Domingo 22 de marzo. 2026 | Parte II
—Está en la sala —le dijeron en algún momento.
La oriunda de Maine sintió cómo algo se le acomodaba distinto en el pecho al escuchar eso. No respondió, solo asintió. También tardó un poco más de lo necesario en moverse. El pasillo seguía siendo el mismo. Las tablas de madera crujieron en los mismos lugares. Pensó que podría haberlo recorrido con los ojos cerrados.
Cuando llegó a la sala, lo vio. Theodore estaba sentado en el sillón, con una manta sobre las piernas. La televisión encendida sin volumen. La luz azul le daba un tono extraño a la piel. Más pálido, más distante.
Ella se quedó en el umbral, no dijo “papá” de inmediato, tampoco corrió a abrazarlo, como hubiera deseado hacer. Lo miró primero, como si necesitara encontrarlo ahí dentro, ubicarlo. Él giró la cabeza un segundo después, como si percibiera algo. Sus ojos se posaron en ella, pero no hubo reconocimiento instantáneo. Hubo una pausa, un cálculo.
Kenzie sintió ese pequeño espacio como caída libre.
—Hola —dijo al fin, con suavidad, avanzando un paso.
La palabra se apoyó en el aire sin demasiado peso. Theodore la miró un segundo más. Sus cejas se fruncieron apenas, como si estuviera buscando una respuesta en algún lugar al que ya no llegaba con facilidad.
—Viniste —dijo finalmente.
No fue una pregunta. No había una emoción especial en la voz. Mackenzie asintió y sonrió apenas. No corrigió nada. Se acercó lo suficiente como para poder tocarle el hombro, pero no lo hizo enseguida, dudó un segundo. Después apoyó la mano con cuidado, como si pudiera romper algo.
—Sí —respondió—. Vine.
Su padre volvió la vista a la televisión al poco tiempo. Como si la escena ya hubiera terminado para él. Kenzie se quedó de pie un momento más, con la mano todavía apoyada, sintiendo la calidez bajo su palma. Después la retiró despacio. No insistió.
Volvió a la cocina con pasos silenciosos. Dijo algo que probablemente no recordaría después, escuchó respuestas que tampoco se quedarían. En algún punto comió, más por su abuela que por tener apetito. En otro, dijo que estaba cansada.
La habitación donde iba a dormir estaba al fondo. No era la suya de antes. O sí, pero no del todo. Había menos cosas, otras distintas. Cerró la puerta con suavidad. Se sentó en el borde de la cama sin prender la luz. El silencio ahí era otro. más espeso, más presente. Sacó el celular del bolsillo casi por reflejo. Miró la pantalla pero no había mensajes nuevos en ese instante. La sostuvo igual, como si fuera un objeto que anclaba.
Pensó en Cameron. En su respiración al dormir, en el peso de su cuerpo cuando se le subía encima sin pedir permiso. En la voz de Ian, en la forma en que llenaba los espacios sin esfuerzo. La cama se sintió demasiado grande. Kenzie apoyó las manos sobre las rodillas y bajó la cabeza un segundo. No lloró, no todavía. Lo que tenía era otra cosa: una mezcla rara de vacío y claridad.
Desde el otro lado de la pared, escuchó movimiento. Una voz. La de su padre. No entendió las palabras. Se quedó quieta, escuchando, como si pudiera reconstruir algo desde ahí. No se levantó. Solo respiró. Y por primera vez desde que llegó, entendió que no estaba ahí de paso.




















