Día 175: Feliz año del mono.
Para empezar informo de que se me pasó la sobredosis y que ya no sufro los estragos de la reacción alérgica. He tenido una tos muy fea que ha sido sustituida por unos mocos poco consistentes. En fin, que no nos falte salud.
Ha pasado una bonita semana por París, el sol parece que está acompañándonos en estos días tan fríos. Nos acompañó el pasado miércoles obligándome a saltarme mi cita establecida con el pompidou para dar un paseo y acabar en una pastelería de 10. Me comí una magdalena de verdad, no era un muffin. Era una magdalena como las de Zamora. Una delicia.
El sábado parimos nuestro primer taller como asamblea, taller que surgió de la necesidad que he estado percibiendo desde que llegué. Necesidad de ser conscientes de los derechos de las aupairs y de saber detectar el acoso. Hubo fallos, pero para ser nuestra primera vez estoy muy contenta de cómo salió. Se harán más, seguro!
Después del taller incluida su tercera parte acompañada de una cerveza, tuve la oportunidad de disfrutar de la obra de teatro Illusions perdues, que nos recibía en el teatro de Belleville con un vaso de vino. Fue una pieza maravillosa, de la que salí encantada. Era teatro principalmente gestual lo que me vino de lujo para no tener ningún problema de comprensión. Cuando pensaba que el día no podía ir mejor, el destino puso en mi camino un restaurante chino. Pero chino de verdad, chino en el que todos sus clientes son chinos. De hecho creo que estaban celebrando la llegada del nuevo año, porque las mesas que había en aquel pequeño local llevaban un letrero luminoso que ponía “cominola familiar china”. Quiero que os hagáis una idea del nivel de gozo gastronómico, que según estoy escribiendo estoy salivando y pensando cuando volveré. Por motivos obvios, se ha convertido en un lugar secreto al que sólo se podrá acudir bajo invitación secreta y serás transportado con los ojos vendados hasta el propio restaurante. No queremos turismo de masas en estos pequeños rincones tan exquisitos.
Hacer la croqueta por toda la cama está en mi lista de cosas imprescindibles que hacer los fines de semana. Los domingos en especial. Como estuvo lloviendo toda la mañana pues creo que no podía haber una mejor forma de pasarla. Hasta que el hambre de postre me hizo salir de la cama. Una vez satisfecha mi gula chocolatera, fue momento asambleario. Y no había mejor forma de cerrar el domingo que, alucina, acudiendo a una jam session de música oriental, en un barco. Toma ya.
Desgraciadamente nos encontramos una escena difícil de digerir en el restaurante donde yo esperaba celebrar San Valentín. Pensaba yo que terminar la noche en el resto Les delices d'amour iba a ser de todo menos duro, pero nunca sabes lo que te puedes encontrar. En cierto modo, se consiguió que fluyera un poco de amor en ese restaurante cuando de pronto alguien es simplemente humano y muestra empatía. Sólo hace falta que una persona se implique para que el resto se una. Menos amor romántico y más amor humano es lo necesario.
Al día siguiente por suerte salió el sol y además de disfrutar del basket mañanero con mis zapatillas nuevas. Sí, me he comprado unas zapatillas de baloncesto y un balón. Todo muy barato gracias a Decathlon. Tan barato que con mi primer día de juego ya las zapatillas se han roto. Después de eso, retomé mi cita con el Pompidou y menos mal. Si me llego a perder la expo de Wifredo Lam, me hubiese arrepentido. Wifredo Lam, pintor con aspecto sereno con una fijación por los senos y las barbillas en forma de testículos. Después de esta observación, ayer al fin sacié mi antojo de crepe. Con una digestión bajo el suelo parisino, corriendo veloz hacia todos los metros posibles para que la pequeña Little princess no notara mi pequeña impuntualidad. Cosa que conseguí por cierto.