calm in chaos; 烧伤。
La luz lunar destaca por encima de la de numerosas estrellas. El cielo nocturno es una de las pocas cosas que relajan a Joieve, aunque el motivo es desconocido hasta para ella. La sensación era la misma cuando veía el mar. Quizás es que le gustan las cosas infinitas, que lucen pacíficas la mayor parte del tiempo, pero en cualquier momento pueden desatar el caos. El recuerdo de la discusión todavía la persigue, aunque ya han pasado dos horas. Los sentimientos le pesan, son muchos y están mezclados. Poco a poco la abandonan. Por ejemplo, la ira ya no está (del todo). Cuando se encerró en su habitación, tenía la intención de arrojar todo por la ventana (literalmente, y no habría sido la primera vez), sólo que fue imposible tocar algo, a menos que quisiera carbonizarlo. La chica deja de pensar en lo de hace horas y trae de regreso los recuerdos que ha conservado por años. Los primeros días en los que las llamas la consumían eran duros; la confusión y el temor lo eran todo. No entendía (ni entiende, ni entenderá) por qué pasaba. No era posible hablarlo con nadie, a menos que el manicomio estuviera en su lista de posibles lugares para mudarse. Temía cada vez que ocurría, pero ya ha aprendido a sacarle provecho y hasta se divierte. Cuando era más joven, creía que era un castigo por su mal genio. Joieve siempre ha sido muy complicada, un poco de todo y al mismo tiempo nada por completo. Por momentos está tranquila, y luego, de la nada le grita a todo lo que se mueva. Su ira es incontrolable, lo sabe. También sabe que es malo, pero no es su culpa sentirse enfadada por las cosas más pequeñas. No sabe de quién lo ha heredado, si su madre es una mujer extremadamente dulce y cuidadosa, además de empática. Su padre, por otro lado, es inteligente, respetuoso y muy simpático. Ninguno pierde fácilmente la paciencia, ni siquiera ante sus constantes berrinches injustificados. Joieve no tiene nada de eso. Es hostil, imprudente e intolerante. Sus únicas cualidades buenas salen a flote con sus padres, quienes entiende son los únicos merecedores de su templanza. Por eso hace -casi- todo lo que piden, si no va en contra de sus principios, y es que ella entiende que les debe todo. Lo ve desde la ventana. Su habitación está lejos de la entrada principal, por el gran tamaño de la casa, pero todavía puede distinguirlo por la estúpida forma de su cabeza. Siempre ha pensado que parece un platillo o una bola de fútbol americano. Se trata del idiota de su tío, al cual detesta con todo su ser. Desde antes de nacer. Cuando su padre conoció a su madre, su tío fue el único que se opuso a que se casaran, sólo porque ella no era coreana, sino francesa. Por ello amenazó con arrebatarle todo lo que le correspondía en la empresa que el abuelo de Joieve había construido. Ahora los visita de vez en cuando, como si nada hubiera pasado y sus padres lo han perdonado, pero ella no. Es un hipócrita y un entrometido. A pesar de todo, no parece haber aprendido la lección, porque sigue creyendo tener el derecho de decidir sobre la vida de los demás. Pero no con ella. Eso nunca. Entonces se le ocurre algo, porque no tiene suficiente con todas las palabras que le ha dicho. Es rencorosa y necesita despojarse por completo de los malos sentimientos. Está a punto de quemarle el hombro. El traje tan caro que viste es una tentación más. Su mano está encendida, su brazo puede confundirse con una antorcha y el pensamiento la hace reír. Está lista para disparar... pero el sonido de alguien llamando a la puerta la detiene. Su determinación se desvanece junto con las llamas. Se siente indignada, aunque sabe que la próxima vez logrará su cometido. No ha preparado excusas, porque no se arrepiente, y está lista para el sermón, así que los deja pasar.












