El concepto que se tiene de injerencia humanitaria es uno extremadamente idealista. La idea de que las potencias sacrifiquen su propia seguridad y una increíble cantidad de dinero en ayudar, por el simple principio de responsabilidad internacional, a aquellas naciones en crisis no podría estar más alejada de la verdadera dinámica de la política. Evidentemente, la expectativa de un mundo transparente y sin intereses por debajo de la mesa es más que tentadora, pero no por esto es real. Si algo es seguro, es que un país no ayuda a otro si no ve un interés futuro para él mismo. Esto no es algo nuevo, se sabe que la política en general siempre ha sido un juego de expectativa versus realidad, y la historia ha demostrado el egoísmo que rige las relaciones entre estados donde todo gira alrededor del dilema de quién tiene más poder que quién. No se trata de negar que ha existido una cierta ayuda dentro de los conflictos de este tipo, sino más bien de comprender que la injerencia humanitaria se trata de una colaboración bilateral. Para explicar mejor esta idea, sería beneficiario recurrir a una analogía: En la serie “House of Cards” se presenta el mundo de la política como uno basado en las apariencias y en la imagen pública cuando detrás de toda acción existe un beneficio egoísta sea poder o dinero. En el caso del protagonista, quien termina siendo el presidente de Estados Unidos y cuya filosofía se basa en “el fin justifica los medios”, logra sus objetivos de poder insaciable a través de acciones que finalmente podrían suponer un beneficio para la población de país. Por ejemplo, decide empezar un programa que les dará a todos y cada uno de los ciudadanos un empleo, sin excepción alguna. Esto es una ganancia para los habitantes, pues acabaría con el desempleo, pero al mismo tiempo es un beneficio egoísta, ya que mantiene al protagonista en el poder. Lo mismo sucede en la dinámica de las relaciones internacionales: un estado beneficia a otro mientras que ocultamente obtiene un beneficio personal. Esto explica que lo que muchos entienden al escuchar el término “injerencia humanitaria” es ayuda honesta y transparente, cuando la realidad es que “humanitario” hoy en día no es igual a “desinteresado”.
El primer ejemplo obvio es la intervención y ocupación de Estados Unidos en Irak (2003-2011). Para el año en que las tropas norteamericanas se habían retirado del territorio, la producción petrolera y estabilidad económica de Irak habían incrementado considerablemente. Compañías como ExxonMobil, BP y China National Petroleum Corporation ( las cuales había sido excluidas del mercado petrolero Iraquí en 1973) habían ganado concesiones dentro de los pozos más importantes de la región en el sur del país y alejados del enfrentamiento (Oil Companies in Iraq, 2016). Asimismo, en el 2011, Irak gozaba ya de una mínima pero existente estabilidad político-social habiendo ya derrocado el régimen de Saddam Hussein y sus constantes violaciones a los derechos humanos.
La controversia causada por esta invasión ha sido un tema de gran discusión desde el inicio de la misma. El beneficio económico que obtuvo Estados Unidos es más que evidente cuando la ayuda que proporcionó es discutible. De hecho, dejando a un lado el bien económico que supone esto para los dirigentes de cada una de las empresas petroleras, la oportunidad que vio la potencia norteamericana fue mucho más grande que esto. Mediante la inmersión de compañías occidentales, Estados Unidos puede ejercer un mayor control sobre la producción y comercialización del crudo del quinto país con mayores reservas aprobadas del mundo, prácticamente determinando así los movimientos del mercado internacional de petróleo. Esto funcionaría como una forma de manipular la economía petrolera a través del control del suministro del mismo. La ganancia personal de determinados líderes financieros (dentro de las constructoras, petroleras, industrias armamentísticas) y políticos podría considerarse más como una consecuencia premeditada que como un objetivo inicial, a diferencia de lo que comúnmente se piensa. (AHMED, N)
Todo esto es una muestra de los objetivos ocultos de una intromisión como la de Irak en el 2003. El pueblo iraquí, en efecto, pudo haber tenido cierta ganancia, más esto fue un efecto colateral al verdadero fin que llevó a la nación Norteamericana a comenzar un conflicto como este. Queda claro que la ayuda estuvo presente pero Estados Unidos no se fue con las manos vacías. Incluso la ilegalidad del conflicto no fue suficiente para impedir que éste atacara e invadiera territorio soberano, y la supuesta transparencia con la que las autoridades del estado norteamericano afrontaban los sucedido jamás lograron una aprobación del resto de la comunidad internacional y mucho menos de su propia población.
A lo largo de las últimas décadas, muchas disputas se han iniciado sin el debido proceso legal. Hoy en día una nación que busque legitimar sus acciones bélicas deberá presentar su caso ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el cual es el único órgano con la capacidad de aprobar dicha intervención, basándose en los artículos dispuestos en la Carta de Las Naciones Unidas, firmada por todos sus miembros. En cualquier caso, las únicas razones por las cuales el Consejo de Seguridad podrá tomar la decisión de injerir en un estado soberano son las de injerencia humanitaria basada en el principio de responsabilidad internacional y la de legítima defensa (Fletcher & Ohlin ).Esto significaría el debido proceso legal que debe llevarse a cabo por cada estado con la intención de infringir en otro, sin embargo casos como Kosovo en 1998, Iraq en el 2003, Siria en 2014, Vietnam en hasta 1975 y Ucrania en el 2014, son pruebas del poco respeto que muchos miembros de la ONU tiene hacia las reglas o leyes expedidas por esta. (Charte, M. 2015, 11).
Podría decirse que de por sí, la burocracia del organismo hace casi imposible seguir el debido proceso de manera que se respeten siempre los principios de la Carta de Naciones Unidas y poniendo primero el bien común de los gobernados. En el caso del Consejo de Seguridad, existe una división de “bloques” donde las alianzas van siempre primero que la solución pacífica de los conflictos. Con el poder de veto cualquier resolución está en peligro de ser completamente descartada por el simple hecho de que a una de las potencias no le conviene el contenido de esta. Consecuentemente, el proceso general de la legitimación de una acción bélica queda dependiente de las alianzas, las conveniencias de cada nación y los enfrentamientos entre ambos bloques, dándoles una excusa a aquellos estados con la intención de realizar una intromisión de evadir el transcurso que debe llevarse legalmente.
En los casos en que un país decide no llevar a discusión decisiones referentes a un conflicto, deja un vacío de información que es estrictamente necesaria para determinar el siguiente paso de la comunidad internacional. Es decir, cuando ni siquiera se han presentado las evidencias de los argumentos mostrados, ni tampoco se han escuchado las posibles alternativas y mucho menos se ha expuesto al primer estado al cuestionamiento de otras autoridades, es poco probable que la población en sí tenga el poder de ratificar o desaprobar las acciones de su propio gobierno. En cuestiones como esta, las personas se ven privadas de la información que necesitan para determinar su postura con respecto a las decisiones de sus líderes.
Inclusive, dejando a un lado las fuentes legales y verificadas de información, muchos de los casos dónde se aplicaron intervenciones humanitarias se encontraban en naciones con índices de acceso a la información y libertad de prensa extremadamente bajos. Adicionalmente, aquellos estados que llevaron a cabo la invasión, se encontraban ellos mismos considerablemente limitados en referencia a este tipo de índices.
Esto evita que las personas puedan tener una idea clara de lo que realmente está sucediendo y qué tan verdaderas son las alegaciones de sus gobernantes. Es decir ¿Cómo determinar la transparencia de un conflicto cuando la realidad de lo que esta sucediendo se encuentra oculta? Según el World Free Press Index (Índice Mundial de Libertad de Prensa) del 2002 al 2015, aquellas naciones intervenidas en dicho periodo se encuentran extremadamente bajas en los rankings del mismo. Irak se puede ver de número 156 en el 2015, con datos de 37.50 a 45.44 (siendo 1 el mayor puntaje de la escala) en los años de la ocupación Estadounidense. Asimismo, Siria se encuentra en el puesto 177, Vietnam en 175, Ucrania como 129 y Libia en el 154, de aproximadamente 180 países incluidos en el estudio. Por otro lado, con respecto a aquellos que iniciaron los conflictos, sería de esperar que se encuentran en los primeros lugares, al ser potencias mundiales y líderes de la comunidad internacional en desarrollo socio-económico. Estados Unidos, por ejemplo, se ubicó de número 49 en el 2015 y Rusia se encuentra para el mismo año en el puesto 152. (World Free Press Index, 2015).
Probablemente, el caso más claro de cómo el acceso a la información influye en la posición de una población con respecto a la intervención humanitaria de un estado cualquiera, es el de los “Pentagon Papers” (Papeles/Documentos del Pentágono). En 1971, Daniel Ellsberg, quien trabajaba para altos funcionarios del gobierno Norteamericano de entonces, decide filtrar documentos clasificados que contenían información jamás revelada al público en relación a la Guerra de Vietnam. Dicho conflicto había sido iniciado después de la Segunda Guerra Mundial con los alegatos de los funcionarios gubernamentales de una injerencia con base a la violación de derechos humanos dentro del territorio vietnamita. El periódico “The New York Times” apoyó a Ellsberg permitiendo la publicación de dichos documentos en su primera plana. Acción seguida, el gobierno demanda ante la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos al periódico por publicar información que pone en peligro la seguridad nacional, obligando a Ellsberg a acudir a otros medios de comunicación.
Dentro de los contenidos de los “Pentagon Papers”, se encontraba la verdadera razón detrás de la supuesta intervención humanitaria del estado. Esta explicaba la necesidad de contener a China, la cual supuestamente apoyaba movimientos imperialistas de Japón y la Alemania Nazi. Esto difiere completamente de las intenciones públicamente expuestas de los funcionarios del gobierno estadounidense y demuestra a la población norteamericana las intenciones ocultas de su gobierno.
Esto no es más que una prueba de que evidentemente existen intereses por debajo de la mesa dentro de las decisiones de los estados claves y potencias de la comunidad internacional. También deja ver el esfuerzo de los gobiernos de mantener gran parte de esta información fuera del alcance de su población y de organismos que podrían significar un obstáculo para sus objetivos. Cabe recalcar que durante la guerra de Vietnam Estados Unidos logró independizar el territorio de los franceses, lo cual supuso un beneficio (que también es discutible) para los locales, aunque una vez más, la potencia norteamericana pudo alcanzar un beneficio propio de esto.
Ahora bien, preguntarse cuál es el verdadero punto de origen de cada conflicto sería como preguntarse qué vino primero: el huevo o la gallina. Sería cuestión de tener fe de que dentro de las intenciones egoístas de los estados habría una honesta parte de responsabilidad y que se trata de dos objetivos (el ayudar y el obtener una ganancia) que se encuentran en distintas proporciones dependiendo de cada caso. Por ejemplo, analizando el valor de las posibles ganancias y pérdidas, podría decirse que en casos como el de Libia en el 2011 podrían haber tenido un gran porcentaje de injerencia humanitaria legítima, mientras que en situaciones como las presentadas en Irak es lógico pensar que lo principal y causa mayoritaria fue el beneficio económico para las naciones occidentales y sus aliados.
Para concluir, es posible decir que tomando en cuenta todas las evidencias objetivas y subjetivas presentadas anteriormente, existe, en efecto, razón para asumir que la injerencia humanitaria existe, más no es desinteresada. La idea de un mundo en el cuál las decisiones se lleven a cabo de forma legal, transparente y moral está hoy en día muy alejada de la realidad, más precisamente por esto se debe mantener como un objetivo para un futuro de las relaciones internacionales. A lo largo de la historia tanto lejana como cercana, se han cometido errores y se han dado situaciones que llevan a muchos ser escépticos en relación a un progreso en un problema tan importante como lo es la transparencia en los gobiernos. La idea de evidenciar las cosas malas dentro de la política no busca un conformismo en la población y mucho menos la desesperanza de un progreso, sino mostrar la realidad tal como es para que entonces aquellos con las capacidades de liderazgo necesarias, puedan partir de esta información para dar un paso adelante. Viendo todo lo anteriormente planteado, es necesario preguntarse como personas supuestamente representadas por sus gobernantes ¿Es lo ideal conformarse con lo que está pasando o es hora de tomas acciones que con el tiempo lleven a la comunidad internacional a ese punto idealista de la injerencia humanitaria? Charles de Gaulle una vez dijo “La política es un tema muy importante para ser dejado a los políticos” dejando ver que la política, la cual es la responsable de organizar todos y cada uno de los aspectos internos y externos de las naciones, es algo que muchas veces cae en problemas de corrupción, intereses personales, alianzas y poder, y aquellos dentro de estos escenarios terminan rindiéndose ante los mismos, lo cual significa que quienes tienen la posibilidad de ver todo el panorama desde afuera y de forma imparcial, tienen el deber y la responsabilidad de actuar.