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When I was little I in love on Count Duckula, and I imagined a girlfriend for him, now as an adult I can draw how I imagined her, a combination of Morticia and Elvira
(last year's design)
Lectura de monitos
Mi gusto por la lectura, ya lo he señalado, nació en la biblioteca de mi padre. Ahí las interminables enciclopedias daban una oportunidad de conocimiento que se volvería insaciable. Los cuentos de El llano en llamas me brindarían un reconocimiento geográfico puesto que yo conocía aquellos pueblos que Rulfo mencionaba a lo largo de su obra. Arreola, con La feria, terminaría de familiarizarme las letras con las costumbres y personajes que, incluso, yo conocía. Algunos de los personajes tenían exactamente los mismos nombres con los que los conocíamos en las calles y los veíamos casi a diario. Otros más tenían los nombres cambiados, pero mi padre, quien ciertamente conocía a Juan José y a los personajes, me informaba de la identidad correspondiente proveniente de la ficción.
Se ha hablado bastante de la literatura como una especie de “medio de transporte” que imaginativamente nos lleva a territorios lejanos, a tiempos idos o ficticios. Que la literatura, en suma, puede llegar a ser una forma de escapatoria con la que, no pocos, evaden la realidad. No sé si ese fuera el caso, pero para mí, más que una huida fue un consuelo. La hermana menor de la literatura, pero que también lograría introducir a muchos niños hacia la literatura dura, es el mundo de la historieta y de ella vamos a hablar enseguida.
La historieta, como es natural, recurre a la ilustración para poder existir (tal vez me esté confundiendo, pero para los fines de esta iniciación los vamos a juntar, a la ilustración y al dibujo de la historieta en sí). De hecho, ahorita que lo estoy pensando, creo que los primeros libros de los cuales yo llegué a enamorarme fueron unos que le regalaron a mi mamá para que me los diera a mí. Uno de ellos trataba la historia de un patito ciclista que sorteaba varios obstáculos para llegar a la meta de su carrera (un zorro, su contrincante). El otro era un libro de Winnie Pooh, del cual, más que la historia, me gustaba un mapa que venía detrás de la portada y al final del libro (la misma ilustración). Ahí podía ver dónde vivía el osito, el puerquito, el búho, el burro y el tigre. Me encantaba recorrer con la mirada esos caminos e imaginarme las laderas que lo bordeaban y los árboles que podíamos ver si alzábamos la mirada. Ese hábito por los caminos desconocidos se me reforzaría luego con los mapas de México que mi papá había colocado bajo el mantel transparente del comedor. Yo veía los nombres de los pueblos de Michoacán (por poner un ejemplo) e imaginaba la plaza del pueblo, la iglesia, el camino que iniciaba cuando terminaba el pueblo, la ciudad. Formas de viajar con la imaginación infantil. Creo que ese ejercicio me dio vivencias más profundas y ricas que la verdadera estancia del pueblo real. Es por eso que no quiero conocer algunos de los pueblos cercanos a mi tierra natal porque ya me hice una imagen de ellos que, de seguro, no corresponderán para nada con el pueblo concreto.
Luego vendría la lectura de los dos grandes libros con los que iniciaría yo el mundo de la lectura que no abandoné jamás. El llano en llamas y La feria (de Rulfo y Arreola, respectivamente). Influenciado por el gusto y el orgullo que tenía mi padre por ver escritos los nombres de los pueblos cercanos a Zapotlán, iniciaría yo mi recorrido propio ahora con las imágenes de estos grandes escritores.
Claro que también había tiempo de solaz y me dedicaba a la lectura de historietas que llegaban a mi pueblo. Por fortuna los distribuidores enviaban desde España algunas de éstas. Teníamos a Mortadelo y Filemón, y los gemelos Zipi y Zape, las dos me hacían reír muchísimo, sobre todo porque hablaban en un español que yo comprendía bien, pero que nadie usaba en nuestro país. También recuerdo con especial cariño, puesto que ese también fue mi primer acercamiento al mundo de la ciencia y la tecnología, una revista de un cocodrilo que explicaba eventos o situaciones científicas (tristemente no recuerdo su nombre). A estas revistas añadiré las increíbles que tenía mi papá (no sé cómo es que se hizo de ellas) en las que hablaban de diversos conocimientos históricos y naturales y que, al final, publicaban por entregas las aventuras de Aladino y la lámpara maravillosa. Lindísimas ilustraciones que marcaron para siempre mi gusto por el mundo exótico del Oriente. No recuerdo ya si estos libros eran editados por una editorial mexicana que ponía su sello de identificación en la portada de cada ejemplar, un monito prehispánico de cabeza cuadrada que semejaba, de alguna manera, las televisiones de aquellos días. El monito (el sello) decía alrededor “El hombre de Tlatilco”
Otro libro de ilustraciones fue uno que me regaló mi padre (¡cuánto me marcaron sus decisiones por el gusto de las artes!) con las biografías de dos grandes y un recorrido por los planetas de nuestro sistema solar, esas eran las tres partes que conformaban ese libro de ilustraciones. Las biografías eran nada más y nada menos que de Copérnico y de Galileo. La astronomía le gustó siempre a mi padre y no era infrecuente que miráramos al cielo nocturno a cada momento. Ese hábito ha sido tan permanente aún en mí que he logrado traspasárselo a mis hijos.
También me hice de un pequeño librito que entra en este mundo de la ilustración pero que una editorial había hecho con una de las historias de Star Treck. Una fotonovela (por así decirlo) con los actores originales de la famosa película (¿me lo regalaron mis primas de los EEUU?). Lo único que recuerdo de esas fotos es que jugaban los personajes a un ajedrez tridimensional que se desplegaba en varios niveles hacia arriba.
Ya convertido en un buen lector, también leí, aunque reconozco que no fui tan asiduo, las aventuras de Kalimán, lo fui más de Starman (ya luego no me sorprendería ver a Flash en la pantalla grande, el Flash del mundo espacial), con sus aventuras del espacio y de una revista cuyo nombre no recuerdo y que, tras buscarla en internet, no logré encontrar. Se trataba de una especie de Tarzán y Mowgli (de El libro de la selva) que convivía con seres de verdad fantásticos (creo que este libro le hubiera encantado a Borges, que hubiese visto concretados en historieta algunos de los seres que aparecieron en su famoso “El inmortal”). Había un gigante que se llamaba Cara de niño. El protagonista tenía su esposa y creo que un hijo. Había un personaje que se me hacía increíble de verdad. Era muy delgado porque siempre estaba corriendo, ¿la razón? No podía vivir en la noche y tenía que recorrer el mundo entero corriendo a diario para estar siempre de lado iluminado de la Tierra. Obviamente sólo veía a su amigo en el día, durante unos pocos minutos.
Aquí hay que hablar, traer a colación, de aquellos estanquillos donde se vendían todas estas revistas. Existía, prácticamente, todo un recorrido que muchos de nosotros hacíamos de uno a otro estanquillo en el centro de nuestra ciudad, bordeando el jardín principal. Hay que decir que algunos de estos lugares te alquilaban (preciosa palabra) las revistas por algunos centavos, yo llegué a hacerlo varias veces para leer algunas de esas historietas de las que les estoy hablando. Gracias a estos servicios, muchos de nosotros terminaríamos por convertirnos en lectores.
Imposible no hablar de Condorito en esta remembranza que estoy haciendo de todas estas revistas e historietas. Condorito era una de mis compras semanales más habituales que tenía de niño y adolescente. Sus chistes nos hacían reír a carcajada suelta muchas de las veces. Quisiera mencionar aquí que Condorito fue la revista oficial de toda peluquería, no era raro ir a cortarnos el pelo sólo por ir a leer algún número que no hubiera caído en nuestras manos con anterioridad. Dentro de las cosas extraordinarias que hizo el equipo de Condorito fue un número donde montaron un homenaje a grandes pintores contemporáneos y hombres de la política. Recuerdo al Condorito pintado supuestamente por Dalí, otro por Picasso y uno personificando a Charles de Gaulle, el presidente francés. Claro, había otros más que ya no recuerdo.
Una de mis caricaturas favoritas de la infancia fue Capulinita. Estas historietas eran pequeñas y cuadradas, tal vez de unos 10 cm. Me hacía reír mucho cuando su abuelo Capuleto le jalaba las orejas a Capulina alejando la oreja del cráneo unos 50 cm., dejando ver claramente la dentadura interna del personaje. Tenían el acierto de introducir unas onomatopeyas bastante raras. Escuchábamos con frecuencia (leíamos) “¡Zócalo!” cuando le pegaban a Capulina, la esdrújula funcionaba perfectamente para reproducir el sonido del chingadazo.
Los supermachos y los agachados no pueden quedar apartados de este reconocimiento que estamos haciendo. Esas revistas, más bien políticas, pertenecían a mi papá. Claro que de ellas luego se daría el salto a los libros en forma que hacía Rius y que conformaron mucho del pensamiento político de varias generaciones. La película Calzonzin inspector, de Alfonso Arau reproduciría muy bien el universo Rius.
Una de las cosas que más me gustaba hacer en mi naciente gusto por la lectura eran las publicaciones semanales que hacía el periódico El informador de nuestra capital Guadalajara y que llegaban a Zapotlán creo que cada domingo (¿en casa de quién las leía?). Las historietas cortas que venían en dicho diario eran: Daniel el travieso, Lorenzo y Pepita, creo que Educando a papá y un recuadro que no era propiamente una historieta pero que resultaba muy atractivo para muchos: Ripley, aunque usted no lo crea, con sus noticias de cosas maravillosas de todo el mundo.
Mención especial merece Mafalda, puesto que su publicación no dependía ya de revistas o periódicos. Libros en toda forma circulaban entre nosotros, los seguidores de la niña del Cono Sur y con la cual continuábamos nuestra educación en la política más o menos activa del lado izquierdo. Las psicologías que desplegaban los personajes fueron muy bien identificadas por todos nosotros. Dulce Felipito, odiosa Susanita, pragmático Manolito y punzante Mafalda. La hermandad con el pueblo argentino (y por extensión con toda América española) la notábamos por el montón de cosas que teníamos en común y que Mafalda nos mostraba como una ventana de comunicación.
Claro que también estaban las tradicionales Archi, Daniel el travieso (ahora en revista completa), La zorra y el cuervo, las de Walt Disney, Superman, etc. Pero estas no me marcaron tanto y tengo pocos recuerdos de ellas. Ah, sólo quiero recordar a un “villano” (tal vez el único que sí habría vencido a Supermán) que apareció en uno de sus números. Era un extraterrestre (típico macetón de color verde o azul) cuyo “superpoder” era convertirse en lo que quisiera. Recuerdo una escena en la que peleaba con un sujeto y prefirió huir del lugar, pero no había visto a una muchacha que le estaba tapando la salida en una puerta. ¡Y luego no este personaje se convirtió inmediatamente en cientos de pétalos de rosa para pasar entre el cuerpo de la chica y no dañarla! Era caballeroso. La situación estaba en que este ser de otro mundo carecía de la rabia particular que muchos villanos sentían contra Superman y, por eso, jamás constituyó en sí un contrincante, de lo contrario, sí lo hubiese vencido.
También no hay que olvidar las historietas horribles, aquellas que tenían como protagonistas a dos brujos mexicanos, Hermelinda linda y Aniceto Verduzco (había olvidado el nombre completo de este señor y me dio mucha risa leer de nuevo su apellido). Estas historietas tenían cierto atractivo por estar señaladas en su portada como “sólo para adultos” y yo me acercaba a ellas por este spoiler de prohibición que tenían. Las leía más como buscando el porqué de tal advertencia y nunca encontré nada que a mi parecer apuntara hacia allá. He olvidado tanto, sólo recuerdo una frase que me dio mucha risa. Aniceto es secuestrado, lo inmovilizan dándole un duro golpe en la cabeza, pierde el conocimiento. Cuando despierta en un lugar desconocido, Aniceto pregunta; “¿On toy?” a lo que uno de los maleantes agrega: “la misma pregunta idiota de siempre”.
Luego vendría también el tiempo de la degeneración de este género, ediciones muy baratas en todos los sentidos, pero que tenían cierto encanto porque ya comenzaba mi adolescencia y en la secundaria el amor por la música de los Beatles devendría en el gusto por el rock en general. Así que la doble revista del Simón Simonazo (y su segunda sección en el mismo ejemplar: Chiss, unos Kiss mexicanizados) contaban las aventuras de un trío de chicos que vivían en la gran ciudad (de ahí la identificación con nosotros, digo por la edad más o menos). Todos los personajes tenían la lengua de fuera como el logotipo de los Rolling Stones y siempre las manos dentro de los bolsillos de las chamarras de mezclilla que vestían (ahora que recuerdo, fue por eso que yo llevaba también una chamarra de mezclilla a todos lados). De ahí recuerdo sólo una frase cuando se refirieron a una mujer que pasaba cerca de ellos: “todavía aguanta un piano y dos marimbas”. Chiss eran las aventuras de los cuatro pintarrajeados de blanco y negro. Yo llegué a ser tan aficionado de estas revistas (y de la que contaré enseguida) que tuve una gruesa colección de estas y de las cuales me dolió mucho deshacerme.
El mil chistes. Esta revista era tan sólo de chistes, no eran una aventura continuada de nadie, pero recurríamos a ella porque, en el bachillerato, se nos dio por reunirnos a contar chistes en las horas libres que teníamos. Había cierta competencia entre tres de nosotros para divertir a nuestros amigos y amigas. El Pato (Arturo Villavazo) nos ganaba a todos por la gracia que tenía y por la gran cantidad de chistes que llegó a saberse. Bueno, yo me nutría de esta revista que dibujaba super caderonas o super chichonas a las mujeres jóvenes que ahí aparecían.
Los aguiluchos era una revista religiosa que tenía una pequeña historieta dentro de toda su información clerical. Esta revista me gustaba porque ya tenía yo bien cimentado el hábito de la lectura (tal vez una de las formas en que mostraba lo huraño que siempre he sido) y en el que yo prefería hundirme leyendo ciertas aventuras de un chico en África, creo, a estar con mis primos o tíos de la casa de El Testerazo. La revista ésta pertenecía a mi abuelita Rita (eso supuse siempre, ella, dueña de la casa, dueña de la revista) y me gustaba ir sólo por estar leyendo la revista.
Ya por último he de hablar de los formatos en que la Editorial Novaro nos mostraba sus revistas de Supermán, etc. Los formatos se presentaban en tres tamaños: muy grande, grande y pequeño. Me gustaban los nombres con los que puntualizaban dichos tamaños: Tamaño avestruz, águila y colibrí. Los que más leíamos eran los de tamaño águila, eran los más cómodos para llevar y disfrutar de sus ilustraciones. A los colibrí recurríamos cuando no teníamos tanto dinero para comprar lo que queríamos. Los avestruz resultaban difíciles de cargar y algo molestos para leer.
John Gutmann
"A Igreja diz: o corpo é uma culpa. A Ciência diz: o corpo é uma máquina. A publicidade diz: o corpo é um negócio. E o corpo diz: eu sou uma festa" - Eduardo Galeano.
Argentina - 16-08-1941
La historieta argentina italiana dé monstruos Cybersix Es MUY INTERESANTE