Con las mangas de su suéter amarradas en su cuello, cubría su nariz y boca evitando, dentro de lo posible, aspirar más de aquel dañino gas mientras buscaba, frenéticamente, tras la barra limones (fruto que servía como un improvisado remedio contra los efectos del gas), cuando fue interrumpido por las palabras del guardia. —¿Yo? Estoy bien.— Aclaró, restándole importancia. —Probablemente hay más gente que necesite de tu ayuda.— Porque era fácil para Santiago olvidarse de todas las reglas, toda la etiqueta que su título suponía, una superioridad de protección de la cual se había escapado hace años atrás ya.