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J. K. Rowling escribe sus razones por las que habló de problemas de sexo y género
“Esta no es una pieza fácil de escribir, por razones que en breve se volverán evidentes, pero sé que es hora de explicar mi postura en un asunto rodeado de toxicidad. Escribo esto sin deseo alguno de contribuir a esa toxicidad.
Para quienes no saben: en diciembre del ‘19 retuiteé mi apoyo por Maya Forstater, una especialista en impuestos quien había perdido su empleo por tuits que fueron catalogados de ‘transfóbicos’. Llevó su caso a un tribunal de trabajo, pidiéndole al juez que determine si una creencia filosófica de que el sexo se determina por la biología está protegida por ley. El juez Tayler determinó que no.
Mi interés en asuntos trans databan de antes del caso de Maya por casi dos años, durante los cuales seguí cercanamente el debate sobre el concepto de identidad de género. He conocido a gente trans, leído libros varios, blogs y artículos hechos por gente trans, especialistas en género, gente intersexual, psicólogos, expertos en medidas de seguridad preventivas, trabajadores sociales y médicos, y he prestado atención a los debates en las redes y medios tradicionales. En un nivel, mi interés por este tema ha sido profesional, porque estoy componiendo una saga criminal que transcurre en la época actual, y mi detective mujer ficticia está en la edad para interesarse y ser afectada por estos asuntos, pero en otro nivel, es intensamente personal, como explicaré.
Todo esto tiempo que he estado investigando y aprendiendo, amenazas y acusaciones por parte de activistas trans erupcionaron en mi historial de Tuíter. Inicialmente, por un ‘me gusta’. Cuando comencé a interesarme por las cuestiones de identidad de género y transgenerismo, empecé a tomar capturas de pantalla de comentarios que me resultaban interesantes, como método de recordarme investigar luego. En una ocasión, sin querer puse ‘me gusta’ en vez de tomar captura de pantalla. Ese simple ‘me gusta’ fue juzgado como malpiensa (de la novela 1984) o pensamiento equivocado, y un persistente, de bajo nivel, acoso comenzó.
Meses más tarde, acentué mi crimen accidental del ‘me gusta’ al seguir a Magdalen Berns en Tuíter. Magdalen era una joven feminista y lesbiana increíblemente valiente y con un tumor cerebral terminal. La seguí porque quería contactarla personalmente, algo que pude concretar. Sin embargo, ya que Magdalen era una fiel creyente de la importancia del sexo biológico, y no pensaba que las lesbianas debieran ser tildadas de intolerantes por no querer estar en una relación con mujeres trans y sus penes, los activistas trans de Tuíter ataron cabos, y el nivel de acoso en las redes se incrementó.
Menciono todo esto solo para ilustrar que sabía perfectamente lo que iba a ocurrir cuando apoyara a Maya. Para ese momento, debía de ser mi cuarta o quinta ‘cancelación’. Tenía previstas las amenazas de violencia, que me dijeran que mi odio estaba literalmente matando gente trans, que me llamaran perra y conchuda, y, por supuesto, que quemaran mis libros, aunque un hombre particularmente abusivo me contó que los hizo composta.
Lo que no preví para el después de esta nueva cancelación es la avalancha de correos electrónicos y cartas tradicionales que me llovieron, de la cual la vasta mayoría son positivos, de agradecimiento y de apoyo. Provenían de una intersección de gente amable, empática e inteligente, algunos de los cuales trabajan en campos relacionados con la disforia de género y la gente trans, y que están profundamente preocupados con la forma en que un concepto socio-político está influyendo en la política, las prácticas médicas y las medidas de seguridad. Están consternados por los peligros para jóvenes, personas homosexuales y sobre el borrado de los derechos de niñas y mujeres. Sobre todo, les preocupa el clima de miedo que no beneficia a nadie –menos aún a la juventud trans.
Me retiré de Tuíter por muchos meses antes y después de publicar mi apoyo por Maya, porque sabía que lo que estaba haciendo no era nada bueno para mi salud mental. Solo regresé porque quería compartir un libro para niños gratuito durante la pandemia. Inmediatamente, activistas que claramente creen ser gente buena, amable y progresista se precipitaron a mi historial, asumiendo un derecho a corregir mis palabras, llamarme con insultos misóginos y, por encima de todo –como cualquier mujer involucrada en este debate sabe- a llamarme TERF.
Si no lo sabías -¿y por qué habrías de saberlo?- ‘TERF’ es un acrónimo inventado por activistas trans, que significa (en inglés) Feminista Radical Excluyente de Trans. En la práctica, una diversa y amplia intersección de mujeres están siendo denominadas TERFs y una vasta mayoría ni siquiera son feministas radicales. Ejemplos de estas supuestas TERFs se encuentran en el rango de una madre de un niño gay quien temía que su hijo quisiera hacer la transición para escapar de acoso homofóbico a una señora mayor hasta el momento completamente antifeminista que juró no volver a locales que permitan a cualquier hombre que diga identificarse como mujer entrar a los vestuarios de mujeres. Irónicamente, las feministas radicales ni siquiera son excluyentes de gente trans –bien incluyen a los hombres trans en su feminismo, porque nacieron mujeres.
Pero las acusaciones de comportamiento TERF han sido suficientes para intimidar a muchas personas, instituciones y organizaciones que alguna vez admiré, las cuales se están acobardando con estas tácticas. “¡Nos dirán que somos transfóbicos!” ¿Qué es lo siguiente, dirán que tienen la peste? Hablando como mujer biológica, muchas personas en posiciones de poder realmente necesitan tenerlas bien puestas (lo cual es, sin duda, literalmente posible de acuerdo con el tipo de gente que habla del pez payaso para demostrar que los humanos no somos una especie sexualmente dimórfica).
Así que, ¿por qué estoy haciendo esto? ¿Para qué hablar? ¿Por qué no hacer mis investigaciones en silencio y mantener la cabeza gacha?
Bueno, tengo cinco razones por las que estar preocupada por el nuevo activismo trans, y por las que decidí que debo hablar.
En primer lugar, tengo una fundación benéfica que se enfoca en aliviar la privación social en Escocia, con un énfasis particular en mujeres y niños. Entre otras cosas, mi fundación apoya proyectos de mujeres presas y sobrevivientes de abuso doméstico y sexual. También financio investigaciones médicas sobre la esclerosis múltiple, una enfermedad que se comporta muy diferente en hombres y mujeres. Se me ha hecho claro, desde hace ya un tiempo, que este nuevo activismo trans está produciendo (o producirá, si sus demandas se cumplen), impactos significativos en muchas de las causas que apoyo, porque impulsa a borrar la definición legal de sexo y reemplazarla con género.
La segunda razón es que soy una ex maestra y la fundadora de una caridad para niños, lo que me produce involucrarme tanto en la educación como en medidas de seguridad preventiva. Como muchos otros, tengo serias preocupaciones sobre los efectos que el movimiento de los derechos trans está produciendo en ambas áreas.
La tercera es que, como una autora muy cancelada, me importa la libertad de expresión y la he defendido públicamente, incluso para Donald Trump.
La cuarta es donde las cosas empiezan a tornarse verdaderamente personales. Me preocupa la enorme explosión de mujeres jóvenes deseando hacer la transición y también los números crecientes de las que parecen estar haciendo la de-transición (regresar a su sexo original), porque se arrepienten haber tomado esos pasos que, en ocasiones, alteraron sus cuerpos irreversiblemente y las dejaron infértiles. Algunas dicen que decidieron hacer la transición después de haberse dado cuenta de que eran homosexuales, y que esa transición estaba influida en parte por homofobia, ya sea de la sociedad o sus familias.
La mayoría de la gente no sabe –y yo ciertamente tampoco sabía, hasta que empecé a investigar en profundidad- que hace diez años, la mayor parte de quienes querían hacer una transición de sexo eran varones. El porcentaje actualmente se ha invertido. El Reino Unido experimentó un incremento del 4400% en niñas derivadas para tratamientos de transición. Las niñas autistas aparecen sobremanera en esos números.
El mismo fenómeno se ha observado en los Estados Unidos. En el 2018, la investigadora y médica estadounidense Lisa Littman empezó a explorarlo. En una entrevista, dijo:
“Padres en las redes describen un patrón muy inusual de identificación como transgénero donde múltiples amistades e incluso todo un grupo de amigos se identifican como trans al mismo tiempo. Habría sido negligente no considerar contagio social e influencia de los pares como potenciales factores”.
Littman mencionó a Tumblr, Reddit, Instagram y YouTube como factores contribuyentes para la Disforia de Género de Rápida Aparición, donde cree que en el reino de la identificación transgénero “la juventud ha creado cámaras de eco particularmente insoladas”.
Su publicación causó furor. Se la acusó de parcialidad y de divulgar desinformación sobre los trans, se la subyugó a un tsunami de abuso y una campaña preparada para des-prestigiarla tanto a ella como a su trabajo. La plataforma médica retiró el artículo de Internet y lo modificó antes de volver a publicarlo. Sin embargo, su carrera sufrió un impacto similar a la de Maya Forstater. Lisa Littman se había atrevido a desafiar uno de los dogmas principales del activismo trans; el que dice que la identidad de género de una persona es innata, como la orientación sexual. A nadie, insistían los activistas, se le podría influir en identificarse como trans.
El argumento de muchos activistas trans actuales es que si no le permites a un adolescente con disforia de género hacer la transición, se suicidará. En un artículo que explica por qué renunció en Tavistock (una clínica de género en Inglaterra), el psiquiatra Marcus Evans declaró que la aserción de que los niños se suicidan si no se les permite hacer la transición ‘no está acorde sustancialmente con estudios o información relevantes en esta área. Ni que está acorde a los casos con los que estuve en contacto durante décadas como psicoterapeuta’.
Los escritos de chicos transgéneros jóvenes revelan un grupo de gente muy sensible y sagaz. Mientras más leo sus historias de disforia de género, con sus acertadas descripciones de ansiedad, disociación, auto-lesiones y desprecio interiorizado, más me pregunto si, de haber nacido 30 años más tarde, yo también hubiera intentado hacer una transición. La seducción de escapar de la condición de mujer hubiera sido enorme. Lidié con un desorden obsesivo-compulsivo cuando fui adolescente. Si hubiera encontrado una comunidad y simpatías en línea que no hubiera tenido en ambientes inmediatos, creo que también hubiera sido persuadida a que me convirtiera en el hijo que mi padre abiertamente dijo que hubiera preferido.
Al leer sobre la teoría de la identidad de género, recuerdo cuán asexuada mentalmente me sentí durante mi juventud. Recuerdo la auto-descripción de Colette como “una hermafrodita mental” y las palabras de Simone de Beauvior: ‘Es perfectamente natural para la mujer del futuro sentirse indignada ante las limitaciones impuestas en ella por su sexo. La verdadera pregunta no es por qué debería rechazarlas: el problema es por qué las acepta’. Ya que no tenía posibilidades realistas de convertirme en hombre en los ‘80s, tuvieron que ser los libros y la música con los cuales atravesé mis problemas de salud mental y el escrutinio y enjuiciamiento sexuales que ponen a tantas chicas en guerra con sus cuerpos durante la pubertad. Afortunadamente para mí, encontré mi propio sentido de ser otra, y mi ambivalencia sobre ser mujer, reflejadas en el trabajo de escritoras y músicas que me reafirmaban, a pesar de todo lo que un mundo sexista intenta bombardearle a quienes tienen cuerpo de hembras humanas, que está bien no sentirse rosa, frívola y sumisa dentro de tu cabeza; que está bien sentirse confundida, oscura, tan sexuada como asexuada, insegura de qué o quién eres.
Quiero ser muy clara aquí: sé que hacer la transición es la solución para alguna gente con disforia de género, aunque también soy consciente a través de amplia investigación que los estudios han demostrado, consistentemente, que entre el 60 y el 90% de los y las adolescentes con disforia superan esa disforia. Una y otra vez me han dicho ‘solo sal y conoce algunas personas trans’. Lo he hecho: además de algunos jóvenes, que eran todos adorables, conocí a una auto-identificada mujer transexual quien es mayor que yo y maravillosa. A pesar de que ha hablado abiertamente de su pasado como hombre gay, me resulta difícil pensarla de otra forma que no sea una mujer, y creo (y ciertamente espero) que es completamente feliz de haber hecho la transición. Al ser mayor, sin embargo, tuvo que pasar por un proceso largo y riguroso de evaluación, psicoterapia y transformación en niveles. La explosión actual del activismo trans está exigiendo una eliminación de casi todos los sistemas robustos por los cuales los candidatos a re-asignación de sexo antes tenían que pasar. Un hombre que no tiene intenciones de operarse ni tomar hormonas ahora puede conseguir un Certificado de Reconocimiento de Género y ser una mujer ante la ley. Muchas personas no saben esto.
Estamos viviendo el período más misógino que he experimentado. En la década de los 80, imaginé que a mis futuras hijas les habría ido mucho mejor de lo que me fue a mí, pero entre la represalia contra el feminismo y la cultura en línea saturada de pornografía, considero que la situación empeoró significativamente para las niñas. Nunca había presenciado mujeres denigradas y deshumanizadas a los extremos que ocurren hoy. Desde el líder del mundo libre con su largo historial de acusaciones de asalto sexual y su orgulloso fanfarroneo de ‘agarrarlas por la concha’, al movimiento ‘incel’ (del inglés ‘involuntary celibates’ = ‘célibes involuntarios’) que arremeten con furia contra las mujeres que no les otorgan sexo, a los activistas trans que declaran que las TERFs merecen ser golpeadas y re-educadas, los varones en todo el espectro político parecen ponerse de acuerdo: las mujeres están buscando problemas. En todas partes, a las mujeres se les dice que se callen y se sienten, o sino.
He leído todos los argumentos sobre que la femineidad no reside en el cuerpo sexuado, y las aserciones de que las mujeres biológicas no tenemos experiencias en común, y me parecen, a mí también, profundamente misóginas y regresivas. También está claro que uno de los objetivos de negar la importancia del sexo es borrar lo que algunos parecen ver como la idea cruelmente segregacionista de que las mujeres nos hagamos dueñas de nuestras realidades biológicas o –igualmente amenazantes- realidades unificantes que nos haría una clase política cohesiva. Los cientos de correos electrónicos que he recibido estos últimos días demuestran que este borrado preocupa a muchos otros por igual. No es suficiente que las mujeres seamos aliadas de las mujeres trans. Las mujeres debemos aceptar y admitir que no hay diferencia material entre las mujeres trans y nosotras.
Pero, como muchas mujeres han dicho antes que yo, ‘ser mujer’ no es un disfraz. ‘Ser mujer’ no es una idea en la cabeza de un varón. ‘Ser mujer’ no es un cerebro rosado, una preferencia por cierta marca de zapatos, o cualquiera de las otras ideas sexistas que de alguna forma ahora se promueven como progresistas. Más aún, el lenguaje ‘inclusivo’ que llama a las mujeres ‘menstruadores’ y ‘personas con vulva’ impacta a muchas como deshumanizante y degradantes. Entiendo por qué a los activistas trans les parece que este lenguaje es apropiado y amable, pero para quienes hemos tenido peyorativos degradantes escupidos a nuestra persona por hombres violentos, no es neutral, es hostil y alienante.
Lo que me lleva a la quinta razón por la que estoy profundamente preocupada por las consecuencias del activismo trans actual.
He estado ante el ojo público por más de veinte años hasta ahora y nunca he hablado públicamente de ser sobreviviente de abuso doméstico y asalto sexual. No es porque me avergüence de que me haya ocurrido, sino porque es traumático recordar. Además, me siento protectora de mi hija de mi primer matrimonio; no quería reclamar la autoría exclusiva de una historia que también le pertenece. Sin embargo, hace poco le pregunté cómo se sentiría si fuera públicamente honesta sobre esa parte de mi vida, y ella me alentó a que lo hiciera.
Estoy mencionando esto ahora no como un intento de generar simpatía sino en solidaridad con los altos números de mujeres con historias como la mía, quienes han sido catalogadas de intolerantes por sus preocupaciones por los espacios segregados por sexo.
Conseguí escapar de mi primer matrimonio violento con cierta dificultad, pero ahora estoy casada con un hombre verdaderamente bueno y con principios, a salvo y segura en formas que ni en un millón de años hubiera esperado estar. A pesar de ello, las cicatrices que dejan la violencia y el asalto sexual no desaparecen, sin importar cuánto te amen, y sin importar cuánto dinero hayas amasado. Mi nerviosismo perenne es un chiste familiar –y hasta yo reconozco que es gracioso- pero rezo para que mis hijas nunca tengas las mismas razones que yo para odiar ruidos fuertes y repentinos, o detestar descubrir gente detrás de mí cuando no los oí acercarse.
Si pudieran entrar a mi cabeza y entender lo que siento cuando leo sobre una mujer trans que muere bajo las manos de un hombre violento, encontrarían solidaridad y camaradería. Poseo un sentido visceral del terror en el cual esas mujeres trans pasaron sus últimos segundos en la Tierra, porque yo también he experimentado momentos de miedo enceguecedor en los cuales me di cuenta de que lo único que me mantenía con vida era el tembloroso autocontrol de mi atacante.
Creo que la mayoría de la gente auto-identificada como trans no solo poseen cero amenazas a terceros, sino que también son vulnerables por todas las razones que ya he dicho. Las personas trans necesitan y se merecen protección. Como las mujeres, son más propensas a ser asesinadas por parejas sexuales. Las mujeres trans en la prostitución, particularmente las mujeres trans de color, están en particular peligro. Como cualquier otra sobreviviente de abuso doméstico y asalto sexual que conozco, no siento más que empatía y solidaridad por las mujeres trans abusadas por hombres.
Así que quiero que estén a salvo. Al mismo tiempo, no deseo que niñas y mujeres biológicas estén más expuestas al peligro. Cuando abres las puertas de par en par de baños y vestuarios a cualquier varón que cree o dice sentirse mujer –y, como he dicho, los certificados de identidad de género ahora pueden entregarse sin necesidad de cirugías u hormonas- entonces abres las puertas a cualquier y todo varón que quiera entrar. Es la simple verdad.
Una mañana de sábado, leí que el gobierno de Escocia está avanzando con planes de reconocimiento de género controversiales, que en efecto significarán que todo lo que un varón necesita para ‘convertirse en una mujer’ es decir que lo es. Para usar una palabra muy contemporánea, me ‘gatilló’. Metafóricamente en el suelo por los ataques incansables de activistas trans en las redes sociales, cuando yo solo había estado contestando los dibujos que niños habían realizado de mi libro compartido por la cuarentena, pasé gran parte del sábado en un muy oscuro lugar de mi cabeza, porque los recuerdos de un grave asalto sexual que sufrí en mis veintitantos reaparecieron en bucles. Ese asalto ocurrió en una época y lugar donde estaba vulnerable, y un hombre aprovechó la oportunidad. No pude apagar esos recuerdos y se me estaba dificultando contener mi enojo y decepción ante el modo que creo que mi gobierno está tomando a la ligera la seguridad de mujeres y niñas.
Para el atardecer del sábado, revisando el hilo de Tuíter de los dibujos antes de acostarme, olvidé la primera regla de esa red social –nunca, jamás, esperes una conversación coherente- y reaccioné ante lo que considero lenguaje degradante hacia las mujeres. Hablé sobre la importancia del sexo y desde entonces estoy pagando el precio. Era transfóbica, una conchuda, una perra, una TERF, me merecía la cancelación, que me golpearan y la muerte. ‘Eres Voldemort’, dijo una persona, claramente creyendo que era el único lenguaje que podría entender.
Sería mucho más sencillo tuitear las etiquetas aprobadas –porque por supuesto que los derechos trans son derechos humanos y por supuesto que las vidas trans importan-, juntar los créditos de mente abierta y regocijarme en el resplandor de mis señales de virtud. Hay placer, alivio y seguridad en conformar. Como Simone de Beauvior escribió, “…sin duda alguna es más cómodo soportar una ciega esclavitud que luchar por la propia liberación; los muertos, también, son más adecuados para la tierra que los vivos”.
Altas cifras de mujeres están justificadamente aterrorizadas de los activistas trans; y sé esto porque muchas se han contactado conmigo para contarme sus historias. Tienen miedo del doxxing (práctica de investigar y hacer pública información personal identificadora, como lugar de residencia y de trabajo, para acosar un individuo), de perder sus empleos o medios de subsistencia, y de la violencia.
Pero por más desagradable que este acoso constante haya sido, me niego a arrodillarme ante un movimiento que considero que está produciendo daños demostrables al querer borrar ‘mujer’ como clase política y biológica y al ofrecer cobijo a depredadores sexuales como pocos lo han hecho antes. Estoy de pie al lado de los valientes hombres y mujeres; gays, héteros y trans; que luchan por la libertad de expresión y pensamiento, y por los derechos y seguridad de algunos de los más vulnerables en nuestras sociedades: jóvenes gays, adolescentes frágiles, y mujeres que dependen de sus espacios segregados por sexo y quieren mantenerlos. Las encuestas demuestran que estas mujeres se encuentran en la vasta mayoría y excluyen a aquellas lo suficientemente privilegiadas o afortunadas de nunca haber enfrentado violencia machista o asalto sexual, y que nunca se molestaron en informarse cuán prevalentes estas problemáticas son.
Lo que me da esperanza es que las mujeres que pueden protestar y organizarse lo están haciendo, e incluso tienen a algunos hombres y trans verdaderamente decentes a su lado. Los partidos políticos que intentan apaciguar las voces más fuertes en este debate están ignorando las preocupaciones de las mujeres a costa de su seguridad. En el Reino Unido, las mujeres se están poniendo en contacto con la otra más allá de la afiliación política, preocupadas por el borrado de los derechos ganados con esfuerzo y la intimidación reinante. Ninguna de las mujeres críticas de género con las que he hablado odia a la gente trans; al contrario. Muchas se interesaron por estos asuntos en primer lugar desde su preocupación por la juventud trans, y son altamente empáticas con los adultos trans que solo quieren vivir sus vidas, pero están enfrentando represalias por un tipo de activismo que no apoyan. La ironía mayor es que ese intento de silenciarlas con la palabra ‘TERF’ ha empujado a más jóvenes hacia el feminismo radical que lo que el movimiento había visto en décadas.
Lo último que quiero decir es esto: no he escrito este ensayo con esperanzas de que alguien me toque el violín, ni siquiera uno pequeñito. Soy extraordinariamente afortunada; soy una sobreviviente, definitivamente no una víctima. Solo mencioné mi pasado porque, como cualquier otro ser humano en este planeta, tengo un historial complejo, que le da forma a mis miedos, mis intereses y mis opiniones. Nunca olvido esa complejidad interior cuando creo personajes ficticios y desde luego que no lo olvido respecto de la gente trans.
Todo lo que pido –todo lo que deseo- es la misma empatía, la misma comprensión, ofrecida a los muchos millones de mujeres cuyo único crimen es querer que sus preocupaciones sean escuchadas sin recibir amenazas o abuso”.
J. K. Rowling, 10/6/2020.
Enlace al original en inglés:
https://www.jkrowling.com/opinions/j-k-rowling-writes-about-her-reasons-for-speaking-out-on-sex-and-gender-issues/
You're always getting hostile anons what's going on?
Lowkey I like it 🥴
Boldogan, amíg meg nem
Soha nem hittem volna, hogy egyszer a főgonosz szerepébe kerülök egy történetben.
De nem lehet mindenki a bajba esett, szerencsétlen hercegnő, aki tétlenül várja a szőke herceget, annyi életképességgel, amit egy tál rizs is megirigyelne.
Valakinek tennie is kell azért, hogy továbblépjen a történet. Valakinek vállalnia kell, a gonosz szerepét, hogy mások eljátszhassák,
ők a jók.
@hopehely-eletu-decemberi-este
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