don’t be so afraid, little flower. ;
{ w. abbott-aly & cheesy-greta }
Hestia Jones cumplía casi cuatro meses encerrada. Después del fatídico 10 de mayo, al regresar al colegio, la joven de fragil aspecto huyó hacia las cocinas, porque era el único lugar donde experimentaba seguridad. Tal vez era la benevolencia de las criaturas que lo habitaban, o tal vez era la calidez que emanaba el lugar; un sitio al que acudía cada invierno para contagiarse del calor. ¿Pensaba salir de ahí algún día? No lo sabía. Por ahora no. Sobrevivió gracias a los elfos, criaturas colmadas de amabilidad que la alimentaban, calmaban sus ataques de pánico y la escondían trás los costales de harina cuando algún humano arribaba al sitio. Hestia llevaba tres semanas sin bañarse, utilizaba un sucio vestido traído por los elfos y su aspecto evadía mejorar.
¿Qué sucedió con Hestia Jones? Ni ella misma tenía la respuesta. La mayoría del tiempo rememoraba con ojos cerrados los cuerpos sin vida de Durmstrang y el resto permanecía en silencio, leyendo libros (también parte de los elfos) o viendo la pared. Hestia ya no se reconocía, ya no sentía que fuera ella misma. Como si lo ocurrido en Durmstrang desvaneciera sus características, volviéndola una hoja en blanco con tintes de pluma borrados violentamente.
Hoy era un domingo común. La rutina llamó a Hestia a comer, platicar con una elfina y leer un libro, dispersando los recuerdos impregnados de sangre y dolor. Escuchó anteriormente que se le había declarado desaparecida, pero por primera en su vida vez Hestia actuó egoísta; el miedo la aturdía tanto que rehuía presentarse frente a sus padres para confirmar su vida. Un domingo común, claro... Hasta que los ruidos se presentaron y Hestia trotó hasta su escondite, a la par que dos elfinas camuflaban a la ravenclaw tras los sacos de harina. Alguien había entrado a la cocina.