☾ Nuestras almas rotas apenas sobrevivieron aquel invierno. Buscábamos un lugar seguro, donde poder sanar. Queríamos calidez tras todos los vientos fríos que insistían en volar lo que quedaba de nosotras. Las tormentas y nevadas casi eternas nos dejaron entre la vida y la muerte, apenas respirando.
Al invierno nunca le interesó quién tenía un refugio, simplemente es lo que es. Y su frío nos había lastimado profundamente a ambas, dejándonos con lágrimas de hielo estancadas en nuestras mejillas. Sin voz, ya que eran prisioneras del nudo en nuestra garganta.
Por casualidad, nos encontramos. Y en los ojos de la otra reconocimos nuestros propios demonios, familiarizadas con la oscuridad de los mismos. Creo que por eso me apegué tanto a tu alma, porque quería alguien que entienda. Y encontré mi hogar en tus abrazos, después de estar perdida en esta nevada que nunca termina.
La primavera nos recibió a ambas con ternura, pero más importante, recibimos a la otra. Con ella, floreció la esperanza. Creí ver una nueva luz en el brillo de tus ojos cálidos, y de repente los girasoles que tanto amabas florecieron en mi mente. La verdad es que todo estaba lleno de rosas para nosotras, y lo sabíamos. Fue una lastima que nos hayamos acordado que las rosas tienen espinas, podríamos habernos ahorrado el dolor en el futuro.
Nos llenamos de la otra, y las líneas que nos separaban eran cada vez más borrosas. No creía que podría volver a existir un yo sin tu presencia, y te dejé entrar a las partes más oscuras de mí.
Sanamos, con la ayuda de la otra. Crecimos junto con las flores. Pero éstas no son eternas, con el tiempo mueren. Y nosotras también lo hicimos.
El verano reemplazó a la primavera, y nosotras ya no éramos lo mismo. Te llamé mi sol, pero olvidé que acercarme demasiado podía derretir mis alas. Seguíamos bien, pero aquello que habíamos arreglado comenzó a quebrarse nuevamente. Pensábamos que el amor era suficiente para seguir adelante, para seguir juntas, pero no lo fue. Aprendí dolorosamente que a veces, ni todo el cariño del mundo es suficiente.
Llegó el otoño, e irónicamente, nosotras caímos con sus hojas marchitas. Pero nuestra caída no fue digna de una fotografía, no lucimos preciosas al caer. Lucimos rotas, y tal vez, lo estamos.