Jamás entenderé al ser humano que odia, que no perdona, que se queda varado en el pasado y que, en base a ello, sigue muriendo de rencor, de recelo, de envidia, de intolerancia, de desgracia, de victimismo, de soberbia. Si es bien sabido que todos los seres humanos tenemos dentro nuestro la dualidad: lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad, etc., también tenemos la capacidad de reflexionar, de razonar y de comprender nuestra naturaleza. Es muy fácil quedarse anclado en el pasado, culpando al mundo de lo que se cree ha sido una desgracia para la propia existencia, responsabilizando a un tercero y, lo más lamentable, hacer de éste el bote de basura de lo que no se ha querido aceptar como autosabotaje. Creo firmemente que la verdadera valentía es saber aceptar el mal que se lleva dentro; esa oscuridad que acecha a la mente y al espíritu como una pesadilla que hace creer que nada está bien, que todo lo que se va encontrando uno al andar por la vida es un ataque de una guerra que trata de matarnos. Hay que tener el coraje para mirarse al espejo, para verse a los ojos y encontrarse con el demonio que habita en el centro de nuestra psique, pues, es ese lastre de oscuridad lo que nos murmura al oído que el enemigo está fuera de uno; en ese ser que nos amó o en el que nos dejó. Para echar culpas se es muy hábil, ¿por qué no ejercitar la auto contemplación y nos hacemos responsables —de una vez por todas— de nuestras almas?