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El amor enfermizo que provocó el cuádruple asesinato de Jarabo en Madrid
El amor enfermizo que provocó el cuádruple asesinato de Jarabo en Madrid
ABC.es
Un «enfermizo» amor le condujo a acabar con la vida de tres de sus cuatro víctimas en menos de media hora. ¿Su obsesión? Dar con dos objetos de gran valor: una joya junto a una carta
abc | En las primeras sesiones, el procesado erguido, seguro de si mismo, casi desafiante (año 1958)
España se levantó desconcertada la mañana del 21 de julio de 1958. Aquel día se conocieron los terribles…
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UN CABALLERO ESPAÑOL EN EL PATIBULO
JARABO
Tenía el que suscribe 10 años cuando un suceso llenó las páginas de los periódicos y las emisoras de radio. Un caballero español había asesinado a 4 personas. Como ya por esas fechas era un fiel seguidor de la radio y la prensa, durante los meses siguientes y hasta la celebración del juicio seguí por esos medios todos los avatares de los hechos hasta terminar en la ejecución del susodicho individuo. Recuerdo como los comentarios y opiniones de mis mayores se centraban especialmente en el aspecto social del asesino. Aquella sociedad española no podía entender como “un caballero español” se había convertirse en un frio criminal.
José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris era un chico de buena familia, ex alumno del colegio del Pilar de Madrid (vivero de ministros, directores generales y prebostes). Se llevó por delante a cuatro personas a tiro limpio. Era sobrino del entonces presidente del Tribunal Supremo, Francisco Ruiz Jarabo, quien años después sería ministro de Justicia.
Cuando tenía 17 años, en 1940, su familia se trasladó a Puerto Rico. Jarabo abandonó los estudios y, siempre mimado por su madre, llevó una vida de golfo y holgazán. A los 20 años se trasladó a Nueva York. Allí fue condenado por tráfico de drogas y de pornografía. Tras cuatro años de cárcel tomó un avión de Iberia y aterrizó en Madrid en 1950 provisto de un buen bagaje: diez millones de pesetas, que su madre le dio para que se "estableciera" en la capital y un conocimiento del mundo de las drogas, la prostitución, el hampa y las cárceles que le permitieron, al poco de llegar, convertirse en el rey de la noche madrileña. Las mujeres se lo rifaban. Madrid era entonces una ciudad pueblerina, y aquellos trajes tan bien cortados, aquellos cochazos sensacionales, causaban admiración. Para imaginarse cómo debía de ser su tren de vida, baste señalar que aquellos diez millones de pesetas que le diera su madre (¡diez millones de 1950!) le duraron dos años.
Fue una mujer, el honor de una mujer, el motivo que llevó a Jarabo a sentarse ante el garrote vil. Era inglesa y se llamaba Beryl Martin Jones. Estaba casada con un francés y había llegado sola a Madrid a comienzos del verano de 1957.Vivieron un verano de ensueño; Beryl estaba completamente enamorada del seductor latino.
Cuando se acabó el dinero Jarabo reparó en un anillo de Beryl, un solitario de oro con un hermoso brillante. A renglón seguido pensó en Jusfer, un nido de buitres que era una casa de empeños. Los usureros de Jusfer se llamaban Emilio Fernández y Félix López. Jarabo los conocía de antiguo y acudió con Beryl a la tienda. Ambos se quedaron de piedra cuando los buitres no les ofrecieron más de 4.000 pesetas por una joya que valía 50.000. No les quedó más remedio que aceptar.
Beryl regresó a Lyón a pasar las navidades. Los amantes apenas si tuvieron tiempo de despedirse. Nunca más volverían a verse pero Beryl le escribía con regularidad y en una de las cartas le recordó el asunto del solitario de oro. Era la primavera de 1958. Jarabo ya se había olvidado del empeño de la joya, pero, fiel a su galantería, decidió resolver el tema rápidamente y volvió a Jusfer. Su sorpresa fue mayúscula cuando uno de los prestamistas, Emilio, le soltó que la joya no se la podían entregar a él puesto que la propietaria era Beryl, salvo que llevara una carta con su autorización.
Regresó otro día con la carta. Sólo faltaba pagar 10.000 pesetas para recuperar el anillo, el 250 por ciento de lo que le habían dado y Jarabo no podía en aquel momento. Acordaron que cuando tuviera dinero regresara y se quedaron con la carta, que guardaron en la caja fuerte. Hasta mediados de junio no volvió Jarabo a la guarida de los prestmistas. Llevaba con él los 2.000 duros, pero resultó que no eran suficientes. Ahora le pedían el doble, 20.000 pesetas. Era el precio del anillo y la carta.
No hubo más negociación y Jarabo compró una pistola. El 19 de Julio acudió al domicilio de Emilio y lo asesinó, así como a su mujer y a Paulina, la muchacha de servicio. Al día siguiente acudió a la tienda y asesinó a Felix, el otro socio. Pero Jarabo no pudo conseguir el anillo y la carta porque ni siquiera encontró la llave de la caja de caudales.
A Jarabo le gustaba vestirse para las ocasiones, y el día de los asesinatos escogió un traje entre los más de veinte que tenía en el armario, un traje que iba a resultar trascendental en su vida. Más o menos a la hora en que fueron descubiertos los cuatro cadáveres, Jarabo dejaba el traje manchado de sangre en una tintorería de la calle de Orense a cuyos dueños conocía. Justificó la sangre diciendo que había tenido una bronca en un cabaré. Los dueños de la tintorería Julcan se dieron cuenta de que había demasiada sangre en el traje para tratarse de una simple pelea y llamaron a la policía porque España entera estaba conmovida aquel día por la noticia del cuádruple asesinato. Jarabo no opuso la más mínima resistencia. Aceptó la derrota como un caballero, pidió que subieran comida desde Lhardy para todos, una botella de coñá francés, y consiguió que le dieran una inyección de morfina. Así, como en una sobremesa, fue contando la maldita historia del solitario de oro. Manifestó que sentía profundamente la muerte de las dos mujeres, pero no así las de los que le habían chantajeado.
El jueves 29 de enero de 1959 se inició en el Palacio de Justicia de Madrid el juicio. La entrada de Jarabo en la sala fue impresionante. Estrenaba un traje a medida que le sentaba como un guante y avanzó dedicando sonrisas a las mujeres, que le miraban extasiadas. Cinco días duró el juicio, y cinco trajes se puso Jarabo. "Una ocasión como ésta bien merece estrenar un traje", comentó el reo, para el que se pidieron cuatro penas de muerte. La ejecución fue una auténtica carnicería porque la pericia del veterano verdugo nada pudo con aquel cuello de toro. Tras dos vueltas del verdugo al tornillo del garrote, Jarabo seguía vivo y el médico tardó veinte minutos en certificar su defunción. Tal impresión dejó aquella espantosa escena en los presentes que se organizó una comisión de médicos para realizar un estudio sobre el uso del garrote.
El cuerpo fue llevado al cementerio escoltado por coches policiales. En el camposanto se produjo un incidente: corría por Madrid el rumor de que Jarabo no había sido ejecutado gracias a sus influencias. Un comisario oyó que uno de los chóferes lo comentaba, añadiendo que el que iba en el féretro era un gitano que también estaba condenado a muerte. El comisario agarró al chófer por el brazo, le puso la pistola en la sien y le obligó a abrir el féretro: "¿Es o no es Jarabo, rojo de mierda?".
El juicio resultó curioso por las opiniones que se vertieron en él por parte de “expertos”. Su defensor lo calificó de "psicópata". "La mejor medicina para los psicópatas es el cadalso", soltó uno de los acusadores. Pero en época de autarquía y exaltación del nacionalismo nada mejor que la opinión del abogado falangista Roberto Reyes, uno de los acusadores: "Nada más tener noticia del cuádruple asesinato tuve bien claro que el asesino no podía ser español". Y cuando se enteró de que Jarabo sí lo era, concluyó: "Lo es, pero tiene una formación extranjerizante".
4/7/2015
Jarabo, 1985.