Soñaba que era escritor. Acababa de terminar mi última novela y justo le remitía el manuscrito a mi editora para conocer su opinión.
María Fernanda, mi editora, mexicana de nacimiento, ferviente admiradora de Shakespeare y por tanto con tendencia al dramatismo y a la exageración. Hacía años que vivía en España, a donde se mudó junto con su gato Cosmos, atraída por las historias y leyendas de sus antepasados gallegos, en cuya tierra recaló primeramente antes de vagar por la península y afincarse definitivamente en el sur del país, en concreto en Granada, al enamorarse perdidamente de un joven poeta granadino.
A pesar de llevar tiempo trabajando juntos apenas soportaba mi mal humor ni mis excentricidades, a las que solía responder llamándome señor viejo burro.
Un enorme pesar se cernía sobre mí cada vez que terminaba una novela y se me hacía cuesta arriba el proceso que acompañaba a dicho hecho.
Así que tomé la determinación de viajar a Lisboa para encontrarme con un grupo de amigos a los que echaba de menos y cuya opinión necesitaba escuchar.
Fernando Pessoa, Antonio Tabucchi, Enrique Vila-Matas y José Saramago (no olvidemos, querido lector, que estamos en un sueño) me esperaban a mi llegada en la estación de tren de Lisboa.
Estaban ansiosos por conocer los pormenores de mi novela, pero también querían compartir conmigo las últimas vivencias atesoradas en este tiempo transcurrido, desde la última vez que nos encontramos.
Además habian preparado una completa programación para que la disfrutáramos estos días que íbamos a pasar en la ciudad del fado y de la luz, que por supuesto, incluía horas y horas de conversaciones e intercambio de ideas en las clásicas "tasquinhas" de la ciudad en las que solíamos pasar casi todo el tiempo de nuestra estancia.
En las primeras charlas Tabucchi señalaba el titánico esfuerzo de las obras que se acometian en la ciudad. Cómo resultaba completamente paralizante la idea de luchar contra el paso del tiempo y el deterioro, ¿cómo afrantar el devastador concepta de la erosión que se cierne sobre los objetos día a día?. El mismo momento en el que el arquitecto o el técnico están realizando labores de reconstrucción o rehabilitación de los edificios, justo en ese instante, el tiempo continúa desempeñando la actividad para la que originariamente ha sido diseñada. Sobre los azulejos, soore las vigas de madera, sobre las escayolas y los yesos recién colocados.
Se llevaba las manos a la cabeza durante sus paseos matutinos entre edificios y monumentos en reconstrucción por la ciudad.
Comentaba que incluso preguntaba a la gente por la calle sobre cómo afrontar este dolor, sabiendo que todas estas obras estaban despareciendo poco a poco. A sus ruegos y preguntas la gente contestaba que era algo normal, que debía acostumbrarse a ese pesar, quizá solo tenía algo de nostalgia mal curada. A la que él contestaba para sus adentros, como una forma de recuperarse de dichas contestaciones, pidiendo auxilio a sus amigas, las voces que le acompañaban, “no me dejen solo entre estas personas llenas de certezas, esta gente es terrible".
A medida que Tabucchi se enfrascaba en sus pensamientos sobre el tiempo y la erosión, Vila-Matas comenzaba a interrumpirlo para hablar de su caso. Aunque tardó un rato en empezar a concretar, tras varias divagaciones, consiguió encauzar el tema.
El escritor exponía su lamentable situación, sufría de mal de amores por una señorita con la que coincidía en una cafeteria. Bloqueado como estaba por culpa de su última novela, cada dia iba a tomarse un café de buena mañana a la cafetería bajo el apartamento que ocupaba en la ciudad.
Al principio no reparó en ella, todos los días coincidían sin haberse percatado de su presencia hasta que un día levantó la vista de su mesa y la vio, frente a él. Como una revelación, como una aparición que de repente penetra en una estancia y lo llena todo, lo cambia todo, como un personaje surgido de uno de los cuadros del museo que tanto le gustaba contemplar en las tardes de otoño cuando se sentia solo.
No podía dejar de mirarla, ni de pensar en ella. Cada mañana antes de bajar a la cafetería se preguntaba si esa mañana volvería a coincidir con ella, si al día siguiente volvería a encontrarla, en un ritual que se repetía todas las mañanas de cada día.
Y asi fue, como cada día de todos los días del mes de abril, cada mañana que entraba en el café, pedia su café, un café solo largo en taza, se sentaba en la mesa en la que acostumbraba a pasar las mañanas, mientras esperaba que ella entrara por la puerta.
Y así fue como resultó. Se convirtió en una rutina hasta tal punto que todas las mañanas bajaba presto y raudo para ocupar su mesa, incluso con sus notas, bolígrafos y libros de consulta, para continuar con su manuscrito mientras esperaba su llegada.
Ahora se veía en un dilema. Si debía dirigirse a ella, y decirle algo, y quizá espantarla de su vida, o mantenerse como un anónimo espectador y continuar en su estado contemplativo.
Y justo en ese punto estábamos de la conversación y de la charla, cuando Pessoa le Interrumpió manifestando que llevaba ya un tiempo dándole vueltas a una idea muy particular. La idea del teletransporte. La revolución que supondria un invento así y al mismo tiempo lo absurdo que sería, ya que dejaríamos de hacerlo todo si habitualmente pudiéramos estar en mil sitios al mismo tiempo.
La mayoría de las veces a la gente no le Importa el camino a recorrer sino tan solo llegar a su destino. Si cada destino estuviera al alcance de cualquiera en segundos, si desde el salón de tu casa puedes estar en Pekín, en Londres o en Madrid, prácticamente al mismo tiempo, todo el mundo dejaría finalmente de viajar. De esta manera, el ser humano, perdería su identidad. Olvidaría su misión en la vida, decaparecerian la ilusión de vivir y de continuar con la existencia en la tierra, se olvidarían sus metas y objetivos, y finalmente se extinguirían.
Saramago puso fin a aquella tarde de charla y reflexiones interrumpiendo a Pessoa con un discurso más optimista y esperanzador, pronunciándose a favor del ser humano, de los logros y avances que ha ido realizando a lo largo del tiempo.
En un momento dado de su discurso comenzó a narrar uno de sus paseos por el campo donde le gustaba observar la flora y la fauna que lo rodeaba y daba gracias por poder disfrutar de dichos favores que la naturaleza le concedía. Contemplaba cómo un ave a gran altura, un milano, quizá un águila, planeaba por encima de su cabeza. Y reflexionaba sobre el motivo por el que se suspenden tanto tiempo en el aire. Y concluyó que porque pueden, porque deben hacerlo para sobrevivir, para estar alejados de otros depredadores, para vislumbrar a esas alturas las presas que deben cazar para alimentarse gracias a su portentosa visión, y entendía, continuaba, que cada uno tiene un destino, unas habilidades, una misión en la vida, de la que debe uno responsabilizarse para llegar a buen puerto.
Fueron unos días intensos y bellos en Lisboa con mis compañeros. Aunque nunca terminamos de hablar sobre mi problema con el libro, de alguna manera, sus experiencias con las vivencias que estaban afrontando en esos días me ayudaron a desbloquear mis temores y ayudarme a afrontar mis dudas.
Ya en el viaje de vuelta, en el tren, contemplaba el horizonte que iba dejando atrás, junto con la ciudad, y mis amigos queridos, con los que esperaba volver a reunirme pronto.
Sobre el horizonte, a gran altura, de repente conseguí contemplar al Milano de Saramago, que me recordó que debo seguir con mis tareas, que debo finalizar mi misión, en mi caso, volver a enfrentarme al manuscrito y terminarlo.
Unos segundos después, María Fernanda, conseguía sacarme del sueño al llamarme insistentemente al móvil. Debía levantarme y reunirme con ella en la oficina para discutir diversos aspectos del libro.