De julio a octubre 2018 Daniel, mi marido, vendió todo lo que tenía en su carpintería porque ya era seguro que en enero 2019 emigrábamos del país. Además en octubre él se iba a España para tener entrevistas de trabajo, buscar barrios en Barcelona o alrededores para alquilar un piso, y yo me quedaría sola con mis dos hijos que para ese entonces tenían 4 y 2 años.
En la carpintería Daniel tenía una máquina Austríaca que era un lujo: ponías de un lado un tronco y del otro salía una mesa de comedor con 6 sillas, algo así. Al principio vendía todas las herramientas y máquinas más pequeñas y sencillas, y esta máquina fue quedando.
A 20 días de su viaje lo llama un cirujano plástico que había visto su anuncio en Mercado Libre, y le dijo que él quería comprar la máquina Austríaca ya que le gustaba como hobby hacer cosas en madera. Bien. Había un comprador. Así que Dani se puso “manos a la obra” para venderle la máquina al buen doctor. Y llegaron al punto del regateo. “Que cuesta 10″; “que te pago 5″... Anduvieron así un par de días. Yo lo escuchaba de rebote mientras atendía a alguno de mis niños, o entraba y salía de casa al trabajo. Además yo también andaba movida: con visitas al médico porque tenía que operarme una hernia y quería hacerlo en octubre con tiempo; estaba publicando para la venta todos los muebles de casa, vajilla, batería de cocina, electrodomésticos, mi auto, separando en cajas numeradas qué cosas dejábamos en un depósito y qué nos llevábamos, seleccionando ropa de los niños y mía... También estaba preocupada porque me iba a quedar sola por 3 meses, fin de año, las fiestas, la nostalgia... tenía que renunciar en el trabajo. En fin, tenía la cabeza en modo “nos vamos del país”.
Una noche, mientras yo estaba preparando la cena, Daniel me pregunta si sé lo que cuesta un implante de mamas (siliconas). Le digo que no, pero averiguo con una amiga. Él me dice: “Es que hoy me va a llamar el cirujano”. Pensé que estaría calculando el poder de compra... Al rato, atiende al cirujano y lo escucho que se va al living para hablar más tranquilo. En eso se acerca a la cocina con una media sonrisa en la cara y los ojos con brillo triunfal - a lo que yo interpreto que está liquidando el negocio y que vende finalmente la máquina, por lo que yo también noto que sonrío - y mientras habla por teléfono me mira y me dice: “podes operarte el 10 de octubre?”.
Descolocada lo miro: “Operarme? De qué? De la hernia?” - creí yo ingenuamente. Y me responde: “No, de las tetas”. “De las tetas? si yo no me quiero operar las tetas?”... Daniel habla con el doctor medio enijado, medio apurado, corta la llamada, y me dice: “Gordita, el señor me paga 5 y te hace las tetas. Es tremendo negocio”. “Qué qué?”, le contesto indignada. “Yo nunca pensé en hacerme las tetas, y menos ahora que tu te vas y yo me quedo sola. Sabes lo que es un post operatorio de una operación de tetas? Además yo NO ME QUIERO HACER LAS TETAS”, ya subiendo el tono, porque casi caigo en el juego de creer que en algún momento de mi vida le había dicho que me iba a operar las tetas.
La cuestión fue que no le vendió la máquina al cirujano. Yo no me puse tetas. Fue mi culpa no vender la máquina a tan buen precio (¿?) porque no me quise hacer las tetas. Y además y para peor, cargo con la certeza de que mi marido quiere que yo me las opere!