No había nada mejor que comenzar el día con un buen desayuno y... un pequeño partido de fútbol. Les avisó a todos en el comedor que estaría esperándolos, tanto a hombres como a mujeres, en el campo de juegos en media hora. Él terminó lo suyo y se dirigió hasta ahí, para preparar las cosas que necesitaba. Se divertía con el hecho de que a ninguno parecía gustarle la idea de practicar deportes tan temprano; se les podía ver en la cara, casi todos comían con los ojos pegados y la nariz sobre el tazón de cereales. Como siempre, él era entre todos el más predispuesto e hiperactivo. Bastó con pararse en uno de los asientos a un lado de su mesa y gritar para que todos en ese momento, incluso sus compañeros de trabajo, se quejaran sobre ello. Seguramente, todos debieron de haberlo insultado en su fuero interno. Buscó el balón con una sonrisa y marcó las posiciones en el campo de juego. La brisa recorría el lugar con suavidad y el sol brillaba en toda su intensidad. Los campistas llegaron uno por uno mientras él los esperaba parado en el centro del campo con el balón entre su brazo izquierdo y su torso. Ellos caminaban un paso por hora así que los apuró.— ¡Vamos! ¡Caminen más rápido! ¡Hay mucho por hacer!— sonrió con diversión al ver sus rostros. No iba a negar que tal vez hubiera organizado ese partido para despojarse de sus tantas obligaciones por cumplir. Bueno, mientras él mantuviera ocupados a los campistas, tal vez sus compañeros de trabajo pronto le darían las gracias.