Infierno IV o la belleza de una contradicción
La palabra “limbo”, que se escribe y pronuncia de forma idéntica en español e italiano, proviene del latín limbus, “borde, extremo, margen.” Por largo tiempo los católicos la utilizaron para designar un reino inquietante localizado más allá de la muerte; pero el concepto se reevaluó en 2006, cuando la Comisión Teológica Internacional reportó su clausura. Desde entonces el limbo, en una palabra, ya no existe; pero fuera de subrayar la sorpresa de que se pueda hablar de la desaparición de un reino imaginario, puede resultar útil elucidar las razones por las que se postuló siglo tras siglo la necesidad de su existencia. La polémica es antigua. Su origen es difícil de localizar, pero se convirtió en tema de primer orden durante la época de Pelagio (IV – V d.C.), teólogo britano, uno de los más elocuentes adversarios de Agustín de Hipona, que negaba la existencia del pecado original. El asunto es este: si se acepta con Agustín que todos los seres humanos portamos desde nuestro nacimiento una mancha pecaminosa heredada de Adán y Eva, y que a esa falta sólo la borra el sacramento bautismal, ¿qué ocurre con los infantes que mueren antes de que se les administre dicho sacramento? Si se sigue a pie juntillas la doctrina, aunque mueran en completa inocencia esos bebés deben ir al infierno. A pesar de ese problema, la Iglesia se inclinó por las ideas del obispo de Hipona; pero eso pareció dejar a los bebés no bautizados condenados para siempre. En el siglo XIII, haciendo eco de antiguas consideraciones sobre ese dilema, Alberto Magno acuñó el término ‘limbus’ para referirse al sitio fantasmal entre el cielo y el infierno reservado a esos bebés. Dicho espacio, llamado limbus puerorum [limbo de los niños], es uno de los dos limbos autorizados por la ortodoxia medieval. El otro, que deriva de una idea mucho más antigua, el ‘seno de Abraham’ de Lucas 13, 22, era el limbus patrorum [limbo de los padres], que habitaron los patriarcas de Israel durante el período entre su muerte y la llegada de Cristo. Luego de la crucifixión, el hijo de Dios descendió allí para salvarlos y el limbus patrorum fue clausurado. Entonces eso era, en resumidas cuentas, el limbo en la época en que se escribió la Comedia: un incómodo compromiso doctrinal para que los bebés no bautizados y los elegidos por el Dios del Antiguo Testamento no tuvieran que padecer la inexcusable situación de pasar una temporada en el infierno. Por eso, al llegar al limbo dantesco y encontrarse con que es el primer círculo del reino del mal, el lector de la época versado en teología habrá visto una insólita contradicción. ¿De qué sirve este espacio si su único propósito, otorgarle un ápice de misericordia a infantes y patriarcas, está invalidado de antemano? Y esa confusión se convertiría en embarazo, e incluso en ira para algunos, notablemente San Antonino de Florencia, al ver que a los infantes se los menciona en apenas un verso, y a los patriarcas en una decena, mientras que el grueso del canto, más de cien versos, se dedica a un castillo iluminado por una luz melancólica donde habitan, no sólo paganos como Homero y Aristóteles, sino también musulmanes como Averroes y Saladino. Los primeros comentadores de la Comedia —Giovanni Boccaccio, Pietro, el hijo de Dante, y Guido da Pisa—, inquietados por la osadía con que Infierno IV se aleja de la ortodoxia, llegaron a afirmar que aquí el poeta había perdido las luces, que se había dejado llevar por la imaginación. Al lector moderno esa excusa piadosa le puede sonar cómica; es evidente que en la Comedia entera Dante se deja llevar por su imaginación inconmensurable. Pero la suya es una imaginación rigurosa como pocas, y puede resultar productivo pensar por qué, en el momento de planear la construcción de su limbo, Dante se atrevió a contradecir a los teólogos de forma tan flagrante. El limbo dantesco, con su luz que aleja la oscuridad del infierno pero no puede sobrepasarla, con sus caras ni tristes ni alegres que rodean con tersa gravedad al poeta para conversar en voz baja, y sobre todo con ese verso tremendo que declara que la pena de estas almas es vivir sin esperanza pero en deseo perpetuo, se asemeja, en palabras de Amilcare Ianucci, a una “tragedia de la necesidad” al estilo griego. Como Edipo, como Penteo, los paganos e infieles virtuosos del nobile castello lo hicieron todo bien; pero viven inmersos en una invivible paradoja, porque la virtud exclusivamente humana que cultivaron es a la vez y para siempre la razón de su nobleza y el motivo de su condena. Por eso no es casual que Virgilio palidezca cuando escucha los suspiros de sus compañeros de círculo al principio del canto. Son los suyos propios; son el cántico resignado de un deseo sin futuro posible que se prolongará por toda la eternidad. Un deseo que estas almas magnánimas mitigan mínimamente con sus paseos por el jardín, con sus conversaciones sobre temas eruditos; con la paciencia a la vez madura y forzada de quien en su sabiduría entiende que nunca alcanzará lo que anhela sin remedio. En el canto 22 del Purgatorio Dante se refiere a Virgilio, que lo conducirá a las puertas del paraíso terrenal para después tener que regresar al infierno, como un maestro que no se puede salvar a sí mismo, pero sí a su discípulo, pues la luz con que lo guía la lleva atada a la espalda. A ese símil, como a todo el canto cuarto del Infierno, lo dicta una mezcla admirable de lucidez y ternura. Dante se atreve a contradecir de frente la ortodoxia, a reimaginar el limbo como un noble castillo para los sabios no cristianos que nutrieron su biblioteca y su alma, porque cree firmemente que no puede haber salvación sin Cristo; y porque al mismo tiempo le parece intolerable aceptar que se pueda condenar a grandes artistas, líderes e intelectuales por el hecho, tan innegable como casual, de que no conocieron a Cristo. El limbo dantesco, en suma, es una contradicción; y qué contradicción tan hermosa.












