es fácil perderlo todo o perderse en todo, no me voy a cansar de aguantar hasta donde pueda, voy a preservarte a ti en mi memoria que se desvanece como el humo y mucho más en mi corazón que arde con el fuego. Me iré con el recuerdo de cuando me abrazabas con ternura mientras me decías que ahora era tuyo. Sé que lo hacías porque conocías mis temores, y yo te besaba con la intención de prolongar el “siempre” un poco más. Un día me miraste fija y seriamente por un largo rato, con tus manos sujetando mi rostro, asegurándote de que te viera también, no me dijiste nada tampoco hizo falta, para mí fue suficiente con solo ver cómo se formaba una sonrisa en tus labios, también sonreí, y es por eso que amo tú sonrisa, porque sentía que era la conexión más fuerte, era como un lenguaje sin palabras, algo único, porque te veía sonreír, y se me iluminaba todo, y fue ahí cuando entendí la vida, cuando supe del amor, de la intensidad, de la magia, y de todas esas emociones que me fascinaban, porque eras quién las producía. Y es ahí cuando finalmente comprendí que todo, absolutamente todo, estaría bien, aunque ya no esté.













