Cuando Simon Smirk finalmente logró superar su adicción a la heroína, comenzó a tener ataques incontrolables de comezón en el brazo donde se inyectaba la droga. La sensación era tan persistente que tenía que rascarse con fuerza, a veces hasta hacerse sangrar.
Mientras se sentaba a ver una película de trama compleja o si se adentraba en la lectura de un libro interesante, o bien cuando platicaba con un amigo inteligente, la comezón disminuía a un nivel soportable. Pero al quedarse solo o no enfrascarse en una actividad que requiriera de su total concentración, la comezón volvía, más terrible.
Era una sensación molesta e inquietante, pero Simon, a pesar de todo, no consideraba que fuera grave y trató de mantenerse ocupado todo el tiempo posible, con mayor o menor éxito. Un día, mientras conversaba con uno de sus amigos más cercanos, éste le hizo notar una pústula desagradable en la sangradura del brazo, de la que supuraba un líquido verdoso y espeso. —Simon, eso se ve mal.
Simon creía que había logrado controlar la tentación de rascarse, pero esa cosa en su brazo le hizo comprender que la comezón no sólo venía durante el día, también al dormir, cuando era incapaz de evitar rascarse hasta causarse lesiones. La herida le recordaba las infecciones causadas por las inyecciones de droga cuando usaba la misma aguja varias veces, o cuando usaba la de alguien más. Fue una suerte que nunca se hubiera contagiado de nada.
El doctor le recetó un antibiótico para controlar la infección y un antihistamínico para eliminar la comezón, pero mientras que aquélla cedió, ésta persistió, y sólo rascarse enérgicamente, hasta desgarrarse la piel con las uñas afiladas, le causaba alivio, aunque sólo momentáneamente. La comezón no tardaba en volver, un poco más virulenta cada vez.
También regresó la infección. El doctor le advirtió que si no dejaba de provocarse esas heridas, podría causarse una lesión irreversible, incluso podría perder el brazo, pero Simon no podía evitarlo. No es que quisiera lastimarse a sí mismo, pero rascarse así era la única forma de aliviar eso que lo atormentaba.
Al despertar cada mañana, encontraba bajo sus uñas una masilla que no podía ser otra cosa que su propia carne, lacerada y arrancada con violencia. Simon intentó por distintos medios evitar lastimarse mientras dormía. Probó con guantes gruesos, cubriendo su brazo con bloques de esponja, atando la mano culpable a la cama, pero nada daba resultado. La comezón era tan incisiva que Simon tenía que rendirse a la tentación. Entonces liberaba su mano, descubría su brazo. Sólo rascarse tenía sentido.
Comenzó a aceptar su nueva vida como consumidor permanente de antibióticos, lo que no era bueno ni para su bolsillo ni para su salud general. El aspecto de su brazo empeoró poco a poco, se fue convirtiendo en un paria repulsivo. Perdió su trabajo y las personas lo rechazaban. Hubo quien llegó al extremo de agredirlo verbalmente, llamándolo sucio, enfermo o monstruo. A ese paso, no pasaría mucho antes de que alguien quisiera meterle una bala. Simon soportaba su situación estoicamente, pero a veces la ira lo invadía. Descubrió que cuando se dejaba inflamar por el enojo, la comezón disminuía, ¿o él era quien dejaba de sentirla?
El alivio que le daba la rabia era efímero. En cuanto se daba cuenta de su ausencia, la comezón regresaba. “Tal vez debería matarme yo mismo”, pensaba Simon, pero ese pensamiento no llegaba a más.
Un nuevo episodio infeccioso, particularmente insidioso, lo mandó directo a urgencias. Los médicos de diversas áreas, incluyendo psiquiatría y neurología, analizaron su caso. Lanzaron hipótesis, sugirieron tratamientos alternativos, incluso se habló de trepanación, pero nada fue concluyente. Ninguno de aquellos expertos logró identificar la causa de aquella comezón tan perniciosa. Se habrían necesitado años de investigación para encontrar la patogénesis y neutralizar los síntomas, pero Simon no tenía más tiempo: si no le amputaban el brazo a la brevedad, corría el riesgo de que la necrosis avanzara hasta alcanzar el torso, lo que resultaría en una muerte lenta y agónica.
Simon Smirk abrió los ojos con dificultad. Por primera vez en mucho tiempo se sintió libre. Lamentaba la pérdida de su brazo, pero no se arrepentía. “Al menos no fue el que uso para escribir”, se dijo para consolarse. Contemplaba su brazo ausente, el espacio vacío que había quedado debajo del feo muñón. Pensó que nunca llegaría a acostumbrarse a ese amasijo de tejidos. Le hacía pensar en miembros arrancados con violencia.
Aunque ya no tenía brazo, Simon sentía un leve hormigueo donde una vez lo había tenido. El jefe de cirujanos le había explicado, días antes del procedimiento: —Señor Smirk, es posible que, tras la operación, usted sea capaz de sentir un hormigueo en el miembro fantasma. —¿Qué quiere decir? —preguntó Simon, preocupado. —La percepción, señor Smirk, es la mejor versión del cerebro sobre lo que pasa en el mundo.
El cirujano trató de explicarle lo más claramente posible que la percepción es, básicamente, una mezcla de señales sueltas y dispersas, memorias y procesos mentales imperfectos. El cerebro las toma y con ellas crea la experiencia de los colores, sonidos, texturas, formas, olores, sabores y significados. El paciente sufre de dolores fantasma no porque algo esté hiriendo su miembro amputado, sino porque ésta es la percepción que sus ondas cerebrales elaboran como la mejor hipótesis posible sobre lo que está ocurriendo. Aunque amortiguada por la inconsciencia anestesiada, el cerebro es capaz de registrar la herida que culminaría con la amputación del miembro. —No entiendo. —El sensorio no envía el dolor al cerebro, el dolor se origina en él. El cerebro cree que algo lastima el cuerpo al que pertenece y envía las señales de dolor que considera propicias, señor Smirk. El cerebro cree que algo le está causando una herida, no se da cuenta de que ya no hay brazo al cual herir.
No pudo abrir los ojos del todo, sólo consiguió formar una rendija angosta que dejaba pasar muy poca luz. El mundo parecía hecho de sombras. Simon se sentía débil y quería dormir. Aunque vagamente esbozados, ya tenía planes de recuperar su trabajo y retomar su vida donde la había dejado. Al terminar los cuidados de la sala de recuperación, fue llevado a su habitación, donde se durmió a profundidad, soñando en cómo todo iba a mejorar a partir de ahora.
Al aminorar los efectos de la anestesia, el hormigueo en el brazo fantasma fue dando paso a una leve pero cada vez más molesta comezón. Simon despertó a la agonía de ser incapaz de rascarse.











