cuando llegó quisimos mantenerlo en la sala. aquí se va a quedar, tiene suficiente espacio, dijimos. ¿y si le pongo la caja con arena debajo del escritorio y los platitos del agua y la comida en la esquina, a un lado del librero?
y así lo hice.
a la semana el gato se expandió hasta la cocina; pronto aprendió a treparse a la mesa, al lavabo y encima del refri y a la alacena, e incluso hubo días en los que durmió encima del micro. ¿qué hacemos?, nada, ellos son incontrolables: no son como los perros que les puedes enseñar cosas, son, como, salvajes...
siguió el cuartito del clóset y luego el baño. ahora nos bañamos con la puerta abierta para que él pueda entrar y salir cuando bien le parezca. los pelos en la ropa dejaron de ser problema. ¿sí te fijas cómo se nos queda viendo cada vez que entramos por la ropa?, hasta parece una persona, y como que nos está vigilando.
atrasamos lo inevitable mientras pudimos pero menos se tardó el gato en imponerse que nosotros en acostumbramos a vivir en una casa que ya no era nuestra.
¿hazte para allá?, ¿qué?, ¡que te hagas a la orilla!, déjame dormir, no: el gato está en la cama, ok déjame me acomodo.
y ahora a cada paso en esta casa es antecedido por la anuencia de ese gato:
si estoy en el sillón, deja su condominio de tres plazas con alfombra y cuerda de ixtle y se me echa en la cabeza. si voy a la cocina a preparar algo de comer, se me enreda en los pies y me rasguña las cintas de los zapatos. si me recuesto en la cama, se me ovilla en la cara y me muerde la cabeza. ¿y si le hace falta compañía?, a lo mejor otro gato puede que ayude a mantenerlo entretenido. me sentí como esos matrimonios que están planeando tener otro hijo para evitar el divorcio.
no dije nada, en ese momento, pero días después, cuando el gato hacía una de sus ya cotidianas caminatas en mi cabeza, les dije: esta casa ya nos queda muy chica, es insoportable, no hay un solo centímetro de libertad, hay que empezar a buscar una casa más amplia en el viernesnocuesta.
pero el gato me ignoró y siguió en lo suyo y ya nadie contestó nada y yo, ahí, con mi gato en la cabeza, me imaginé descansando en el sillón de un amplísimo condominio de tres pisos tapizado de alfombra resistente a los arañazos, con gruesas columnas de ixtle. y no tiene por qué tener paredes porque no son necesarias, porque ese es un lugar cómodo, sin dudas, un hogar para todos y donde podemos vivir: yo, ella y el gato.