Hace dos años nos vimos por primera vez.
Llevaba creo que algo cercano a una década pensándote, imaginándote, aprendiendo de ti.
Al llegar a donde habitas, sin vernos, sentía que me llamabas, que querías pronto mostrarte calma, magnífica, con gracia.
Primero me presenté ante tu casa, bella, extensa, profunda, y llena de mágia y misterio. Luego te vi, ya no por medio de una imagen digital o un dibujo, sino real, presente en el mismo espacio de tiempo, de frente a mis ojos, que no tardaron en llenarse de lágrimas para verte con más brillo aún.
Me acompañaste a ver el cielo más estrellado que haya visto jamás, apreciando sin lugar al parpadeo, la Vía Láctea. Gracias a ti entré a tu casa de noche, bajo una completa oscuridad, experimentando la luminiscencia de tu alimento.
Gracias por existir y motivarme a dejar los miedos, las dudas.
Te amo. Amo tus alas, tu cola, tus ojos, tus barbas, tu aleta que se joroba.










