El significado oculto de “El Principito”
Por ti, me leí “El Principito”, escrito por Antoine de Saint-Exupéry. “El principito” era uno de entre esos miles de clásicos en los cuales pensé que aunque leyera trozos sueltos por alguna parte, jamás metería mi nariz entre sus páginas. ¿Por qué? No lo sé, pero tenía la sensación de que jamás lo leería.
Yo, yo que te quería tanto, presté atención hasta del detalle más pequeño de esa temporada en la que estuviste hablando conmigo. Desconozco cuanto fue, ¿fueron cuatro? ¿Quizá cinco meses? No lo sé, de todas maneras, ¿de qué sirve contar los minutos hablados con una persona que ya creó una vida en la que no formas parte ni del punto o coma más microscópicos? Me leí el libro, porque siempre me decías que era tu libro preferido.
Vivías tan lejos mi vida, tan, tan lejos; que el único salvavidas o tabla de madera a la que me veía capaz de aferrarme para no hundirme era ese libro con ilustraciones en tapa blanda de unas 95 páginas junto a las canciones del Cuarteto de Nos y Caramelos de Cianuro. Por cierto, que sepas, que sigo escuchando esa lista mierdera que me hiciste, ahí sigue. La escucho, más que nada, porque es amiga de la brisa calificada de nostalgia, porque abraza esos recuerdos que ambos sabíamos que iban a permanecer.
Comencé a leer el libro, y una vez llegados a la mitad, me veía incapaz de continuar, no porque no me atrajera su contenido, pues al contrario, picaba más y más mi curiosidad. Me veía incapaz de continuar por que te veía en cada ilustración y letra a medio borrar. Te vi en muchos de los planetas que ese pequeño hombrecito narró al autor cuando su avioneta no hizo más que irse a nada más y nada menos que el mismísimo desastre.
Primero, te localicé en el hogar del propio principito. Te veía deshollinando dos volcanes y sentándote en otro que estaba apagado. Te escuché, y observé intentando proteger a una rosa que no tenía más de tres espinas con poco más que una campana y un biombo. Tú tenías una, que pensabas que era única aunque simplemente fuera una cómo cualquier otra que terminó en tu planeta haciéndote compañía. Un día, te hartaste de todo y decidiste irte. Decidiste irte muy, muy lejos y explorar todas las estrellas que había al alcance de tus dedos.
En el instante en el que abandona su hogar, yo ya no te asocio con él, te pierdes de nuevo en los recodos más oscuros y profundos de mi memoria, cómo había ocurrido desde que te fuiste. Ya no te encontrabas a mi lado leyendo el libro conmigo. Sencillamente me convertí en una niña que caminaba detrás del autor a medida que va escuchando la historia de un niño que le pide que dibuje un cordero pequeño para su hogar, entonces ya no te encontrabas ahí.
Eran 7 planetas, los cuales fui visitando con lentitud para quedarme hasta con el más mínimo detalle y así comprender porque amabas ese libro. Más que en planetas, te encontré en pensamientos sueltos, en palabras que sin contexto no poseían coherencia ninguna. Te encontré en la extrañeza que expresaba el pequeño, respecto a los adultos y los números. Te vi, en el planeta del borracho, por la manera que tenía de olvidar.
- ¿Para qué bebes?
- Para olvidar
- ¿Para olvidar qué?
- ¡Para olvidar que tengo vergüenza!
- ¿Vergüenza de que?
- ¡Vergüenza de beber!
Tú no bebías para olvidar tu vergüenza de amante del alcohol y tus malos vicios. Tú bebías para pintarte la ficción de que eras fuerte y hacerte pensar a ti mismo que no te llegaste a enamorar. Te querías hacer creer a ti mismo, que no llegaste tarde, que no pasa nada, que más que nada no servía de nada llorar por tu famosa leche derramada. Te lo repetí entonces, y en este escrito que quiero pensar que no verás porque tengo la sensación de que ya no me lees en absoluto te lo vuelvo a repetir, eres humano, de manera que está bien que muestres debilidad y que llores. A veces, hasta al caballero más fuerte se le cae la armadura.
Fui visitando, localización por localización, y en mi imaginación tuve conversaciones con reyes, astrónomos, faroleros, y geógrafos. Me hicieron embajadora de un planeta pequeño, me hicieron comprender que a veces nos importan en exceso las posesiones hasta que llegamos al punto de exigir algo cómo las estrellas numeradas que no pueden ser de nadie, aún por la inmensidad del firmamento.
El geógrafo le pidió al principito que le contara cómo era su planeta de procedencia. Él, emocionado, le habló de sus atardeceres, de sus volcanes y cómo no; de su hermosa rosa protegida del viento por un globo de cristal. El geógrafo lo corrigió, explicando al pequeño que en los mapas solamente se escribían cosas eternas y que las flores o las puestas de sol eran efímeras, que desaparecerían nada más que con el roce de una fuerza mayor. Creo que por eso el principito no comprendía o le desagradaban los adultos. Con el crecer, me parece que olvidaron que el recuerdo también nos hace eternos. Que eterno por definición, es aquello que no puede ser medido por el tiempo o que da la sensación de no tener principio ni fin. El recuerdo, nos hace eternos, es algo que no tiene capacidad de medida a nivel temporal. El principito vivía junto al recuerdo de su rosa, ella era eterna, inmortal; y nadie le podía decir lo contrario.
Nosotros, a ratos pensábamos que tendríamos fecha de caducidad y en otros que sería eso, que seríamos eternos. Éramos distintos, tú querías con prisas, yo amaba con calma. Tú desaparecías y yo aguardaba pacientemente a tu regreso, con la esperanza de que lo hicieras, con la esperanza de que fueras a regresar. Quiero pensar que la rosa esperó al principito con paciencia, y que después de ese año y poco más que se pasó lejos del hogar, este volviera con más historias que contarle a su flor preferida.
En la Tierra, comprendí muchas cosas. Tú y yo, físicamente no éramos únicos. Tú eras un muchacho cómo cualquier otro, y yo era una niña que era una más entre un millón. Sí, éramos un poco distintos físicamente al resto de personas de nuestro alrededor, pero no dejábamos de ser muñequitos de porcelana creados de todos los colores y tamaños imaginables a granel. De todas maneras, al igual que para el principito no había flor más única que la suya, no había chico inconcluso más único que tú para mí, y quizás no había mujer más incomprensible que yo para ti. Así estaba bien.
Dejándote un poco más de lado, quiero poner el foco sobre otra cosa. ¿Tú crees que a ti te llegaron a domesticar? ¿Te pones a pensar y te das cuenta de que has creado unos lazos interpersonales tan potentes que te ves capaz de añorarlos? El niño iba en busca de un amigo, y se encontró a un pequeño zorro que le asocio el hacer amigos con la creación de esos lazos, o dicho de otra manera, con el ser o no domesticado.
Me puse a pensar sobre eso mismo. Mi primera fase de pensamiento no se limitó más que a un:
- Yo no creo haber domesticado a nadie, pero sí creo haber sido domesticada por alguien.
En ese instante, pensé en todas las personas que de una manera u otra me habían domesticado. No voy a mentir, no fueron muchas, no tantas cómo pensaba, pero sí que fueron bastantes. Entonces esta misma duda, con mi respuesta se la planteé a mi mejor amiga y me dijo algo que llamó mucho mi atención:
- Domesticaste a un zorro que es libre además de curioso, y a un infierno que es incapaz de confiar en alguien y que solo quema. Aún así dudas del poder que tienes.
¿Yo? ¿Tener poder? Me costaba hacerme a la idea de que una niña sobre ruedas, tuviera poder con tan solo un bolígrafo de colores y un papel con líneas espaciadas de un 0.5cm de espacio. Yo no tenía unos pies fuertes que me ayudaran a recorrer el mundo, tampoco era muy inteligente para tener grandes ideas o era tan buena con los números cómo para contar todos los astros del universo para decir que eran de mi pertenencia y que yo los descubrí cómo hizo el obsesionado de los números. Entonces, ¿dónde me quedo? ¿Dónde se encuentra esa magia, ese poder del que tanto habla? Me di cuenta a base de observarte, que domesticar a alguien cómo tú resultaba una misión muy complicada, extremadamente laboriosa. De todas formas, a veces me pregunto si lo conseguí por accidente.
Por último, hago hincapié en el regalo del principito. Regaló al aviador, unas estrellas que ríen. Después de mucho tiempo, unos seis o siete años, el autor aún las miraba y sonreía porque escuchaba la risa de cascabel que procedería de alguna de esas estrellas. A tí, fui incapaz de dedicarte estrellas, pues las canciones de mis estrellas y la llave de mi corazón pertenecían a otra persona. Sin embargo, te regalé borrones de carboncillo, cera rosa y sellos de colores que me hacen sonreír al igual que el eco lejano del cielo. A pesar, de que todas y cada una de las cartas que te mandé se perdieran, no puedo evitar sonreír cada vez que paso por delante del estanco de la escuela, y la mujer del flequillo negro me saluda a través de la puerta de cristal, porque me acuerdo de ti.
Tú le diste un significado nuevo, hermoso y oculto para mí a ese relato tan cortito. Gracias, gracias por hacer al principito tan especial para mí.
- María I















