Hoy soñé contigo por primera vez. Fue aterrador, pero aterrador por el exceso de realidad, no porque fuera algo desagradable. Es más, fue una cosa hermosa que me dejó la boca impregnada de algo llamado "sonrisa" que surcaba de un lado al otro mi rostro, creo que le dicen: "sonrisa de oreja a oreja".
Puede que me preguntes que soñé y yo no sabré darte muchos detalles, pues no recuerdo todo con claridad. Solo recuerdo cosas, que dibujaron surcos en mi corazón con tu nombre una vez más. Recuerdo hablar con alguien que me pedía tu número para poderte llamar y yo, sin ninguna objeción se lo iba a dar. De repente, apareces, me abrazas y parece que las cosas se empiezan a ordenar. Me preguntas que estoy haciendo, te digo que tu número le voy a dar y con un movimiento de cabeza dibujas la negativa en el aire. Con una sonrisa sincera, la miras a ella y le pides disculpas: "Lo siento, no te lo voy a dar y está feo que a mi novia por mi número le vayas a preguntar". La chica se sorprende, y avergonzada baja la mirada. Yo me volteó a mirarte desconcertada. ¿Qué acaba de pasar? Esto no estaba en mi plan.
Pasan un par de horas en ese mundo dentro de mi cabeza, allí donde viven los sueños y entonces te vuelvo a encontrar. Hablamos, te abrazo. Parece que pertenezco a tus brazos porque contigo todo encaja. Acordándome del incidente anterior, te quise preguntar y tu respuesta a mi pregunta fue: "Hace rato que me comenzaste a gustar". Tú y yo nos miramos, si yo me estaba enamorando de ti y tú te estabas enamorando de mí ¿qué íbamos a hacer?
Iba a preguntarte cuando pasaste a ser un fundido a negro. Tenía que despertar, regresar a la realidad. Abrí los ojos, y continuaba en mi habitación, observando un techo blanco que me confirmaba que estaba lejos de ti. Me palpé las mejillas y el pecho, encontrando estragos de tu presencia en mí.
Me senté sobre el borde de la cama cuando recuerdos relacionados con el día anterior comenzaron a aparecer por mi cabeza. Recuerdo escribirte un "Te extraño" sincero con los dedos temblando, tus pies corriendo por el cruce y mi cabeza enterrada en tu pecho protegida por tus manos tras mi espalda. Sentí enterradas en la garganta, las palabras que rogaban que te quedaras conmigo un par de minutos más. Nos miramos y en vez de irte hacia tu dirección, te fuiste a la mía (precisamente la contraria aunque suene muy cliché). Creo que no me di cuenta de lo que me estaba pasando por dentro hasta que de repente al despedirte en vez de decir adiós, me dedicaste un "te quiero" que escuchó toda la calle. Aunque solo fuera como amiga, ese "te quiero" me hizo sentir que la vida me iba a ir bien tan solo porque existías y estabas aquí conmigo en ese preciso instante.
Es como si todo de repente tuviera sentido, porque calientas las manos ajenas, porque llevas libros de Ernest Hemingway en los bolsillos, porque saludas todos los días a una casa llamada Carmen o porque tú también tienes runas sobre tu pecho. Me gusta como tu idioma se entiende con el mío, quizás porque fueron hechos para entenderse.
En algún momento, quizás cuando tenga más agallas y menos cobardía, te admitiré que me estoy enamorando de ti cada día que pasa. Te contaré que eso me da mucho miedo, pero que como tú ya tienes a alguien, yo no voy a hacer nada.
Me resulta suficiente con observarte, con compartir risas, abrazos y miradas. Puesto que no vas a poder corresponderme (no sé si para siempre o solo por ahora) prefiero que no sepas que de ti estoy enamorada o mejor dicho, que me estoy comenzando a enamorar. Porque así suena menos grave, porque así da menos miedo, porque así puedo mirarte sin que sepas que me pasa por dentro.
– María I. (La chica del bus)