Sergio en su tiempo libre entre cada clase de la universidad, la dedicaba a jugar taca-taca. Y era entretenido, porque se juntaban muchachos de diferentes generaciones en torno a los jueguitos y competían entre ellos. Era tanta la pasión que muchos le ponían, que a veces incluso, cuando perdían, se molestaban de verdad, sin poder ocultar muchas veces la frustración de la derrota. Imagínense si perdían ante alguien de alguna generación peor. Y mucho peor si era un novato.
Los carretes se organizaban en torno a las mesas de taca-taca, y a veces, hasta pinchaban (sí, pinchaban, palabra con caída de carnet incluida) con alguna que otra lola que se acercaba a jugar. O a mirar.
Con el tiempo fue cambiando al ping-pong, aunque en eso era una mierda, y se animaba a jugar sólo cuando estaba con algunas piscolas de más. Siempre hacía el ridículo, pero medio (?) curado poco importaba. Hasta que llegaron los naipes.
Uno de sus compañeros de generación llegó con un juego de naipe inglés, y en una mesa grande donde entraban todos los que pudiesen, pasaban a lo menos un par de horas jugando al ocho loco. Ahora le dicen Uno, que se juega con unas cartas especiales, pero básicamente eran las mismas reglas.
Del ocho loco derivaron al Black Jack (o comúnmente llamado 21), para, finalmente, llegar al Poker.
El poker no es un juego de suerte. Requiere destreza. Obvio que hay personas con cuea que les tocan bien seguido buenas manos y cambian cartas y les tocan justo las que necesitan, pero eso son excepciones.
Para jugar poker hay que saber leer a los demás y ser lo menos expresivo posible. Nadie se tiene que dar cuenta si te toca una buena o mala mano, porque si lo demuestras, y los demás te leen, cagaste. Todos se retiran y te quedas solo con el pozo (miserable) y la súper mano que te tocó sin poder usarla. Y ahí, otra mano. Cartas nuevas, juego nuevo.
El tema es que Sergio tuvo mucha cuea. Y hartas veces. Y carreteó mucho con esa plata que ganó. Pero cuando todos empezaron a aprender a jugar, y llegaron nuevos jugadores que les enseñaban a los menos experimentados, su suerte cambió. Y drásticamente.
Una vez, bien tarde, se quedó jugando con unos pocos. Iba perdiendo, como ya era casi costumbre. A veces tenía una buena racha, pero como dicen, "una golondrina no hace verano". Y nunca se adaptó, nunca fue bueno para esconderse, a pesar de que creía que sí. Poco expresivo no fue jamás. Y ese día perdió todo.
Llegó al punto de conseguirse con un amigo plata para los pasajes de vuelta. Que usó para volver a apostar y "recuperarse". Y lo volvió a perder.
Desde ese día, nunca más volvió a apostar en el poker otra vez. Ni siquiera en sus visitas al casino. Nunca más.
Por eso a veces le cuesta entender, que cómo, siendo tan malo para esconderse, a veces tenga que escribir casi un letrero para expresarse.
Quizá, y es probable, sean tan malos para el poker como él. O quizá son buenos y lo leen, pero les da lo mismo que les esté mostrando su mano y sólo lo dejan jugar, para que suba su apuesta, y así la derrota, sea más dolorosa. O más gloriosa. Vaya uno a saber.