El resto del equipo le había dicho de celebrarlo, pero Rin había insistido en que aquella noche no celebraría fuera nada, que iba a ir a casa. Al final, tuvo que gritarlo y zafarse de todos como le fue posible, y casi fue arrastrado debido a que en el fondo Rin era tan blando como cualquiera. Pero cuando les confesó que Natsuki esta vez quería celebrarlo con él, mágicamente accedieron a dejarle en paz. Se preguntó por qué no lo había hecho así antes, hasta que empezaron con miradas secretas y comentarios que lo hicieron sonrojarle.
Al volver por la puerta, Rin se rascaba la nariz y pensaba en decirle a Natsuki si podían salir con los demás y si eso le importaba. Todo parecía cuajar bien hasta que llegó hasta la muchacha.
Se quedó parado como un idiota en medio de la puerta, la mano con la que se rascaba suspendida y tenía la boca ligeramente abierta. Sus ojos se habían clavado directos al delantal, o más bien lo que cubría; observando igual de atento como un niño al que le cuesta atender. Había visto a Natsuki más de una vez en bañador; enseñaba lo mismo ahora, pero la sensación era muy diferente.
“Aguanta” pensó fugaz, pero el pensamiento se esfumó tan rápido como el humo, y es que él ya avanzaba hacia ella. Consiguió formar una media sonrisa tratando de parecer agradecido, aunque se acentuaba algo más.
– Esto sí que son maneras de felicitar, ¿no? Tiene gracia, ¿qué hubiera ocurrido si hubiera venido con los demás? – Aparte de que Natsuki se hubiera muerto de vergüenza de por vida, él se hubiera puesto eufórico, y no de la manera en la que ahora estaba. El pelirrojo ya había extendido los brazos igual que ella, y pronto no tardó en arroparla en un abrazo en el que luego palpó la piel desnuda.
Ambos no dijeron ninguna otra palabra más, pues Rin buscó sus labios hasta encontrarlos y devorarlos en un profundo beso, apretándole contra él y dejando correr toda aquella energía que la chica le había provocado en tan pocos segundos.
Había seguido la carrera de Rin desde que éste había comenzado a entrenar para luego competir en torneos antes de prepararse para los Juegos Olímpicos, festejando con él cada victoria que conseguía y dándole su apoyo incondicional por cada derrota, dándole ánimos para seguir esforzándose por su sueño. Ella más que nadie comprendía lo difícil que es entrar a ese mundo, por lo que intentaba serle lo más útil posible, dándole consejos acerca de lo que sabía. Y, por el momento, éstas parecían ir funcionando ya que Matsuoka iba mejorando.
El último torneo del año era en Sídney, en la misma ciudad en la que Rin vivía después de haberse graduado de la escuela, que luego de haberse asentado allí logró conseguir su propio departamento para que pudiera vivir por su cuenta. Y aprovechando de las fechas festivas, Natsuki fue a visitarlo quedándose unos días allí antes de volver a Francia, dónde ella estudiaba para ser diseñadora de modas.
Le hubiera gustado ir a ver la final, pero si lo hubiera hecho, su plan no habría funcionado. Y en decir verdad, no sabía por qué ni cómo había decidido hacer algo así, pero estaba con ánimos de hacerlo. Ya no tenía la vergüenza para hacer esas cosas.
Después de ver la transmisión por la televisión, utilizó uno de los delantales que solía ponerse cada vez que se hacía cargo de preparar la comida después de salir del baño, asegurándose de ponerse también el perfume que a Rin tanto le gustaba.
Aguardó hasta su llegada, y cuando apareció lo recibió como normalmente lo hacía, con la única diferencia de que llevaba nada más que el delantal, y por lo visto éste pareció gustarle lo que veía.
❝En ese caso, yo me habría cambiado al instante, porque podría haberlos escuchado a ti y tus compañeros desde aquí❞ comentó con gracia, yendo hacia él una vez que había extendido los brazos y la atrapó en ellos, sintiendo cómo la reacción de su piel ante el contacto ajeno. Luego de eso no pudo decir más nada, ya que sus labios fueron rápidamente ocupados por Rin, atrapados por un beso fogoso que le hizo saber a Natsuki que logró su cometido.