Habían comenzado a llegarle con más frecuencia los rumores de guerra. Ya el tema estaba en boca de algunos viajeros que se topaba en su travesía al sur y se estaba volviendo habitual que más cazadores de recompensas colocaran carteles de cacería de dragones en los tableros de anuncios. La época de caza se había abierto hace ya varios años pero últimamente la cantidad de hombres que se dedicaban a ello estaba aumentando.
'Le venderé una cría de dragón al rey y ganaré su favor.'
'Si tan sólo fuera capaz de asesinar a un dragón, la fama a mi estirpe nunca le faltaría'
'Cuenta la leyenda que si bebes sangre de dragón lograrás la juventud eterna'
Era común que Eileen escuchara palabras como estas de la gente que se topaba en los caminos y sólo podía morderse los labios hasta hacerlos sangrar de la impotencia. Si no estaba transformada era totalmente inútil pelear con los cazadores...aún así la impotencia de escuchar cómo iban a jugar con sus hermanos dragones le hacía hervir la sangre. ¿Separar a las crías de sus madres? Realmente no sabían lo doloroso que era vivir sin una...no tenían idea de cuanto sufrían los niños mestizos al no tener el calor que la mayoría de los humanos podía experimentar. Sus labios sangraban entre más y más tonterías como esas escuchaba.
Ya no sabía que hacer la pelirroja; las palabras por mucho que se alejara de las rutas principales le seguían llegando y taparse los oídos no servía para callarlas. Maldecía cuando se encontraba con un cazador que había logrado su cometido y mostraba jactante su trofeo a sus pares. Huevos de dragón podridos por no tener quien los cobijara o escamas de una piel cambiada...y aún así Eileen no podía odiar a los humanos. Sabía que no todos eran así.
- Si de verdad existe un Dios...si de verdad el Rey es su enviado en la tierra...¿Porqué permite que tanta maldad esté destinada a mi raza?- Susurró con los ojos con lágrimas mientras se cubría más con su capa. Ella realmente no podía entenderlo. Dolía mucho.
De pronto sintió unos pasos cercanos y limpió sus ojos, buscó la pequeña daga que le había robado a su padre y aclaró su voz. Tenía que poder defenderse sola.