Jacob Damon, el auror.
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Jacob Damon, el auror.
El intercambio.
Bastien sostenía en su diestra un sobre de gran tamaño, abultado y pesado; con su zurda intentaba leer, no sin un pulso tremendamente trémulo, la notificación del tribunal en la que se le informaba al pintor de que su hermano se había entregado alegando ser culpable de todos los cargos que hasta el momento se le atribuían a la pequeña de la familia.
Bastien se sintió por un momento bloqueado, en blanco por completo. Ni siquiera fue capaz de terminar de leer la carta, las palabras se revolvían en una especie de danza macabra ante sus ojos. Aquello podría significar que perdería también a Theo.
¡Por Merlín!, nadie aseguraba que por inmolarse ella saldría en libertad.
“Theo… Deberíamos haber buscado otra solución, seguro que la había…”
Sin él ni Line, Bastien estaba perdido, de seguro que no podría seguir adelante. Supuso que en el sobre había dinero, ¡pero él no quería dinero! Quería a su familia consigo, no un puñado de galeones. Sin saber qué hacer, dando tumbos por el salón del motel, decidió finalmente escribir a la única persona con cuyo apoyo contaban los hermanos.
Connor recibió su nota cuando estaba a punto de cenar. Su madre le pidió explicaciones cuando le vio levantarse y coger la gabardina.
- No lo sé, es urgente. Volveré en cuanto pueda.- Aseguró y besó la frente de la mujer.
Todo lo que sabía es que Bastien Ménard sólo le escribiría por algo que concerniese a Line. Y se apareció directamente dentro del Caldero Chorreante y miró alrededor, inquieto.
Bastien vio aparecer al auror antes de que hubieran pasado tres de los cinco minutos concertados en la nota. El pintor se acercó a él y lo condujo hacia una de las mesas que había libre. Fijó su mirada en los ojos del hombre y tomó una bocanada de aire, perplejo aún por lo que acababa de suceder.
- He recibido una notificación del tribunal, el caso Ménard se reabre. Theo se ha declarado culpable.- Se limitó a decir lo justo, ni una palabra más ni una menos de lo conveniente.
- ¿Qué…?- Dijo al verle pero permaneció en silencio mientras Bastien hablaba. Cuando él terminó, Connor se sentó. Trató de asumir toda la información.- Entonces tienen que soltarla.- Fue lo primero que dijo y le miró a los ojos, esperando.
- ¿Lo harán?- Inquirió Bastien, deseando que la respuesta fuera afirmativa.- ¿De verdad lo crees? Se autoinculpó de un crimen que no hizo… ¿No existen condenas por ello?- “Dime que no, auror. Dímelo.”
- Es probable pero tienen que soltarla hasta que se abra la causa oficial.- Se puso en pie de nuevo, por la adrenalina y la necesidad de hacer algo.- Tienen que soltarla.
- ¡Tienen que soltarla!- No estaba feliz, definitivamente no lo estaba. Pero si soltaban a Line, al menos… Al menos ya no estaría solo en el mundo. “Theo, quizás hayas salvado a nuestra pequeña. No podré nunca agradecértelo lo suficiente. Pero tú, oh, mon frère…”
- Tenemos que…- Pero calló cuando una nota mágica cortó el aire para aparecerse ante Bastien.- ¿Qué…? ¿Es sobre ella?
Bastien la atrapó entre sus manos.
- La firma el Cuartel General de Aurores.- Respondió Bastien, apresurándose a leer el contenido.- Quieren que me reúna con ellos ahora mismo, en la entrada de Azkaban.- El joven miró al auror.- Quizás vayan a liberarla ahora mismo.
- Vamos.- Dijo, terminante. Decidido.- Te acompaño.- No era una oferta.- ¿Azkaban?- Preguntó, mirando la nota.
- Azkaban.- Aseguró el muchacho, sin siquiera saber sin había leído la nota correctamente debido al nerviosismo, un segundo antes de esfumarse del lugar para aparecerse frente a la prisión, temida por buenos y malos, donde los sueños de hasta el más soñador de los soñadores queda sumido en la más profunda y solitaria oscuridad.
Connor se apareció milésimas de segundo después de Bastien y los guardas de Azkaban no se movieron al verles. Connor caminó deprisa junto al pintor hacia la entrada donde encontraba el auror que les impedía el paso.
Con la orden que Potter le había dado, Jacob Damon aguardó en la entrada de Azkaban la llegada del familiar de la chica inocente.
- ¿Bastien Ménard? -Preguntó cuando vio a ambos muchachos aparecer, cruzado de brazos.
El auror, respaldado por las penumbras de la noche, detuvo a los jóvenes.
- Soy yo -Dijo el pintor alzando la mirada hacia el hombre. Quería decir más, preguntarle por Line, preguntarle cuándo podría verla, cuestionarle qué le pasaría a su hermano... Pero no pudo pronunciar palabra alguna.
Connor aguardó con los puños apretados. Sabía quién era él porque fue su excompañero.
El auror asintió una sola vez y le miró. El rostro del chico hablaba por sí mismo y supo perfectamente qué era lo que aguardaba.
- McAllister, ¿por qué no me extraña verte aquí? -Preguntó, refiriéndose al hombre que le acompañaba.- Acompañadme los dos. -Dijo, serio, adentrándose en la oscura prisión mágica.
Sin pronunciar palabra alguna, Bastien siguió al hombre con el corazón rebotando contra su pecho: Line. Iba a verla después de tantos días sola en este pozo de miseria.
- Cierra la boca.- resopló Connor aunque siguió directamente a Bastien. Necesitaba verla. Con urgencia.
Jacob puso los ojos en blanco ante la respuesta del ex jefe de prensa y caminó por aquel pasillo oscuro. Se escucharon durante todo el camino los lamentos de los distintos presos que ahí se encontraban. Pero detuvo sus pasos al llegar a la celda indicada.
- Será mejor que aguardéis aquí. -Les pidió. Abrió la puerta con un movimiento de su varita y después, alumbró con la misma al pequeño bulto que había en un rincón.- Señorita Ménard, han venido a por usted. -Habló, suave, como si tratara con una niña pequeña.
Los ojos del pintor escrutan el interior de la diminuta celda, intentando distinguir a su hermana entre la oscuridad tan solo rota por el leve resplandor de la varita del auror.
- ¿Line? -Susurró con un hilo de voz que le desgarró la garganta.
La oscuridad de la celda era lo que mantenía a Evangeline hecha un ovillo en un rincón de la misma. Su mayor miedo era la mencionada oscuridad y se había tenido que enfrentar a ella desde el pasado veintidós de diciembre. Su otro mayor miedo, sus recuerdos. Esos que se habían adueñado de sus entendederas y que ya no la hacían diferenciar entre la realidad y lo vivido con anterioridad. Al escuchar su nombre, se estremeció y se pegó todo lo que pudo a la pared. Asustada. ¿Quién era ese hombre? ¿Lo mandaba su padre? ¿Estaba ahí su padre? ¿Por qué no veía nada?
Los ojos de Connor trataron de acostumbrarse a la poca luz y apartó la puerta de la reja, abierta, por hacer algo con las manos, buscándola con la mirada. Sin poder decir nada.
- No tema, señorita Ménard. -Se agachó y le tendió la mano, sin acercarse demasiado para no asustarla.- Está aquí su hermano y su... McAllister. Vienen a por usted. -Le explicó.- Va a salir de aquí.
Los ojos del joven tardaron en acostumbrarse a la penumbra, pero una vez que lo hicieron deseó Bastien que sus pupilas volvieran a dilatarse y quedar cegado de nuevo. Su hermana, por lo poco que veía de ella, parecía años mayor a como la recordaba; su pelo, sus ojos, su boca... Todo era diferente. Sin embargo, lo único que quería en aquel momento era estrecharla entre sus brazos, mas no quiso asustarla, así que tuvo que resignarse a mantenerse a una distancia prudente.
- Line, soy yo, Bastien.
La joven francesa dejó escapar un quejido cuando el hombre tendió su mano y se encogió de nuevo. Asustada, perdida totalmente en sus recuerdos. Aunque la voz de su hermano la sacó momentáneamente de ellos. Su voz, esa que únicamente había oído en su cabeza, estaba ahí. Quiso moverse, pero tenía el cuerpo agarrotado. Quería hablar, pero su voz se negaba a salir. Sólo le miró, con aquellos ojos azules que tenía hundidos en el rostro.
Connor se aclaró la garganta, sintiendo un nudo en la garganta terrible.
- Line... Estamos aquí para sacarte... -Ni siquiera parecía su voz.
- Será mejor que entre, Ménard. -Le dijo el auror al hermano de la chica asustadiza.- A lo mejor tolera su cercanía. -Se puso en pie y caminó hacia el exterior.- McAllister, llevadla a San Mungo y aquí tenéis el traslador. Está programado para que salga en diez minutos. -Le explicó.- Buenas noches. -Se despidió, pues tenía que hacer la ronda por aquellos oscuros pasillos.
El joven pintor obedeció de inmediato, y penetró en la celda, donde tomó de la mano a Line, una mano fría, esquelética y trémula.
- Ya ha pasado todo, ma petite... -Le susurró Bastien cerca del oído-. Te vamos a sacar de este infierno, todo ha acabado, estoy aquí contigo.
La pequeña de los Ménard dejó de temblar cuando su hermano tomó su mano y le miró, directamente a los ojos, temerosa de que eso también fuese fruto de su imaginación. Una nueva voz interrumpió el hilo de sus pensamientos y posó sus cansados ojos azules en el rostro del hombre que fue su novio.
- Cógela. -Susurró Connor perdido en su mirada que no parecía la que conocía y daba miedo.- Vámonos. Hay que sacarla de aquí cuanto antes...
El pintor dejó un beso en la mano de su hermana, la había echado tanto de menos.
- Line, vamos a salir de este agujero, ¿vale? Vamos -Dijo Bastien en su tono más dulce y amable, ese que solo podía reproducir cuando hablaba con su hermana pequeña.
Line volvió a mirar a su hermano mayor cuando habló. Asintió una sola vez, cansada como estaba. Miró entonces a la nada y se estremeció cuando escuchó la voz del preso contiguo a su celda. Mantuvo los ojos abiertos, temiendo que si los cerraba, descubriera que aquello no estaba ocurriendo y volvía a estar sola en aquel lugar.
Connor dudó que su cercanía le hiciera bien así que no se acercó. Esperó a que Bastien la tomara en brazos y les hizo de escudo humano hacia el traslador. Miró a Line cuando puco. Rezando para que volviera a ser ella.
El traslador, tal y como había dicho el auror, estaba listo para partir justo cuando los jóvenes llegaron a él. Durante el breve trayecto Bastien seguía agarrado a la mano de su hermana, mientras contemplaba sus ojos azules, que ya no eran del color del cielo en un día despejado como antaño, sino que estaban apagados, tristes.
Durante el viaje, la poetisa francesa había permanecido acurrucada en el abrazo de su hermano. Aunque sus ojos azules le habían estado mirando a él. Cuando aparecieron, varios médicos se acercaron y ella gritó. No quería irse sin ellos. No quería que la encerraran otra vez. No quería acercarse a desconocidos. No quería cerrar los ojos.
El ex auror intervino esta vez tomando la mano que Bastien dejaba libre con Line en la camilla.
- Mírame. -Le pidió como si el resto del mundo se hubiera parado de golpe y sólo estuvieran ellos dos.- No te voy a dejar sola. Estoy aquí. -Dijo mirándola a los ojos.- No voy a irme. -Repitió, tratando de que así se calmara.
Los médicos les informaron de que lo mejor para ella era que la sedaran, y pudiera así descansar toda la noche. Bastien, tras cavilar unos segundos mientras Connor intentaba tranquilizarla, dio su aprobación.
Evangeline estaba tan absorta, escuchando las palabras que salían de la boca de su poeta, que no se dio cuenta de la jeringuilla de uno de los médicos portaba hasta que sintió el pinchazo. Gritó de nuevo y miró a ambos chicos con el miedo dibujado en sus ojos. No quería dormir. No quería volver a las pesadillas. A los recuerdos. Pero no pudo quejarse, pues el sedante hizo efecto con rapidez y sus ojos se cerraron.
- Estará tranquila, no soñará.- Dijo uno de los médicos para tranquilizar a Connor y Bastien. En sus rostros vieron que ellos iban a quedarse con ella.
Bastien observó cómo su hermana iba perdiendo las pocas fuerzas que la ataban al mundo consciente, hasta que finalmente se dejó llevar por Morfeo. Asumiendo que ambos pasarían la noche allí con ella, Bastien se acercó a Connor.
- Creo que nosotros también deberíamos dormir, nos esperan unos días largos y difíciles.
- Claro. -Asintió sin poder quitarle de encima los ojos a Line.- Quédate el sofá. -Tampoco creía poder dormir aunque fuera consciente de que esta era una de las muchas noches que, como Bastien, pasará en el hospital.




