La exministra de Cultura, Ángeles González Sinde, ha ofrecido una entrevista extensa, sin editar y bastante sustanciosa a la revista JotDown. Éste es uno de los pocos medios que todavía se atreve a escribir de vez en cuando en contra de la opinión de sus lectores. Eso tiene su mérito ahora que los hashtags y followers son la medida de todas las cosas.
Nadie como Sinde es capaz de poner tan en evidencia el desequilibrio moral de nuestra legión de bienpensantes. Asómense a los foros para comprobarlo. Metan el pie en ese agua, verán cómo hierve. Solo Ramoncín (oh casualidad...) convive en la red con tal cantidad de insultos impunes. Es la consecuencia de la unanimidad, claro, que favorece el desahogo. Y de sentirse parte de una causa moralmente superior, como es la de colaborar a que Kim Dotcom compre otro palacete.
Esto seguro que está dispuesto a reconocerlo hasta el más cerril de los detractores de las leyes antipiratería: Defender hoy la propiedad intelectual es una proeza. No por falta de razones sino por la tremenda simetría entre la ira con la que se expresan los críticos y la cobardía que demuestran la mayoría de los que deberían protegerla.
Sinde es una mujer preparada, que fue reclamada para ejercer un servicio público y que terminó desencantada de la política. Tan decepcionada de la política como solo puede estarlo alguien que no tiene pensado vivir de ella.
Una de las razones de su desencanto es la sumisión adolescente de la clase dirigente al rebaño digital (como lo calificó Jaron Lanier):
"Los partidos le dan una importancia exagerada. Muchísima más que a otro tipo de reclamaciones o a organizaciones democráticamente establecidas o a asociaciones de todo tipo. A mí me da la sensación de que para ellos la temperatura de la red es fundamental".
He aquí una actualización apresurada de la definición canónica de demagogia, el mismo mecanismo que lleva a referirse como 'Los Internautas' a una asociación que no suma 1000 asociados. ¿Acaso no es internauta cualquiera que tenga una conexión ADSL o un smartphone? No lo suficiente, según parece.
Lo más curioso de este debate hasta hace exactamente un mes era el despiste ideológico que demostraban quienes desde la izquierda se escandalizan por la intervención estatal en Internet. "No se puede poner puertas al campo", claman como si fueran tiburones de Wall Street defendiendo la autorregulación del mercado. Entonces apareció el Huffington Post, la mayoría de los periodistas bienpensantes se pusieron a clamar contra el pirateo de noticias y el trabajo gratis. Y aquella incoherencia quedó en anécdota.