Frotó su mano sobre el cuerpo del australiano apenas recibió el abrazo. Cuando se separó, carraspeó y sonrió de nuevo, antes de beber de su vaso. Lo miró cuando lo escuchó, pero al escucharlo, evitó mirarlo. Tragó con dificultad y frunció sus labios antes de relamer los mismos. No, no sonreía. — Tienes demasiado en tu cabeza ahora para escuchar lo que tengo para decir pero necesito que sepas que mis sentimientos son reales, los que tengo por ti -afirmó, cerrando sus ojos dos segundos, estaba medió arrepentida por decir eso en voz alta- Quizás hubiese sido más sano que me odiaras y no quisieras verme más, yo pensé que lo mejor era alejarme de ti pero en verdad no puedo. Le diste a mi vida todo un amor que yo no conocía, el amor de familia. Eres alguien que quiero cerca, incluso si no estamos juntos. Quiero ser todo lo que necesites y pueda darte, si me dejas, lo seré -llevó una mano a su pecho- Siento que debías oírlo de mi, porque soy mala dejando las cosas sin decir, puedes llegar a pensar mal de mi... y no quisiera eso -se confesó, sintiéndose aún peor cuando notó que estaba hablando de algo, y no algo bueno como había pedido- Habiendo dicho eso... Italia me gustó pero sigo estando obsesionada con Australia -confesó cerrando un ojo más que otro, como si le diera vergüenza admitirlo pero una sonrisa asomó por sus labios, enseguida mirándolo con más naturalidad. Aunque por un momento quiso observarla hablar, tuvo que desviar la mirada porque sí, tenía demasiado en su cabeza como para tratar aquel tema sin ningún tipo de aviso o preparación. Por eso fue que se removió en la silla por tercera vez desde que ella había llegado y clavó sus ojos azules en su cerveza. Ante la última confesión quiso reírse pero sólo salió un bufido, así que decidió beber y lo hizo casi acabándose el vaso. —Lo que dije, que tendrías un lugar, a pesar de lo que sucediera entre nosotros era cierto —comenzó aunque carraspeó antes de seguir—. Pero no sé si… quiera verte aún. No así, no ahora. Estoy pasando por algo complicado y no pude decir que no al verte, aún si sabía que no sería la mejor idea, eres lo más cercano que tendría a… El australiano levantó el vaso para acabarlo, relamiendo sus labios, en lo que pensaba. —A sentirme contenido... pero creo que es muy pronto y mi cabeza no está muy estable ahora mismo —inspiró aire y lo soltó en un bufido corto antes de finalmente buscar sus ojos—. Espero que seas feliz con él, de verdad. Lo mereces. Frunció un poco su ceño con pesar, como si algo le doliera. Y le dolía, verlo mal, no poder contenerlo como hubiese querido por estar conteniéndose a limitar su contacto. Rodó los ojos cuando no pudo verla, presa de su frustración. Frustración que terminó por implotar al oír lo último. — No, por favor -pidió, alzando una mano, casi interrumpiéndolo así. Cubrió sus ojos con una mano. — Sé que crees que merezco ser feliz, y bueno, creo que todos lo merecemos... Pero no creo que yo esté yendo por el camino correcto, ¿sabes? Sólo no quiero hablar del tema ahora -aclaró alzando las cejas- En realidad no quiero que tú seas... así. Prefiero realmente que no me digas nada, no me desees el bien, deja de ser como eres. Ódiame o algo -pidió con una sonrisa, casi sin poder creer lo que estaba pidiendo. Es que Brysen era excelente persona y ella siempre había sentido atracción hacia él por su personalidad y por sus buenos deseos. Una parte de ella se creía estupida, la mitad de ella odiaba a la otra mitad que había ido detrás de una persona que ya la había rechazado y a su entender, la quería por descarte. Una parte de ella realmente creía haberla cagado, pero la parte adolescente premiaba más. Esa parte de ella que no había vivido amores estúpidos en su juventud porque no había podido, reflotaba ahora, en un momento inoportuno. Suspiró y cerró sus ojos un momento. — ¿Con lo que dijiste me estás diciendo que es mejor no vernos? -preguntó aquello porque era lo que había deducido. “Ódiame o algo.” Aquello logró hacerlo reír, aunque fue de manera silenciosa y sin dudas sin rastro alguno de gracia, humor, o cualquier sensación positiva. Tomó su vaso en esa pausa, y aún sabiendo que ya lo había terminado volvió a empinarlo más para hacer algo con su mano que buscando esas dos gotas de cerveza que ganó. Brysen llenó sus pulmones de modo que su espalda se agrandó y contuvo la respiración un momento antes de nuevamente buscar observarla. —No por ahora… por hoy y quizás mañana —respondió con evidente molestia hacia sí mismo y la situación—. Creo que no puedo hacer como tú, y pasar página sin más. El australiano tocó su bolsillo antes de meter la mano para sacar su billetera y así un par de billetes que cubrirían las bebidas de los dos y la propina. —Sí me gustaría que sigamos en contacto, si estás de acuerdo —y aunque quiso ponerse de pie, no lo hizo, su cuerpo no respondió. No podía simplemente dejarla sola allí. Escondió su mueca al notarlo y se quedó en silencio otros segundos—. Déjame alcanzarte hasta tu departamento, o hacia donde vayas, ¿por favor? Los ojos azules de Imogen recorrieron los gestos de Brysen, y su mirada se quedó en el dinero sobre la mesa. Estaba clara su intención, y ya lo habían hecho antes así que se preparó para quedarse allí sola. Tomó aire por la nariz y con cierto coraje, desvió la mirada para terminar de escucharlo. Entonces frunció el ceño y poco a poco volvió a mirarlo. Entendía que ella le había hecho daño a él, y entendía que ese era su vuelto y que lejos estaba de querer hacerle daño pero eso le estaba doliendo. ¿Podía pedirle que no, que no le dijera eso? ¿Podía decirle que no quería cumplirlo? ¿Por qué no podía parar de ser tan egoísta con él? — Necesito que leas algo -le pidió, frente a todo pronóstico. Una vez más, giró hacia su bolso y sacó de él un papel con un texto impreso que ella había seleccionado: “What’s the difference?” I asked him. “Between the love of your life, and your soulmate?” “One is a choice, and one is not.” Se podía leer, porque la letra no era chica. Dejó aquel texto sobre la mesa y lo acercó para que él pudiese leerlo. — Puedo irme sola -le afirmó, aunque su voz estaba algo quebrada. Imogen no solía llorar en público pero estaba al borde de hacerlo en aquel bar. Se puso de pie y se alejó unos pasos, pero se detuvo y regresó con cierta decisión para poder tomar su rostro y besarlo. No fue un gesto muy alargado pero fue sentido. Incluso acarició su rostro con sus dedos antes de alejarse y corretear hasta la salida del bar.













