La historia de los primeros bancos se remonta a hace más de 4000 años. Eran muy simples, rústicos, asientos sencillos, en ocasiones recipientes de almacenamiento.
Los artesanos egipcios fueron los primeros que crearon las primeras sillas añadiendo un respaldo a los bancos preexistentes y poco a poco se fueron incorporando más y más complementos como el marfil y otros materiales preciosos convirtiendo lo que originalmente eran unos simples asientos, en objetos de lujo.
Más tarde se empezaron a incluir, además de los respaldos, también reposabrazos transformándose en símbolos de poder para reyes y emperadores en las diversas épocas de la historia.
También tuvieron su adaptación comunitaria, al comenzar a normalizarse su uso y emplearse en iglesias y plazas públicas.
Es frecuente verlos en las principales plazas de los pueblos, custodiando el lugar, siendo testigos silenciosos de cuanto acontece, enorme moles de piedra gris o rojiza, según el tipo de pedrusco, con pequeñas irregularidades y hendiduras, que el paso del tiempo, las inclemencias atmosféricas, el propio uso de los transeúntes, o el juego de los niños, les provoca por el uso diario.
Es fácil imaginar, cómo durante la infancia, a la salida del colegio, en la plaza mayor de cualquier pueblo, los niños juegan al escondite, al pilla-pilla, al “tú la llevas”, en torno a los bancos de la plaza, donde se encuentran las madres conversando. El lugar seguro. Simulan que son caballos, que corren al trote por la pradera de piedra que constituye la explanada de la plaza, y en ciertas ocasiones, cuando los juegos se tornan más competitivos y se molesta a otros compañeros de juego de mayor edad, los niños escapan rápidamente corriendo en dirección a donde aguardan sus madres.
Resulta habitual también presenciar los primeros encuentros de las jóvenes parejas que se van formando, junto a los bancos ubicados a la entrada de la Iglesia Mayor. O cómo los situados junto al primer reloj digital que se instala en el pueblo son el punto de encuentro de los amigos, que cada fin de semana quedan para compartir las experiencias vividas a lo largo de la semana. Con otro carácter menos festivo y ameno, pero más solemnes los emplazados en la antigua Plaza de las Batallas, bajo la influencia del Castillo de Santa Catalina, junto a la salida de las consultas médicas, delimitan el espacio donde las familias rotas por el dolor, pero movidas aún por la esperanza se abrazan, y se dan ánimos y deciden que no van a rendirse mientras exista una mínima esperanza para derrotar a la temida enfermedad.
Los bancos de la Alameda, los de la Plaza de la Pescadería, los del Salvador, los de la Plaza Nueva, los de la Plaza del Museo, los del paseo de la avenida de Torneo, los de la calle Betis, los del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, los del paseo del río, los de los Jardines de Murillo, los del Parque de María Luisa, los de la Plaza de Doña Elvira en el barrio de Santa Cruz, los de la Plaza de Santa Marta. Anónimos bancos donde unos primeros desconocidos, transeúntes, se convierten en futuros amantes, esposos, cruzando sus caminos, compartiendo su vida, su tiempo.
Para muchos de ellos, algunos, no es en un banco de piedra, ni de marfil ni de materiales preciosos donde compartirán sus últimos momentos juntos. Será en un banco de madera, bajo un limonero, en una plaza solitaria por la que a veces pasan sin reparar en ella, sin saber que va a ser testigo de su despedida, de su último encuentro. Hogar de las personas que no tienen otro hogar. Un último lecho, el de alguien más. El último y terrible banco que los separará para siempre, donde terminará todo, donde él memorizará las piernas de ella, sus pies sobre sus sandalias amarillas, su vestido beige estampado, su cabello, las entradas plateadas de su pelo, sus ojos azules, irritados por las lagrimas, sus labios, sus pequeñas orejas, el tacto de su piel, de sus manos, una última vez, antes de desaparecerse, el uno al otro, para siempre.